
Había una vez una selva habitada por una gran variedad de animales, entre los que destacaba esa ave de colores radiantes: "El quetzal".
En un día como cualquier otro, llegó un grupo de niños exploradores a este lugar, entre ellos una niña llamada Margaret que se interesaba en conocer a esa ave misteriosa en peligro de extinción. Ella, muy entusiasmada, se adentró en la selva tratando de encontrarla y se olvidó por completo de sus compañeros.
Los amigos de Margaret realizaron sus trabajos y después se pusieron a jugar, pero de repente se escuchó el escándalo de una parvada de loros que gritaban desesperados; en ese momento la maestra reunió a todos los niños e inmediatamente les indicó que salieran de la selva.
Cuando Margaret regresó al lugar donde estaban sus compañeros y no los encontró, se asustó mucho, aun más al observar sombras y escuchar los gritos de animales que se mezclaban unos con otros. Aterrada se escondió detrás de unos árboles, y de pronto vio a un grupo de personas que sobre los brazos llevaban armas. Claro estaba que eran cazadores. Lo peor era que ellos buscaban al quetzal para capturarlo y venderlo por su belleza.
Ellos siguieron caminando mientras Margaret los perseguía escondiéndose de arbusto en arbusto para que no la vieran. Los cazadores se detuvieron a capturar a otra ave desconocida para Margaret, y ella, al ver que dejaron sus armas, aprovechó para tomarlas y salir corriendo de ahí.
Corrió y corrió lo más que pudo, entonces se detuvo y tiró las armas a un arroyo que pasaba a través de los enormes árboles de la selva. Al levantar la mirada vio en la copa de un árbol a esa gran ave que buscaba: era el quetzal, y lo distinguió fácilmente por su gran cola y hermoso colorido.
Ella hizo un llamado especial para atraerlo hacia las ramas mas bajas; estando allí se acercó a él diciéndole:
-No temas, no te haré daño.
-¿Sabes?, eres el ave más bella para mí. Me llamo Margaret.
Ella sabía que el ave no la iba a entender, pero siempre le había gustado platicar con los animales.
-Ven, no temas -le dijo- Pero el ave seguía sin entender.
Al final ella optó por ese llamado especial, y fue cuando el quetzal apoyado en sus delgada patas y ella sentada sobre una roca, platicaron durante 15 minutos.
De repente, Margaret escuchó el motor de un carro; asustada hizo lo posible por meter al quetzal dentro de su mochila y corrió a gran velocidad. Por fortuna, esos gritos que escuchaba a lo lejos eran de su padre.
-¡Papá, papá! ¿Eres tú? ¡Aquí estoy!
-¡Hija! Ven, vamos a casa - dijo el papá al ver a Margaret.
Yendo por el camino, Margaret le dijo a su papá de esa ave que traía dentro de la mochila.
-Papi, no te vayas a enojar ¡Es muy bonito!
-¡Margaret!, cómo es posible, ¿de dónde lo sacaste? Hay que dejarlo donde estaba.
-No papá, es muy bello para que esté ahí y lo maten. Por favor, ¡no lo hagas!
Margaret le explicó todo a su padre, le dijo que lo matarían. El papá entonces comprendió a su hija y permitió que se quedara con él.
Al llegar a su casa, Margaret le comentó a su mamá:
-¿Te acuerdas de aquellos quetzales que vimos en la tele y de los cuales yo quería uno? Pues ya lo tengo y eso me hace sentir muy feliz.
Margaret le puso de nombre "Goyo" y le comentó cariñosamente:
-Aquí estarás muy bien, ya que dentro de esta casa existen muchas lagartijas y frutos que podrás comer.
A partir de ese instante, Margaret sintió una felicidad total por tener a su lado a ese gran amigo quetzal.
Rosaura N. Estrada Rodas
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