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En grupo, fuimos a escalar
el volcán Tacaná que se encuentra en la frontera de Chiapas y Guatemala.
Tomamos un camino donde la niebla era muy espesa, no podíamos ver
nada; caminamos y caminamos y no encontrábamos nada interesante. El
profesor que nos guiaba, nos dijo que tuviéramos cuidado con los barrancos;
yo por andar viendo la flora, me tropecé y caí en un agujero que me
llevó a un lugar muy bonito. Choqué con unos pies amarillentos que
luego desaparecieron; me espanté mucho al ver que mis compañeros ya
no estaban. Con la impresión, puse la mirada en mi pierna y vi una
herida tan grande como mi pulgar; me desmayé durante minutos y al
despertar, miré una gran ave, era un pavón, éste puso su ala sobre
mi herida y la curó. Sorprendido otra vez, al ver que esta ave mágica
me trataba con nobleza y me depositaba su confianza, decidí caminar
a su lado por un buen rato. Aprovechando la situación, le conté mis
sentimientos, y con ese cacho rojo sobre su cabeza, iluminó mi frente
borrando todos mis problemas. Desperté y mi mamá me dijo: ya te tienes
que ir a la excursión. Desde ese momento ya sabía lo que pasaría.
Daniel Prado Damián,
de 6º "B". |