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¡Sal
de ahí, Hammie! |
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El viernes regresaba del trabajo, pensé que disfrutaría de un buen fin de semana, pero cuando entré a casa encontré a Karla, mi hija, que sollozaba. Un pichichi se había metido en la pared del baño. Para colmo de males, Hammie el pichichi no era nuestro, sino de la escuela de mi hija. Lo teníamos en casa porque los alumnos de segundo grado hicieron un intercambio de mascotas. Nuestro huésped había salido bien librado, después que la profesora Garza se había encontrado una nidada de polluelos que se habían acostumbrado bien a la vida doméstica de la escuela, ya que en Veracruz habitan muchos de ellos en lagunas cercanas al puerto. Se trataba de un pichichi que cargaba con la presión que los niños suelen ejercer entre sí. Aunque llevaba apenas en casa unas horas, no había lugar que no hubiera explorado o pisado: las tuberías, las paredes de piedra y todo lo que le parecía apetitoso. Como suele suceder con las grandes tragedias, ésta empezó con bondad. Karla, por la tarde había soltado a Hammie en el baño para que retozara un rato mientras ella cuidaba la puerta. Por desgracia, en el mueble del lavabo y la pared había un agujero que jamás habíamos visto, pero que ha Hammie debió de figurársele un nido, ya que muy frecuentemente anidan en el suelo. En un abrir y cerrar de ojos el pichichi atravesó el piso de linóleo, y voló hasta el agujero. El pequeño Hammie parecía picotear la pared al ritmo de los sollozos de mi hija. A media noche la familia dormía profundamente, en tanto yo cumplía con mi labor de vigilar al pichichi, metí el dedo al agujero y sentí una pata, me agaché y casi pego un respingo al ver los ajillos traviesos de Hammie. El animalito parecía sonreírme. Al principio pensé hacer salir a Hammie con una semilla: arroz, maíz, sorgo o platanillo. En efecto, salió por una semilla de maíz, pero se la llevó de inmediato a su escondite. Después de esa agitada noche, prometimos no decir ni media palabra a nadie, teníamos 48 horas para atrapar a Hammie. Las circunstancias eran ya bastante embarazosas, y no deseábamos soportar las habladurías de los niños de segundo grado. Sábado por la tarde. El plan consistía en atraer a Hammie a un tubo de cartón con semillas de arroz adentro. Si el hambriento pajarillo muerde el anzuelo, cae en la trampa y no podría escapar. Hammie se la pasó picoteando pero no salió, supuse que todavía tenía arroz. Domingo por la mañana. Rezábamos por Hammie.
Me senté en una silla y me sentí derrotado por un animalito pequeño. Mi hija había oído un ruido en el baño, ella fue la primera en asomarse por el borde del tubo. Su nerviosismo, seguido por la euforia al darse cuenta que el animalillo estaba ahí, fue algo indescriptible. Mi esposa y yo disfrutábamos cada instante del diario de nuestra familia. Fin |
Nombre de la escuela: Esc. Sec. Dna. No. 150 Angel Salas Bonilla |
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| Estado: Distrito Federal | |
| E-mail: hilda_rb@hotmail.com |