La
búsqueda incesante de la libertad
MI
VIDA
Isadora Duncan
Autobiografía
Fragmento
"Nací a la orilla del mar. Mi primera idea del movimiento
y de la danza me ha venido seguramente del ritmo de las olas…"
"En
esta época actual de elaboración y artificialidad, el
arte de la señorita Duncan es como un soplo de aire puro procedente
de la parte más alta de una montaña poblada de pinos,
refrescante como el ozono, bello y verdadero como el cielo azul, natural
y genuino. Es una imagen de belleza, alegría y abandono, tal
como debió ser cuando el mundo era joven y hombres y mujeres
bailaban al sol movidos por la simple felicidad de existir". Lo
anterior, es una declaración de la prensa londinense que se refiere
a Isadora Duncan, una bailarina estadounidense, quien nació el
27 de mayo de 1878 en San Francisco, California.
Obsesionada
por la danza, alcanzó la perfección clásica y fue
una constante innovadora; a los cinco años de edad anunció
a su familia que sería bailarina y revolucionaria, y lo fue.
Pudo ser pianista, pintora o poeta, pero en su danza juntó todo
eso. En su arte se entrevió la sensibilidad artística
de su madre, Mary Dora Grey, y la necesidad obsesiva de encontrarse
a sí misma por el vacío que le dejó la ausencia
de su padre, el banquero Joseph Duncan. Su nombre original fue Ángela,
pero desde pequeña, influida por la educación clásica
que recibió de su madre, adoptó el nombre de Isadora.
El temprano
dolor por la separación de sus padres lo volcó en una
intensa aprehensión de todo lo que su madre pudo enseñarle,
desde el arte de la antigua Grecia hasta la poesía, la plástica
y la música contemporáneas. La marcaron para siempre los
recuerdos maternos, por ejemplo las clases privadas de piano con las
que su madre mantenía el hogar, pero también cuando le
transmitía teorías innovadoras como la feminidad, la vida
seglar y el paganismo.
Todo eso
iba configurando el espíritu libertario de Isadora. Alguna vez,
cerca de la playa, los vecinos vieron a la solitaria niña imaginando
y creando movimientos con sus manos y sus pies, jugando con las olas
y desarrollando la belleza de su cuerpo.
La escuela
le pareció una cárcel, por eso la abandonó. Su
verdadera educación fue escuchar cotidianamente a Beethoven,
Schumann, Schubert y Mozart. El ritmo y la sensibilidad reverberaban
en su alma. A los seis años reunió a varios vecinos para
mostrarles, con sus gestos, el movimiento del mar.
Cuando
fue adolescente, una bibliotecaria la ayudó a interesarse más
en la literatura y la filosofía. Basada en la imaginería
romántica de Keats, el realismo poético de Whitman y la
crudeza de Nietzsche, forjó su propia teoría de la danza.
Desde 1897 estudia los movimientos de la danza griega en jarrones de
la época clásica conservados en el Museo Británico
de Londres. Basándose en esta investigación, organiza
un baile que presenta en Londres y varias ciudades europeas. A los 17
años viajó a Nueva York ingresó a la compañía
de A. Daly.
A los 19
años, en Nueva York, conoció al dramaturgo Augustin Daly,
quien le abrió las puertas para presentarse en varios escenarios.
El resto fue una sucesión de asombros, incertidumbres y éxitos.
Los críticos no soportaban ver a una mujer irreverente que bailaba
descalza, con una túnica y sin maquillaje, pero admitían
que en su danza había un arte original y apasionado. El éxito
obtenido en Inglaterra le abrió las puertas de los principales
teatros europeos, recorriendo Francia, Italia y Grecia. Sus ideas influyeron
en la compañía de danza de Serguei Diaghiley; en 1902
compra cerca de Atenas la colina de Cópanos para establecer un
templo de la danza, proyecto que no concluyó por cuestiones económicas.
También realizó actividades de beneficencia.
Regresa
a Berlín e inicia una modesta escuela de ballet, en 1913 interrumpe
sus actuaciones pues sus dos hijos perecen ahogados. Luego trata de
fundar sin éxito su escuela en distintas ciudades europeas; en
1921, por invitación del gobierno soviético, radica en
Moscú. Al año siguiente contrae matrimonio con el poeta
ruso Serguei Esenin, quién se suicida en 1925.
En 1926
publica "Mi vida"; su capacidad de innovación artística
fue extraordinaria, así como dolorosa fue su vida. "La ninfa",
además de su belleza, poseía un poder de seducción
que la mantenía rodeada de amigos, entre los que se contaban
intelectuales, pintores y poetas, así como de numerosos admiradores
que deseaban conocerla. La cautivación que ejercía entre
los que le rodeaban, determinó que empezaran a ligarla amorosamente
con múltiples pretendientes y pronto surgió el mito de
que Isadora acarreaba la desgracia a las personas a quienes amaba.
Si la separación
de sus padres fue el pesar más agudo en su infancia, luego la
esperarían dos hechos aún más trágicos:
la desaparición de sus dos hijos, ahogados en el río Sena,
en 1913, durísimo golpe para la Ninfa; y su propia y absurda
muerte, en Niza, el 14 de septiembre de 1927, cuando su bufanda se enredó
en el volante del auto que manejaba. Fue así cómo la danza
perdió a una de sus cultoras más originales y revolucionarias,
tal como ella, cuando niña, se prometió a sí misma
y al mundo. En 1928 aparece la obra póstuma "El arte de
la danza", escrita por Isadora durante su refugio en Niza, con
el deseo de proporcionar un compendio de sus enseñanzas, la cual
es considerada obra clásica del género.
Sólo
la danza, nada más. La danza del espíritu, como ella decía.
Porque estaba convencida de que no era su cuerpo el que bailaba, sino
su esencia, su alma, su interior. Fue un ser libertario que jamás
sucumbió a los formalismos y que no se dejó encasillar.
Una de sus innovaciones fue la libre interpretación de partituras
no escritas para ser bailadas, como las de Schubert o Chopin.
Entre sus
amores estuvieron Iván Miroski, Oscar Berege, Heirich Thode y
Edward Craig. Con ninguno se comprometió, porque le gustaban
las relaciones libres. Pero sucumbió ante el poeta ruso Serge
Esenin, cuya relación fracasó estrepitosamente. Pero nada
impidió que difundiera su arte por el mundo. Creó escuelas
en Francia, Alemania y Rusia, y sentó las bases de una danza
que se alejó de lo clásico y se opuso a las técnicas
de enseñanza tradicional.
Isadora
mantuvo su peculiar postura ante la vida: se consideraba atea, practicaba
el amor libre y manifestó una opinión positiva acerca
de la Revolución Rusa. Su concepto estético reivindicó
el culto, el rito y la naturaleza del cuerpo. Tal como fue la enigmática
personalidad de la Ninfa. Su amor por el arte rebasó su propia
existencia, pues jamás permitió que la pareja, la familia
o las necesidades económicas obstaculizaran sus planes de ''hacer
la revolución'' en la danza.