Cursó
sus estudios superiores en la Facultad de Filosofía y Letras de la U.N.A.M.
dentro de los años 1952-1953 fue maestro de literatura y becario del
Centro Mexicano de Escritores. Ha ejercido el periodismo, es columnista
en algunos diarios importantes de la ciudad de México. Sus cuentos,
ensayos y poemas han sido dados a conocer en importantes publicaciones
mexicanas como las que edita la Universidad de México, además de publicadas
en periódicos tales como: Novedades y Excélsior. En 1955 se inició en
el cine como guionista y desde entonces ha sido autor de numerosos guiones
para el cine mexicano. En 1973 obtuvo Mención Honorífica en el Centro
Nacional de Periodismo por su crónica: "Cómo se pasa la vida"
publicada en Excélsior. Don Ricardo, ha cumplido ya 50 años como escritor.
Veintisiete años pasaron para que Ricardo Garibay pusiera punto final
a "Par de reyes", la historia de Reynaldo y Valente de Hierro,
dos hermanos tan distintos como la noche y el día, que de noche ven
morir a su padre en una emboscada y crecen para vengarlo. "Par
de reyes", es quizá el ejemplo más ostensible de la reconocida
destreza de Garibay para llevar a la literatura el habla de la gente.
Pero es mucho más: una novela formalmente ambiciosa y plenamente lograda,
que aborda el tema universal de la venganza y lo sitúa en un tiempo
ambiguo entre los veinte y los cuarenta. En esa tierra de nadie que
fueron entonces las llanuras desérticas del noreste mexicano. Ricardo
Garibay pone a gran parte de la sociedad y la política mexicana en la
mesa de operaciones y hace un corte de profundidad que revela las virtudes
y defectos, realidades y espejismos de una sociedad que en ocasiones
parece delirante y en otras asume por entero su responsabilidad histórica.
Dentro
de la tipología mexicana del siglo veinte, los protagonistas de los
diálogos de Garibay quedarán como muestra clara de una época en que
los valores políticos, morales, estéticos y sociales sobre todo, están
en un proceso de transición y cuyas consecuencias parecen irreversibles.
Ricardo Garibay ha escrito más de cuarenta y cinco libros a lo largo
de su vida, también ha trabajado con cuentos, novelas, poesía, crónicas,
reportajes, teatro, guiones cinematográficos y periodismo político.
Fue invitado por parte de varios estados de la república mexicana para
realizar programas culturales de televisión, pero él sólo aceptó la
invitación que le hizo llegar el gobierno del estado de Hidalgo ya que
es su estado natal. El programa que realizaba semanalmente fue producido
y conducido por el arquitecto Luis Corrales Vivar, llamado: "Diálogos
Hidalguenses", en donde trataban temas de amplio nivel cultural.
De carácter bastante fuerte, Garibay ha escrito obras tan leídas en
México como: La casa que arde de noche, y que obtuvo en 1975 el premio
a la mejor obra extranjera publicada en Francia con la obra Motriz.
Garibay comparte sus preferencias y sus pasiones y muestra un espíritu
abierto y atento a tantos escritores como sólo puede hacerlo quien posee
una verdadera vocación para la literatura.
Autoreflexión
y Fragmento de su Obra
Ricardo Garibay asegura que ejerce el oficio tiránico de escritor al
punto de "no valer para otra cosa".
De la lucha
diaria con el papel en blanco, con las palabras rebeldes, con las ideas
confusas, con la fatiga o desesperación, han brotado sus páginas.
La Casa
que Arde de Noche. (novela 1971).
Rumbo al
río Bravo, en el mar de mezquites enanos, junto al camino angosto que
casi nadie transita, se alza una casa de dos pisos de madera, agobiada
de portales, corredores, aleros, ventanas y barandales y un mirador
de techo de dos aguas tan delgado que tiembla con el viento. Desde lejos
sobresale blanca, solitaria, casi aérea contra el horizonte montaraz;
de cerca se ve sólida y parda de tiempo y polvo.
Cuando
se llega por primera vez no se sabe por donde entrar ni por donde salir;
los cuatro costados de la casa, cuatro portales carcomidos, parecen
funcionar como entradas y salidas hacia ninguna parte, abiertos al aire
ardiente de la llanura. Sin embargo, en uno de los portales hay un letrero:
El Charco
- Vinos Extranjeros y Mexicanos, un viejo que dormita y dos anaqueles
atiborrados de botellas vacías. Lo más probable si alguna vez alguien
pidió una botella de vino es que el viejo le haya dicho que aquí nunca
nadie ha vendido botellas de vino, cuando menos aquí en el portal.
Después
del portal se tiene la sensación de estar entrando quién sabe dónde,
en otra casa, lejos de los esbeltos pilares de madera y del sol brillante
y altísimo del desierto, que han quedado a la espalda, al alcance de
la mano. El espacio se vuelve oscuro, estrecho y bajo, invadido de puertas,
ventanucos, pasillos, escaleras que crujen. Los dos pisos de afuera
se convierten en cuatro o más aquí adentro, como si hubieran venido
improvisando entre pisos para satisfacer urgencias que procrean guaridas
y desniveles. Cada puerta da a un cuarto, cada cuarto es enteramente
independiente y tiene un nombre pintado en la puerta. Algunos nombres
están desleídos, otros parecen recién pintados sobre la madera raspada
con lija, o se ven encima de otros todavía legibles. Y pasillos a derecha,
a izquierda, cortos y largos, estrechísimos, y escaleras, escaleras
de escalones altos, escaleras de escalones pequeños, escaleras razonables
y escaleras que desembocan en ventanas clausuradas o en puertas que
se abren al vacío o en otras escaleras que van a dar a rincones o a
muros de madera nueva; y luego, alguna que se antoja interminable, hacia
arriba, como pozo que la silenciosa claridad del mirador alumbra apenas.
Un olor mojado se apelmaza en los rincones innumerables, un olor rancio
y frío, como costra de quejumbres, y un sabor a vómito, a entrañas,
dulzón y ácido.
Este es
un ejemplo de la narrativa de este autor, en La casa que arde de noche
se enfrenta a su objeto con "acatamiento y recreación". El
tema, la descripción de la vida de una de las casas llamadas "non
sanctas", tan caro a los escritores de nuestro medio sin embargo,
en otras de sus obras se observa su notable oído para reproducir el
habla popular, don del que se vale para exhibir, con métodos diferentes,
la ignorancia, la socarronería, el ingenio, el humor de un pueblo sin
letras.