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¿Para
quién escribes?
Para
mí. Yo soy mi primera lectora. Si el texto no me gusta
lo mando al cesto de basura de la computadora. O lo guardo por
años. Todo escritor tiene, o debiera tener, cientos de
cuartillas en el cajón. No por escribirlas ha perdido
tiempo sino que ha adquirido oficio y redundará en mejores
trabajos posteriores. Sólo cuando escribo cartas pienso
en el remitente. Al escribir, uno debe olvidar el pudor y dejar
a un lado la autocensura porque los resultados serían
desastrosos: un texto más propio para leerse en el púlpito
de una iglesia. La libertad es la única condición
que me impongo al escribir. A final de cuentas se escribe a
partir de nuestra propia moral y ética; serán
más amplias en la medida en que nos apeguemos a la estética,
a la belleza.
Para
ti, ¿escribir
es una profesión, un oficio o una afición?
Es
una profesión que requiere oficio como cualquier otra.
Aquel que escribe por afición, seguro tiene una profesión.
O considera que hay que escribir cuando las musas lo distingan.
He conocido a muchas personas que por el solo hecho de juntar
palabras una detrás de otra, cree que sabe escribir.
O porque ha conocido la maravilla de ordenar las vocablos bajo
una especie de hálito divino, y por eso supone que su
texto es literario. Y cuando se les señala errores de
todo tipo se sienten lastimados y no desean corregir su texto
porque lo consideran perfecto. Y si lo corrigen, entre más
trabajan en él, más se aleja de la versión
original y les resulta muy frustrante. Muchos abandonan la tarea.
Lo que quiero decir es que la escritura es una tarea interminable
y requiere mucha dedicación. Sólo puede llamarse
escritor aquel que considera que al escribir realiza una actividad
vital, que no puede vivir sin escribir, sin imaginar. Sin leer.
¿Cómo
relacionas la escritura con la lectura?
No
se da una sin la otra; van de la mano. La lectura perfeccionará
siempre la escritura, el lenguaje y el pensamiento. Nuestra
calidad humana. Pero si sólo se es lector y no se escribe,
jamás se podrá dominar el oficio, es como el cirujano
que no opera.
Al
escribir, ¿piensas
en el lector?
¿Cómo saber quiénes serán mis lectores?
En todo caso, jamás los subestimo. Nunca hay que suponer
que son tontos o inferiores. Siempre debemos suponer que su
inteligencia es igual o superior a la nuestra. Solamente pienso
en los lectores cuando me piden un texto para determinado tipo
de público o para un libro colectivo con características
muy definidas.
¿Tienes
algún método para escribir?
Si
lo que voy a escribir es un trabajo narrativo, primero escribo
un esbozo del personaje, cómo debe empezar y terminar
la trama. Durante algún tiempo pienso todo lo referente
al personaje: su ambiente, su vocabulario, su físico.
Y cuando ya lo estoy escribiendo, hago todo tipo de anotaciones
en una libreta. Incluyo canciones, dichos, frases
En realidad,
todas mis actividades, aun las más triviales, como ir
al supermercado, las aprovecho para algún pasaje que
esté trabajando. El universo que estoy creando se convierte
en una obsesión que no puedo ni quiero abandonar. Y todos
cuantos me rodean tienen que sufrir esa obsesión o, por
consideración, debo guardar silencio. A esos momentos
me refiero cuando digo que no hay sitio para mí en la
tierra que no sea ante el escritorio.
Para
escribir, ¿tienes algún
horario o rutina?
Escribo
a cualquier hora; prefiero hacerlo en mi estudio, a solas. Pero
cuando estoy en la fase final de un trabajo largo mi dedicación
es absoluta. Dejo de dormir y hasta de comer. ¡Hasta dejo
de beber café! Lo digo yo, que sin café no puedo
echarme a andar. Casi nunca escribo a temprana hora. Prefiero
la madrugada y la noche para trabajar.
¿Haces
manuscritos o trabajas en computadora?
Trabajo
directo en la computadora y tomo notas todo el tiempo. Cada
libro que he escrito le he destinado una libreta de apuntes.
