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Víctor Montoya nació en La Paz , Bolivia, el 21 de junio de 1958. Vivió en las poblaciones mineras de Siglo XX. Fue testigo de la masacre de San Juan en 1967 y dirigente estudiantil durante la dictadura militar, que asaltó el poder en agosto de 1971. En 1976, a consecuencia de su comprometida actividad política, fue perseguido, torturado y encarcelado. Estando preso en el Panóptico Nacional de San Pedro y en el campo de concentración de Viacha-Chonchocoro, escribió su libro de testimonio “Huelga y represión”, hasta que en 1977, tras ser liberado por una campaña de Amnistía Internacional, llegó exiliado a Suecia. Egresado del Instituto Normal Superior de Estocolmo, en cuya Institución Pedagógica cursó estudios de especialización. Impartió lecciones de quechua, coordinó proyectos culturales en una biblioteca, dirigió talleres de literatura y ejerció la docencia durante varios años.
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Fundó y dirigió las revistas literarias “PuertAbierta” y “Contraluz”. Es miembro de la Sociedad de Escritores Suecos y del PEN-Club Internacional. Su obra mereció premios y becas literarias. Tiene cuentos traducidos y publicados en antologías internacionales. Actualmente escribe en publicaciones de América Latina, Europa y Estados Unidos. Está considerado por la crítica especializada como uno de los mejores narradores latinoamericanos en Suecia y uno de los principales impulsores de la moderna literatura boliviana. ¿Por qué escribes?
Es un oficio que requiere dedicación y también algo de talento, al menos si uno tiene la intención de convertirse alguna vez en un buen artesano de la palabra escrita. No creo mucho en los escritores “profesionales”, que escriben bajo el dictado del mercado editorial y las corrientes de moda, como tampoco creo en la pura afición de quienes opinan que la literatura debe ser un simple pasatiempo o una actividad de fines de semana. ¿Cómo relacionas la escritura con la lectura? Todo escritor lee tanto como escribe. La prueba está en que no hay un solo escritor que no haya bebido de las fuentes de otros escritores, aparte de que la lectura sirve para informarse -formarse-, enriquece el vocabulario de una manera efectiva y hasta sorprendente. De ahí que no es raro encontrar a escritores que, a veces, hablan con la misma facilidad con que escriben, con metáforas y figuras de dicción.
Sí, pero sobre todo pienso en el lector que llevo adentro. Él me guía, de manera consciente o inconsciente, y me dice lo que también puede gustar o interesar a otros lectores. De modo que, sin pretender demasiado, me dejo llevar por el sentido común y escribo lo que me dictan la razón y el corazón.
No soy tan metódico, pero tampoco soy anárquico. Tomo apuntes de las ideas que se me ocurren, las agrupo por temas, y luego veo si me sirven para crear un cuento o escribir un artículo.
La escritura, como cualquier otro oficio o profesión, requiere de un horario y una cierta rutina. No creo que sea fácil dedicarse a la creación en medio del caos y de la indisciplina. Generalmente escribo por las mañanas hasta pasado el medio día. No siempre me salen las cosas como quisiera, pero al menos lo intento día tras día.
Casi siempre hago los apuntes a mano y luego los paso a la computadora, porque este medio técnico me libera de los garabatos y me permite trabajar el texto con mayor soltura.
Muchos de ellos se parecen a mí. Pienso que todo autor, así no escriba novelas ni cuentos autobiográficos, está siempre disperso entre los personajes de su obra. Ellos, aun siendo diferentes al autor en varios aspectos, son la voz de su mundo subconsciente, son como el muñeco en la mano del ventrílocuo. ¿Hay algún episodio o persona de la vida real que te haya impulsado a escribir? No recuerdo a persona ni episodio concretos. Ya dije que me hice escritor por una necesidad existencial. Seguramente porque de un modo intuitivo o instintivo sentí la necesidad de contar los sucesos que, desde mi más tierna infancia, marcaron mi vida y decidieron mi vocación literaria.
No necesariamente. A veces se escribe por puro hedonismo.
Sí, pero en esa que llega en pleno proceso de creación y mientras menos se la espera. García Márquez decía que en la escritura hay un ochenta por ciento de transpiración y un veinte por ciento de inspiración. Yo comparto esa opinión.
Algunas veces sí, sobre todo, cuando los textos expresan las calamidades que me tocó vivir, como cuando escribí sobre los métodos de tortura que me aplicaron en la cárcel.
La falta de experiencia en el oficio y el desconocimiento tanto de las técnicas literarias como de la gramática.
No, al contrario, me ha resultado tan difícil como domar un potro salvaje. Pero después, ni qué hacer, tuve que estudiar con seriedad, y no sólo la gramática estructural sino también la gramática generativa. Al fin y al cabo, la gramática es el principal instrumento con el cual trabaja el escritor.
Siempre he pensado que la escritura es una oficio de solitarios, porque nadie puede soplarte al oído lo que debes de escribir. Por eso mismo, como es un acto tan personal y acaso íntimo, no he sido muy afecto a entregar mis textos a otros lectores antes de su publicación, aunque sé que me hubiesen sido útiles a la hora de limpiar los ripios del texto. La autocorrección es necesaria, es la única manera de aprender a partir de los propios errores; hecho que no excluye la posibilidad de que existan otros lectores que hagan la función de correctores de pruebas. ¿Cuál crees que sea la utilidad de los talleres de escritura?
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