Unos pececillos de color gris daban saltos fuera del agua para observar lo que pasaba en la isla de su vecindad. El paisaje era triste porque a causa de la erupción de un volcán que había lanzado cenizas durante muchos años, todo se había vuelto gris; los árboles, los tejados de las casas, los muros, los automóviles y hasta los vestidos de los habitantes tenían el mismo color, sin contar que su piel lo era también a causa de los alimentos que carecían de pigmentos. El volcán se había apagado totalmente y su cráter se había convertido en una inmensa laguna donde nacía un río y sin embargo, nada cambiaba.
Toda esta monotonía cromática se prolongaba mar adentro y por ese motivo estaban convencidos que el resto del mundo era así. Pero algo extraordinario había ocurrido en esos días, uno de ellos a quien llamaban el Sardino y que era aficionado a explorar las profundidades submarinas, en una de sus incursiones había descubierto un pez grande que no era gris, su cuerpo era rojo, tenía aletas amarillas y la cola era azul con reflejos verdosos. Era el abuelo de todos los pececillos y se mantenía oculto desde la erupción del volcán. Vivía en una cueva secreta en el fondo del mar y sólo salía de allí en busca de alimentos. El primer día que lo vio, el Sardino tuvo miedo y salió nadando a gran velocidad creyendo que se trataba de un monstruo llegado de lejanos mares. Pero la curiosidad pudo más que el miedo y el pececillo regresó al día siguiente y pudo observar que el viejo de colores le sonreía y su gesto era amable. Esto lo animó para acercarse un poco más y entablar conversación:
- Honorable pez grande ¿puedo hablarte sin temor?
- Bien puedes hacerlo hijo mío, ¿qué quieres saber?
- ¿Por qué eres diferente a todos y por qué me llamas hijo tuyo?
- Principio por contestar la segunda pregunta, te he llamado hijo porque eres mi descendiente, tal vez nieto o biznieto, porque cuando hizo erupción el volcán, mi esposa y yo fuimos los únicos sobrevivientes de esa tremenda catástrofe y somos por lo tanto el origen de todos los peces de este mar vecino a la isla. Ahora va la segunda respuesta, soy viudo porque mi esposa murió hace ya algún tiempo. Logramos salvarnos de la hecatombe porque yo me había decepcionado de mis amigos los peces, que se habían vuelto viciosos, peleadores, ladrones y decidí buscar un refugio lejano y encontré una cueva profunda donde vivo todavía y cuando el mar se contaminó con las cenizas venenosas, permanecí aislado y por eso logré sobrevivir y he conservado mis colores porque soy muy casero y no me gusta salir a las aguas grises como lo hicieron mis hijos y mis nietos que por eso perdieron los colores y en la actualidad todos son grises.
El pececillo quedó sorprendido de todas las revelaciones que le había hecho el abuelo y le pidió permiso para contar esta historia a sus hermanos y amigos que sin duda eran sus parientes. El abuelo accedió a la petición y le dijo que si querían visitarlo sus amigos, podían hacerlo a condición de que vinieran cada vez en grupos pequeños para compartir mejor su compañía.
Desde ese momento se inició una romería hasta la cueva del abuelito multicolor y tuvieron que hacerlo por turnos porque eran centenares los curiosos que deseaban conocer al gran y honorable pez de colores. Hubo sensación en el mundo de los peces grises por este gran descubrimiento y todos quedaron con la ilusión de lograr algún día y por algún medio, tener hermosos colores como los del abuelo, pero quién mejor que el Sardino para preguntarle a este sabio y querido personaje, cuál pudiera ser la fórmula para convertir en realidad tan anhelado deseo. El abuelo le había tomado cariño a este pececillo, le parecía audaz porque era el único que en muchos años, había logrado llegar a las profundidades del mar donde se encontraba su cueva y captar la simpatía de un viejo cargado de recuerdos y secretos que, no había podido gozar de la compañía de sus nietos, por temor a verse contaminado del mal gris que había matado a toda la población de peces vecinos a la isla del volcán.
Recibió nuevamente con afecto al Sardino y no tuvo inconveniente en dar oídos a su petición y así se expresó:
- Hijo mío, tus aspiraciones y las de todos tus parientes y amigos son justas, el color es lo más lindo que ha podido dar la naturaleza, se puede decir que con la música constituyen la alegría de la vida, y en esta isla que considero como la más triste del mundo, han desparecido y hasta los pajarillos han dejado de cantar y solamente nos preocupamos por devorarnos unos a otros. Me encanta que quieras conocer los secretos que puedan permitirnos la recuperación de los colores y la alegría y tienes suerte porque hoy por hoy, soy el único poseedor de las fórmulas.
- Estoy feliz de oír lo que me acabas de decir -dijo el Sardino-, y te cuento que estamos dispuestos a hacer toda clase de sacrificios para recuperar los colores, no solamente para nosotros, ojalá para toda la isla con sus árboles verdes, sus flores de color amarillo como el de tus aletas y el rojo de tu cuerpo. Te suplico, cuéntame qué debemos hacer?
- Avísale a tus amigos que deben prepararse para un largo viaje, es posible que muchos perezcan en el camino devorados por los grandes peces y por otros peligros que nos acechan, yo también estaré expuesto a esas amenazas pero estoy dispuesto a correr el riesgo en beneficio de mis descendientes y de la isla.
Hablaron durante horas y en pocos días el Sardino logró organizar una numerosa caravana de peces para emprender el gran viaje de la aventura, cuyo anhelado premio justificaba toda clase de sacrificios. Y al amanecer de un día, emprendieron la marcha, salió una multitud de peces grises a despedirlos, muchos se burlaban y los tildaban de ilusos y reían, pero cuando vieron salir al honorable pez abuelo con su cuerpo rojo, sus aletas amarillas y su elegante cola azul de visos verdes, callaron y comprendieron la importancia de los colores que nunca habían visto y que ahora los deslumbraban como a un ciego de nacimiento que después de una operación, ve por primera vez la luz.
Los integrantes de esta excursión viajaron sin descanso y llegaron a unos arrecifes sin vegetación, donde pasaron la noche y al día siguiente muy temprano, dieron la orden de la partida. El abuelo iba adelante indicando el rumbo y como una inmensa cola lo seguían miles de peces dispuestos en formación triangular como lo hacen los patos cuando vuelan a lejanas tierras huyendo del frío invernal. Al tercer día las aguas del mar habían dejado de ser grises y presentaban un color verde esmeralda que emocionó a todos los pececillos y les dio alientos para continuar en su aventura.
El viaje duró varios días y como lo había anunciado el abuelo, muchos perecieron devorados por peces más grandes y otros tantos enfermaron por la fatiga y quedaron rezagados sin auxilios porque los demás no podían detener la marcha para atenderlos.
El último día llegaron a una hermosa isla de aguas azules, saltaron de alegría y en sus saltos veían el verdor de los árboles, el cielo azul, los arreboles rojizos del atardecer y aves de diversos colores. Todo era hermoso y cuán diferente a la isla gris que ahora estaba tan lejos, pero que tanto querían porque allí estaba el mar donde habían nacido y deseaban para ella el cambio y por ese motivo estaban haciendo tan grande sacrificio.