Mis primeros cuentos fueron escritos a mano y en hojas sueltas;
los pasaba en limpio en máquina mecánica. Sobre
las cuartillas hacía correcciones. Repetía este
procedimiento decenas de veces para escribir un cuento de diez
cuartillas, en su versión final. En computadora no sé
cuántas sean las versiones de cada trabajo; tampoco me
interesa conservarlas. Sólo cuando hago entrevistas o
estoy observando una realidad concreta escribo anotaciones a
mano. Escribo tan rápido, sin embargo, que corro el riesgo
de no descifrar mis apuntes.
¿A
quién se parecen los personajes de tus textos?
A
nadie porque son la suma de mi personalidad y de la gente querida,
desdeñada o temida por mí. Es posible que la gente
cercana a mí descubra a la persona en quien me basé
para crear a algún personaje; en términos generales
me parece muy pobre el criterio de quien cree que trasladé
literalmente la realidad sin darle tratamiento literario. Sólo
algunos géneros periodísticos permiten esa transferencia.
La literatura necesariamente surge de la realidad; es su fuente.
Pero con suma frecuencia la realidad es demasiado inexplicable
para que tenga el orden, el tiempo y el espacio en el que necesariamente
está circunscrito cualquier texto literario.
¿Hay
algún episodio o persona de la vida real que te haya
impulsado a escribir?
Es
probable que mi trabajo en la Dirección de Literatura
del Instituto Nacional de Bellas Artes haya sido determinante
para que empezara a escribir. Tenía 20 años. Estaba
rodeada de jóvenes que estaban iniciándose en
las letras. Asimismo era cotidiano mi trato con escritores ya
formados. Mi cercanía con Gustavo Sainz -director de
Literatura y maestro en la Facultad de Ciencias Políticas
y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México
(UNAM)- también fue fundamental. Sin embargo, vi pasar
a decenas de personas que ahí trabajaron y no se hicieron
escritores. Además, conozco casos de jóvenes escritores
que ya no siguieron escribiendo. Escribí mi primer cuento
a los 22 años con la intención de obtener una
beca para escritores por un año. La gané y así
se inició mi trayectoria. No podría afirmar que
me hubiese convertido en escritora si hubiera colaborado en
otra institución. Pero es contundente que mi permanencia
de 15 años en Literatura me permitió el contacto
con las letras y el trabajo editorial de una u otra manera.
¿Escribir
es una forma de conocimiento?
Por
supuesto. Una manera de acercarse al ser humano. Y no hay ser
humano más complejo y cercano que uno mismo. De nadie
aprenderemos más y mejor que de nosotros mismos. De todos
los demás aprenderemos si tenemos los canales abiertos
para comprenderlos. Para elaborar ciertos personajes es necesario
estudiar diversas ramas del arte y la ciencia. La investigación
es más evidente cuando abordo los géneros periodísticos.
¿Crees
en la inspiración?
Sí.
En términos metafóricos puedo decir que es el
resultado de la pasión. Sin ella no habrá inspiración.
Y para vivir con pasión hay que saber convivir con diablos
y ángeles. Y arcángeles, los más terribles,
por su belleza extrema. Con almas en pena. Con los vivos y con
los muertos. En un sentido más estricto puedo decir que
la inspiración viene después de pensar mucho sobre
el tema, de estudiarlo, de empaparse. Es entonces cuando las
ideas empezarán a fluir aun en sueños. En los
insomnios.
Algunos
afirman que escribir es doloroso, ¿lo
es para ti?
Rigurosamente
no lo es. Lo que resulta doloroso es la experiencia punzante
que se desea plasmar. No es sencillo narrar la tristeza, el
desamor, el abandono, la decepción, pero en la medida
en que se va hallando la palabra correcta para describir las
emociones atormentadas, se irá perdiendo el origen del
sufrimiento, y ya no estaremos en los terrenos de la literalidad,
de lo personal, sino del sentimiento universal, común
a todos los hombres.
¿Cuándo
descubriste que eras escritor? ¿Cómo escribiste
tus primeros textos?
De
alguna manera ya lo respondí en la pregunta 10. Yo creo
que tardé muchos años en decidir si quería
ser escritora. Mis textos ya aparecían en antologías
y yo seguía dudando. Puedo decir que a los 30 años
decidí ser escritora profesional, y que a la escritura
le iba a dedicar mis mejores esfuerzos, que sólo trabajaría
en aquellas ocupaciones que me permitieran seguir leyendo, escribiendo,
y pensando.
