Manuel
Álvarez Bravo nació en la ciudad de México en 1902.
Hijo de un maestro que ocasionalmente se dedicaba a la fotografía,
abandonó la escuela a los 13 años de edad para poder trabajar
y colaborar con su hogar. Trabajó con organismos gubernamentales
y no se interesó por la fotografía sino hasta 1923, cuando conoció
al fotógrafo alemán Hugo Brehme. En 1927 conoció
a Tina Modotti, por medio de quien se acerca a los muralistas del momento.
Cuando Tina es expulsada de México en 1930 recibe el encargo
de continuar el trabajo que ella venía realizando: fotografiar
los murales, además de tomar fotos para la revista "Costumbres
populares mexicanas".
En
1937 expuso junto a Henri Cartier-Bresson en el palacio de Bellas Artes.
Conoció a André Bretón en 1938 y este señaló
el contenido surrealista de su obra, a partir de entonces ésta
ha sido conocida a nivel mundial, y ha realizado exposiciones en México
Estados Unidos, Inglaterra, Francia y numerosos países de habla
hispana.
El
México de Manuel Álvarez Bravo
El artista vivió la plenitud de su juventud durante la década
de 1920, cuando México acababa de salir de la Revolución.
El país se encontraba experimentando esa sensación de
omnipotencia que da el presentir que se tiene la verdad en la mano.
La burguesía se derrumbaba en tanto que los valores indígenas
se redescubrían.
Para
los mexicanos era como si el mundo fuera nuevo, recién estrenado:
los defectos de la sociedad debían aplastarse sin contemplaciones
para que surgieran las virtudes de la misma. Además debían
hacerlo muy bien pues México era el centro de atención
del mundo.
La
humanidad estaba bastante convulsionada: la Primera Guerra Mundial y
la Revolución Rusa habían sacudido a Europa oriental y
occidental. Pero en México ocurría algo interesante pues
la Revolución nació de las masas pobres, no de la clase
media, por lo que se experimentaba una nueva fórmula, en la cual
el arte y la política se daban la mano.
Álvarez
Bravo no escapó al influjo de su época, aunque no tomó
parte activa en la revolución. Quizás no fue un activista,
pues evitaba las reuniones políticas en casa de Tina Modotti
y prefería hablar de fotografía que del nacimiento del
comunismo. Pero el sentir de su época se gestaba y desarrollaba
muy en su interior, en su alma de artista.
Su obra muestra la carga social y política del momento. Obrero
en huelga asesinado (1934) es una muestra clara y patente del dolor
del pueblo frente a la sangre derramada. Para Teresa del Conde esta
foto muestra la eterna ofensa: "...ese cuerpo esbelto, fajado por
un cinturón talabarteado de cierta elegancia, rebasa y con mucho
la condición de lo patético. La ofensa se vuelve inmortal
(por lo tanto viva siempre) a través de su terrible belleza".
Álvarez
Bravo tenía noción de lo inmortal de la imagen fotográfica,
consiguió una con sólo cuatro tomas disponibles cuando
se desarrolló el tiroteo. Una de esas cuatro fotos fue la ya
mencionada, la eternización de un instante en el cual la sangre
era chupada ávidamente por la tierra. No sólo conocía
el valor eterno de lo fotografiado, también tenía el instinto
de oportunidad de todo buen reportero gráfico.
La
pasión por los valores populares y, sobre todo, la búsqueda
de la pureza indígena llenan de vitalidad la obra de este fotógrafo.
La muchacha mirando pájaros, pareciera atisbar el infinito buscando
algo. Se tapa del sol para ver mejor. Tras ella un portón colonial,
que recuerda el peso cultural de lo español. La niña ignora
lo que tiene detrás, tapa el brillo del sol con su brazo y mira
los pájaros.
En su siglo de vida, el fotógrafo vio transcurrir las vanguardias
y oyó las innumerables alabanzas. Pasó por oficinas burocráticas,
sets cinematográficos, estudios de artistas. Críticos,
poetas, ensayistas, se han volcado sobre su trabajo. A Manuel lo sorprenden
uno, diez, ¡cien recuerdos! Imágenes, sensaciones, emociones,
que se acercan uno a uno, para recordarle que ha llegado a un siglo
de vida. Hombre culto, como pocos; también fue un joven oficinista,
contador de la Tesorería General de la Nación.
Y
llegan los amigos poetas, Xavier Villaurrutia, Octavio Paz. También
los pintores, Diego Rivera, Frida Kahlo, Manuel Felguérez. También
otros escritores, el entrañable Juan García Ponce... No
faltan los fotógrafos: Cartier-Bresson, la querida Graciela Iturbide,
su achichincle, quien tiene un concepto de Manuel como fotógrafo,
un poeta; lo mismo como ser humano y asume que conocer a finales de
los sesenta al "fotógrafo a la antigüita" -como
él mismo se nombra-, la marcó definitivamente para seguir
el mismo camino. Siempre tuvo tiempo, nunca tuvo prisa para tomar fotos,
cuando llevaba su cámara grande, la acomodaba en un sitio y esperaba
hasta que consideraba el momento para hacer click. No en vano tiene
un letrerito en su laboratorio que dice: 'Hay tiempo, hay tiempo".
Graciela
Iturbide aseguró: "Manuel es un hombre de muchas emociones,
de personalidad fuerte pero tranquila. Para mí es dulce, apacible,
un hombre que controla sus emociones, atinado, inteligente. Hay melancolía
en toda su obra, puede ser una persona melancólica, pero no trágica
ni violenta. A sus cien años no está triste. No quiere
morirse, eso es maravilloso. Aún en estos días regresa
a su cajita donde guarda negativos que nunca ha revelado, para decidir
si lo hará". Todos compartimos tales impresiones.