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Hagamos un viaje imaginario al pasado, con nuestros sentidos abiertos para permanecer durante unos momentos en el México Prehispánico. Transportémonos a un mercado en Tenochtitlán para perdernos entre el colorido impresionante de frutos y animales en venta a cambio de granos de cacao. Voces, colores y aromas de aquel entonces, y a la vista productos como perritos pelones o xoloescuitles, maíz, semillas de alegría o huautli, guajolotes, calabazas, frijoles; en fin, vemos un despliegue de vida y verdor.
Si continuamos con nuestro viaje, pensemos ahora en otra cultura: la maya. Imaginemos a los sabios astrónomos capaces de calcular cuándo tendría lugar un eclipse, o matemáticos que incluían al cero entre sus cuentas numéricas. Todo lo anterior, y mucho más, lo hubiéramos olvidado si no fuera por los códices pintados por indígenas, las crónicas de los conquistadores; aunados a los importantísimos restos arqueológicos prehispánicos. Desgraciadamente en cuanto a los códices, el número que se conserva en la actualidad es muy reducido, ya que durante la dominación |
española muchos de ellos fueron destruidos en forma masiva; primero al tomar las casas o amoxcalli en donde se guardaban y posteriormente en los "autos de fe" que organizaban los frailes hispanos para aniquilar lo que consideraban como "obras del demonio". Los documentos antiguos que sobrevivieron -menos de veinte-, algunos fueron enviados como regalos al rey de España, por lo cual sólo dos de ellos se conservan en México, y el resto en Europa. La justificación de la destrucción de códices por los representantes de la iglesia se apoyó en que esas "pinturas y caracteres" fueron realizadas por inspiración de las fuerzas del mal. Aunque, posteriormente, los frailes de las diversas órdenes religiosas y los altos funcionarios virreinales se preocuparon por rescatar y escribir sobre las idolatrías e historias de los pueblos prehispánicos, con el objetivo de conocer su religión y así poder combatirla eficazmente.
Por suerte, muchos de los frailes que antes mencionamos se convirtieron en cronistas; eran personas respetuosas y llenas de sabiduría, que dieron gran valor a la historia, como Olmos, Motolinía, Mendieta, Sahagún, Durán, Valdés y Torquemada. Muchos laicos también apreciaron la riqueza encerrada en estos testimonios, y recurrieron a los escasos códices que se habían salvado de la destrucción, y los tomaron como fuentes para escribir sus crónicas e historias. En ambos casos convocaron a los sabios indígenas para que ayudaran a estas tareas, y ellos acudían llevando sus libros para leérselos y explicárselos a los autores hispanos, quienes después los hacían desaparecer.
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