Llega la noche |
Hay una pequeña sombra en la playa. Es un niño que, sentado sin moverse, está mirando el océano negro. Parece estar petrificado... Sólo se mueven las lágrimas en sus mejillas. Joaquín mira al caballito de mar con perplejidad y le pregunta: El niño hace lo que le pide Pegaso, y al poco rato no puede dar crédito a sus ojos, está más pequeño que el caballito de mar Y empiezan un viaje muy lindo para encontrar a la gran ballena. Nunca antes en su vida Joaquín había visto cosas tan maravillosas: hay arrecifes de coral de todos los colores: rojo como la sangre, verde como esmeraldas, blanco como la nieve; encuentran tortugas amables, delfines que dan tumbos, bancos de miles de peces pequeños y resplandecientes, tiburones horrorosos, etc., pero todos tienen respeto a Pegaso y Joaquín. Joaquín sigue lentamente los pasos de su nuevo amigo Pegaso, hasta que se encuentra delante de un trono gigantesco, y allí, sentado, está el ser más grande que Joaquín jamás ha visto en su vida... allí está el rey de los océanos, ¡la gran Ballena! Aunque Joaquín se siente como una hormiga comparado con la ballena, no tiene miedo ni se siente incómodo, al contrario, se siente protegido y sereno. La gran Ballena le ofrece té de algas y pasteles de caviar, y escucha con atención lo que Joaquín cuenta. Joaquín comienza al principio con timidez, pero después con tanta espontaneidad que se sorprende a sí mismo, porque normalmente es reservado y callado. Cuenta que su mamá se murió cuando sólo tenía 4 años, que se ha sentido muchas veces aislado en su vida, que su papá casi nunca está en casa, y cuando está, sólo escucha a medias lo que le dice el pequeño Joaquín. Entonces el niño pregunta por qué no hay más armonía en su mundo, el mundo del ser humano. - Escúchame, niño, planta esta flor en tu patio, esta plantita será el símbolo de la paz, la paz que llevas dentro de ti, y que se reflejará a tus alrededores. Cuídala bien y no hables de nuestro encuentro a nadie, será nuestro secreto. Joaquín se despide de la gran Ballena, llevando la flor preciosa en la mano. Horas más tarde, cuando Joaquín abre sus ojos, está sorprendido porque se encuentra en la playa. Hay un fuerte sol, ¡tiene que ser mediodía! ¡Qué raro he soñado! -piensa-, y he pasado toda la noche en la playa, ¡imagínate! Se levanta, limpiándose porque está completamente cubierto de arena, y se da prisa para llegar a casa. Cuando llega, su papá está esperándole, pero no está enfadado como siempre, tiene la cara preocupada, y cuando nota que su hijo ha llegado, le da la bienvenida con una sonrisa . A la mañana siguiente, Joaquín se dirige a la playa de nuevo, y además de la brisa marina y los gritos de las gaviotas, no hay nada fuera de lo común. Pero esta vez, el niño no está triste como aquella noche, al contrario, camina por la playa silbando, llevando paz y amor en su corazón, listo para empezar su gran camino, el camino de su vida.
El hombre que se convirtió en un caballito de mar
Un día el mago convirtió a todos los habitantes de la isla en caballitos de mar y hundió la isla. Con el paso del tiempo todos se adaptaron a vivir debajo del mar protegiéndose de tiburones y enormes mantarayas. Un día apareció de nuevo el mago que los había condenado a vivir como caballitos de mar, pero esta vez sí lograron defenderse y con ayuda de otros peces lo mataron para que ya no hiciera más daño. Después de eso apareció la reina marina que era una sirena y les preguntó que si querían volver a ser humanos o si se querían quedar tal y como estaban, pero ellos decidieron quedarse como caballitos de mar porque se habían dado cuenta que la vida en el mar era maravillosa. Fin
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