Mis primeros textos eran pésimos. Por ello, me provocaban
una profunda depresión y frustración. Porque había
ganado una beca para escritores, pero los meses pasaban y yo
no conseguía escribir ningún cuento más.
Tardé ocho años en terminar mi primer libro de
cuentos. Y se publicó diez años después
de haber ganado esa beca. Con el tiempo supe que para ser cuentista
se requiere gran oficio y disciplina mental, y otras características
que sólo con el ejercicio del género se van adquiriendo.
¿Cuáles
han sido o son tus grandes problemas en la escritura?
Mi
gran problema es escribir bien. Y cumplirlo lleva su tiempo.
Nada me obliga a entregar a la imprenta asuntos mal elaborados.
Ninguna empresa editorial me está correteando para entregar
una novela que está nominada para un gran premio. Entonces,
no tengo ansia de fama ni reconocimientos de relumbrón.
Me interesa que cada libro mío sea un conocimiento para
el lector, que el texto no envejezca. La aspiración es
ambiciosa. Por eso trato de no ser condescendiente, de no regodearme
en verbosidades que suenan bonito pero no dicen nada. A mí
me gusta narrar, no hacer ejercicios sosos e intelectualoides.
Los textos que son mera palabrería me aburren.
¿Te
ha sido fácil dominar la gramática?
No.
Creo que nunca la voy a dominar. No soy un estudioso de la gramática.
No me apasiona ese conocimiento, como sí le sucede a
mi esposo, Sandro Cohen, que le fascinan esos temas. Todas mis
dudas son resueltas por él. Aprovecho su cercanía.
No sé si está mal, pero aprendo mucho de sus observaciones.
No puedo negar que a su lado me he ido formando como escritora.
No quiero decir que bajo su tutela sino paralelamente, una de
las muchas ramas de conocimiento que hemos emprendido juntos.
Si me hubiera casado con un odontólogo no sé si
me hubiera hecho escritora. ¿O me casé con Sandro
porque quería ser escritora? Aunque él tuvo otra
esposa que para nada le dio por la escritura
Cuando
estás en el proceso de escribir, ¿te
retroalimenta la lectura de otros autores?
Me
parece que siempre estoy en el proceso de escritura aunque no
escriba. Cuando estoy profundamente dedicada a la hechura de
un libro no tengo cabeza ni tiempo para leer nada ni a nadie.
Cuando me saturo es cuando leo poesía o el periódico;
curiosamente, siempre encuentro una idea relacionada con lo
que estoy escribiendo. En términos generales he perdido
la inocencia de lectora. Cuanto leo es en función de
perfeccionar mi propia escritura, para adquirir malicia literaria.
Una
vez que tu texto está terminado, ¿lo
revisas?, ¿se lo das a leer a otros?
¿Qué piensas de la autocorrección?
Cuando
termino un libro lo reviso varias veces y después se
lo doy a leer a varias personas. Escucho atentamente las observaciones
y regreso al texto para aplicarlas. En términos generales
doy a leer el texto o libro ya terminado para aprovechar la
impresión primera del lector. El último lector
es Sandro. El texto llega a sus manos cuando ya está
muy pulido y trabajado. Considero que mi escritura se enriquece
mucho con las reflexiones de familiares y amigos.
Pese a todos mis cuidados, cuando se publica el texto veo de
inmediato la falta y me da pena y coraje conmigo mismo. Se dice
que se publica para dejar de corregir, pero en mi caso, a pesar
de la publicación, yo sigo corrigiendo para la segunda
impresión si fuera el caso. A veces, me sucede lo contrario:
me sorprende lo bien que vislumbré conocimientos de vida
que todavía no adquiría cabalmente.
¿Cuál
crees que sea la utilidad de los talleres de escritura?
Son
útiles para hallar retroalimentación y para conocer
atajos. El coordinador da una guía para mejorar el texto,
sugerir lecturas. Para dar una luz al principiante en un camino
que a veces parece tan negro y solitario, que no puede sino
conducir al abismo.
Si
estuvieras en una isla desierta, ¿qué
libro te gustaría que te acompañara?
