| Leyenda
y/o historia |
Muchas son las leyendas sobre el Cerro de Mercado y todas igual de bonitas como ésta:
EL CORRALÓN ENCANTADO
Al mirar aquel lugar tan iluminado, poblado de árboles frondosos de donde colgaban manzanas de oro, con pájaros de distintos colores que cantaban muy bonito, me sentí como en otro mundo, como si estuviera soñando en un paisaje del paraíso terrenal, algo así como un cuento. Yo no sentía miedo y seguí caminando por aquel lugar nunca visto. A la vuelta de unas peñas de donde salía mucha luz, descubrí que había un arroyuelo, con agua cristalina que corría murmurante entre las piedras y las arenas, solamente que tanto las piedras como la arena del arroyito eran de oro que brillaba con el sol. Me senté sobre la arena, la contemplé mucho rato, después la tomé en mis manos y la sentí tersa y pesada. Tallé las piedrecillas unas con otras y advertí que eran de oro macizo. no había duda ,yo estaba en un lugar maravilloso, donde todo era de oro, plata, piedras preciosas y pájaros de colores. Dentro de mi confusión y atolondramiento me acordé que me encontraba dentro del Cerro de Mercado, que hacía unos minutos o tal vez horas que había yo penetrado a una enorme puerta que en el cerro había encontrado abierta por el lado de la Cuesta de la Cruz y que aquel lugar donde yo me encontraba era precisamente lo que algunas gentes me habían platicado como el Corralón Encantado. Al percatarme de aquello reaccioné bruscamente, me tallé los ojos para confirmar que no estaba soñando, me froté la cara con las manos y me dije a mi mismo: - No debo alejarme de la puerta porque me pierdo y me quedare dentro para siempre. -Es conveniente salir de inmediato llevándome unas arenas de oro en los bolsillos del pantalón, para demostrar a familiares y amigos que estuve en este lugar. con esa idea voltié para un lado y contemplé que la puerta por donde yo había entrado estaba abierta; sin perder tiempo incliné el cuerpo y tomé con la mano derecha un puño de arena de oro del lugar donde estaba más entera y al momento de tomarla en mi mano escuché un grito ronco y fuerte que me hizo estremecer mi cuerpo de todo a todo. -Tooodo o nadaaa. De inmediato solté la arena y me erguí para mirar el lugar de donde había salido el grito. Dejé pasar unos segundos y al recibir como respuesta un absoluto silencio, pensé que el grito no se había referido a mi, razón por la cual sin moverme del lugar, intenté nuevamente consumar mi propósito y volví a inclinarme y tomar otro puño de arena , en el preciso momento que volví a escuchar; - Tooodo o nadaaa. Solté la arena y al levantar la cabeza me encontré con una muchacha extraordinariamente bella que me sonreía amablemente al mismo tiempo que me daba su mano. Era una mano fina y delicada, de una mujer entre los 15 y 18 años. Su tez apiñonada ligeramente blanca y su cabellera ondulada le llegaba hasta la cintura. Tímido y desconcertado me negué a darle mi mano y ella con dulce voz me dijo; -Si no quieres quedarte para siempre en este lugar, sal de inmediato porque la gran puerta está por cerrarse ya que se abre unos cuantos minutos del día Jueves Santo de cada año. No lo pensé dos veces, como impulsado por un resorte salí corriendo y al trasponer la puerta contemple la dorada llanura que se extendía a mis ojos, y más al fondo las rocas milenarias, erosionadas y agrestes del cerro que forma la Cuesta de la Cruz. A mis espaldas las piedras rojizas, inmóviles y metálicas del Cerro de Mercado, que se mostraban como siempre indiferentes al paso de los siglos y a la ambición de los humanos. Yo me quedé más desconcertado todavía. Se apoderó de mi un miedo terrible que me hizo pensar que estaba