..................El sombrerón, ................

Cuentan que hace muchos años, los vecinos de doña Moni observaban que tenía mucho dinero, que sus fiestas de ensartadas de flores en el mes de mayo, eran muy espléndidas; que echaba la casa por la ventana ofreciendo a sus invitados, suculentas y abundantes comidas.

Contaban los vecinos del barrio, que cierta ocasión, doña Moni se dirigió a su terreno por el rumbo de Copoya para recoger nanchis y malucos, cuando de repente, se le presentó un hombre muy galante, como para ella, pues cabe decir que era güera, alta y galana, apuesta, como resultado de saber llevar en la cabeza el típico jicalpextle.

El galán aparecido, portaba un buen traje de charro algunas veces, otras, se presentaba con vestimenta zoque.

En esta ocasión, lucía apretado calzón negro de paño, con botonadura de plata en los costados al igual que en la chaqueta; un elegante charro galoneando, espuelas de plata, relucientes botines, y una corbata escarlata, que hacía resaltar su postura y gran bigote.

Saltó al encuentro de la tal Moni, diciéndole que estaba muy guapa; le habló por su nombre sin conocerla, por lo que ésta se quedó pensando: ¿Cómo es que sabe mi nombre este cristiano?. El galán se acercó a ella, y tratando de tomarle las manos y hasta de abrazarla por la cintura, le decía que se fuera con él, que en la cueva donde vivía tenía muchos cofres, que allí podía tomar alhajas, monedas de oro y todo cuanto quisiera.

Cuando dijo que vivía en la cueva, se sorprendió y recordó que ya le habían hablado del Sombrerón. Al pensar en eso, se le enchinó el cuerpo y trato de escapar lo mas pronto posible, pero ella sentía que se le aguadaban las piernas y que no podía correr. Invocó al Señor de las Ampollas del Trapichito, haciendo al aire unas cruces y al momento desapareció aquel extraño varón.

Rápidamente se regresó a su casa, pero siempre con la tentación del ofrecimiento que le había hecho el galán. Se decía entre sí, " voy a regresar otro día a lo mejor esta es mi suerte".

Y así lo hizo, como a los 8 días fue a su terreno y casi por el mismo lugar; éste volvió a aparecérsele. Esta vez llevaba un elegante "Nucamandoc" de gamuza nueva con sus adornos de rigor, en color negro junto a las bolsas, botones de plata a los costados del calzón de cuero, una fina banda de seda blanca, cotón de manta fina, un buen sombrero de fieltro de panelita. También lucía un grueso collar hecho de puros centenarios.

En cuanto divisó a la Moni, pronto se encaminó a su encuentro y la tomó de las manos. Como por encanto, puso en ella una gruesa cadena de oro con su respectiva cruz de filigrana, unos aretes de canasta y doce anillos de planchita. La Moni abrió tremendos ojos, preguntándole ¿Qué mas me vas a dar?, al momento, puso a sus pies mucho dinero y macacos, pesos de balancita, más alhajas, unos buenos rollos de brocado, hasta ropa donde se dejaban ver encajes y calados o tira bordada.

Pero eso no paró ahí, pronto le dijo, que si quería ser siempre joven galana y sana; ella pronto respondió que sí, a lo cual dijo el galán: Pues ven conmigo a darte un buen baño al arroyo de la cueva de Cerro Hueco. Como por encanto en el claro del arroyo, sintió que su cuerpo estaba más liviano y terso. Lo malo fue, que al mismo tiempo que se entregaba al personaje fantástico, iba sintiendo más fuerte el olor a azufre, por lo que pronto trató de huir, pero eso sí, no soltó lo que había recibido. Al hacer lo mismo que la vez anterior y rezando algo entre sí, desapareció el personaje. Cuando regresó a su casa, contó que se había encontrado con un hombre guapo, rico y bien vestido, sin contar lo que le había dado. Después de hacerles a los vecinos una descripción, respondieron todos al unísono ¡Es el Sombrerón que se te apareció! .Cuando se dieron cuenta que Moni contaba con alhajas y que era muy espléndida; comenzaron a divulgar que estaba vendida con el diablo, y que cuando muriera, su alma iba a estar penando, si no repartía a los pobres su riqueza. Como todo esto llegó a sus oídos, pronto fue a confesarse, recibiendo como penitencia cien rosarios diarios, que repartiera sus tesoros con los pobres y que diera más barata la carne de "cochi", que vendía en el mercado.

Trató de hacer todas las penitencias, pero las hizo a medias, por lo que cuando murió, su alma estuvo penando, oyéndose quejidos y lamentos junto al templo del barrio. Como vendió la casa a uno de sus descendientes, el que la compró, dice que encontró todos aquellos tesoros enterrados.


Aquí se cumple aquello que dice: "Nadie sabe para quien trabaja".

Miriam Noemí Juárez Camacho, 6º "A"


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