La
Biblia. Es un libro que siempre nos dará una lectura
diferente, dependiendo de la experiencia de vida que vayamos
adquiriendo.
¿Qué
opinas de la relectura?
Como
decía arriba, a la relectura de los clásicos vuelvo
siempre porque constantemente nos dicen algo nuevo. En el caso
de la propia literatura, a veces, como ya dije, resulta vergonzosa
por lo errores que hallo. En otras, me sorprende la malicia,
la inteligencia o la intuición sobre algunos temas. No
quiero decir que busco la autocomplacencia sino que a veces
es gratificante recordar que esos textos no fueron sencillos,
que también costaron mucho trabajo, pero por el resultado
pareciera que fue sencillo. Es bueno que a veces lo recordemos.
¿Cuál
es tu experiencia más afortunada con la escritura?, ¿cuál
es la más desafortunada?
Creo
que todos mis libros tienen dosis de fortuna y contrariedad.
No creo que los libros sean resultado de un pase de la varita
mágica; en su escritura hay momentos de desaliento y
naufragio. Digamos que es la norma de la escritura, de todo
trabajo. Los más desafortunados, no los he publicado.
Aquellos en que hallé la solución son los que
vieron la luz. De esta manera evito la vergüenza pública.
Por eso tardo tanto en entregar los originales a la imprenta.
¿Nos
quisieras hablar libremente de tu obra? ¿Qué libros
escritos por ti son tus favoritos y por qué?
He
publicado varios libros de literatura y periodismo, entre los
que se cuentan Malagato (cuento,
Plaza y Valdés, 1990), que fue muy bien recibido
por la crítica; el máximo halago que se decía
por doquier era: "Es un libro tan bueno que parece escrito
por un hombre". Varios de esos cuentos han sido antologados
y traducidos. Para morir iguales
(crónicas, Editorial Planeta, 1991) es una selección
sobre personajes de ciudad que publiqué semanalmente
en el diario unomásuno. En Desde
que Dios amanece (novela, Joaquín Mortiz, 1995)
desarrollo la relación de una mujer casada con su amante,
un hombre gordo, simpático y cínico. El sentido
del humor de la mujer transgresora no fue del agrado de la crítica;
es mi libro menos reseñado, pero el que más ha
inquietado a las mujeres y ha molestado a la vasta mayoría
de hombres que creían poseer un amplio criterio. Virgen
de medianoche (novela testimonial, Patria, 1996)
versa sobre la vida de un prostituta judía, de la clase
media alta; su lenguaje desenfadado y brutal ha cautivado a
los lectores, especialmente a los jóvenes universitarios.
Joaquín Pardavé. El
señor del espectáculo (biografía,
Clío, 1996) los tres tomos fueron escritos a partir
de una prolija investigación documental y entrevistas.
En 1999 tuve el honor de preparar el libro Breve antología.
Ricardo Garibay, el cual fue obsequiado por la Asociación
Nacional del Libro, el Día Nacional del libro de ese
año. En el año 2000 publiqué en Editorial
Colibrí y el Municipio de Nezahualcoyótl cuatro
libros sobre los artistas de ese municipio. En la misma editorial,
en julio de 2002, apareció el libro colectivo Mujeres
de Oriente, del cual soy editora y antologadora;
los textos fueron escritos por las mujeres del taller que impartía
en el Reclusorio Femenil Oriente. En enero 2003 apareció
Señas particulares. La muerte violenta en la Ciudad de
México, el cual obtuvo el primer lugar del
Concurso de Crónica Urbana Salvador Novo, 2002, convocado
por la Secretaría de Cultura, la Sogem y la Caniem.
Mis libro preferidos son Malagato
y Desde que Dios amanece
por el trabajo que me costaron para conocer el género
de cuento y de novela, respectivamente.
¿Deseas
agregar algo a esta entrevista, o dar un mensaje a los jóvenes?
Quisiera
decirles que la lectura de literatura les dará la posibilidad
de vivir muchas vidas y universos que nuestra sola existencia
no nos puede dar. Leyendo serán mejores seres humanos
y estarán mejor capacitados para conocerse a sí
mismos y a quienes los rodean. Pero si mi discurso no los convence,
entonces les diré que podrán enamorar más
y mejor a la persona amada.
Escribo
porque sí ...
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