loco que había visto alucinaciones, que había soñado despierto, que todo era mentira y fantasía. No hallaba ni sabía que pensar ni que hacer, contemplaba el lugar y lo volvía a contemplar y no había muestra ni posibilidad de que ahí hubiese habido una puerta. La montaña ferrosa cubierta con el sarro del tiempo mostraba solamente el pasto seco que se agitaba con el viento. A lo lejos escuché el broncíneo clamor de unas campanas, miré la posición del sol en la bóveda celeste y deduje que eran las doce del día, recordé el día y caí en la cuenta que era Jueves Santo de un año que ya perdí en el tiempo. Esto contó don Anastasio Herrera Castañeda, vecino del barrio del Tepeyac muy cercano al Cerro de Mercado, campesino de más de 70 años quien asegura haber vivido la insólita experiencia que se narra en la leyenda. El
Cerro de Mercado
Hace muchos años, cuando los hombres blancos y barbados llegaron por
el Oriente, arrasaron con el Imperio Azteca y sobre las ruinas de
la Gran Tenochtitlan edificaron la ciudad de México. Beltrán Nuño
de Guzmán, el conquistador más cruel de la historia, colonizó: Jalisco,
Nayarit, Aguascalientes, Zacatecas, Durango y Sinaloa. Así, hacia
1532, mandó en expedición a los capitanes José de Angulo y Cristóbal
de Oñate, entraron por Culiacán, llegaron a Tamazula, Topia, Santiago
Papasquiaro y descubrieron un valle del cual 30 años después, Don
Francisco de Ibarra puso el nombre de Valle de Guadiana donde se edificó
la ciudad de Durango. En 1552 enviaron a Don Ginés Vázquez de Mercado
a colonizar las tierras del Norte de Nueva Galicia.
Se dice que el aludido era un hombre valiente, ambicioso y con espíritu
de aventura. Sin tener necesidad por la riqueza que poseía, aceptó
la comisión y gastó más de cincuenta mil pesos en los preparativos
de la expedición; en contra de la opinión de su esposa y familiares,
salió de Guadalajara a la cabeza de un ejército formado por cien hombres
bien armados.
Don Ginés cabalgaba a la cabeza de su ejército montando un hermoso
caballo castaño, al que llamaba Zalúa.
Cuenta la historia que vestido de morado llevaba calzado de jubón
y cuera del mismo material, adornado su sombrero con plumas de colores,
su vestido con botones de plata y espuelas con rodaja de oro.
En Tepic unos indígenas de Valparaíso, le dijeron que tierra adentro,
en unos grandes llanos había un cerro grandísimo todo formado de plata
maciza.
Con aquella noticia se marchó Don Ginés en busca de la montaña de
plata, atravesó Sombrerete, Nombre de Dios y un día del mes de diciembre,
desde la actual Sierra del Registro que da paso a los llanos de Guadiana,
Vázquez de Mercado divisó la montaña buscada.
Cuenta la leyenda que a lo lejos la miró brillar y sintiéndose el
hombre más rico de la Tierra pensó para sus adentros dar muerte esa
noche a todos sus acompañantes, para no compartir su riqueza.
En ese momento mandó hacer alto y celebraron con licor el acontecimiento;
pero todos leyeron las intenciones del jefe y nadie durmió, los indios
guías desertaron en la noche.
Continuaron la marcha y al llegar al pie de la montaña vio con tristeza
que ya no era de plata como la había visto brillar el día anterior,
ahora tenía aspecto metálico y era de hierro, el egoísmo y la ambición
de aquel hombre, había sido causa de su transformación.
Subió y bajó en todas direcciones, buscó por todos lados y en todas
partes encontró fierro. Triste y decepcionado trató de regresar a
Guadalajara, en el camino cerca de Sain sufrió un asalto de indios
que estuvieron a punto de matarlo.
Escapó herido y murió en Juchipila, hoy Estado de Zacatecas, dejándole
a la Montaña que descubrió su nombre para siempre, "Cerro de Mercado". |