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Ésa
es tu pena*
Ésa
es tu pena.
Tiene la forma de un cristal de nieve que no podría existir
si no existieras
y el perfume del viento que acarició el plumaje de los amaneceres
que no vuelven.
Colócala a la altura de tus ojos
y mira cómo irradia con un fulgor azul de fondo de leyenda,
o rojizo, como vitral de insomnio ensangrentado por el adiós
de los amantes,
o dorado, semejante a un letárgico brebaje que sorbieron los
ángeles.
Si observas al trasluz verás pasar el mundo rodando en una
lágrima.
Al respirar exhala la preciosa nostalia que te envuelve,
un vaho entretejido de perdón y lamentos que te convierte en
reina del reverso del cielo.
Cuando soplas crece como si devorara la íntima sustancia de
una llama
y se retrae como ciertas flores si la roza cualquier sombra extranjera.
No la dejes caer ni la sometas al habmre y al veneno;
sólo conseguirás la multiplicación, un erial,
la bastarda maleza en vez de olvido.
Porque tu pena es única, indeleble y tiñe de imposible
cuanto miras.
No hallarás otra igual, aunque te internes bajo un sol cruel
entre columnas rotas,
aunque te asuma el mármol a las puertas de un nuevo paraíso
prometido.
No permitas entonces que a solas la disuelva la costumbre,
no la gastes con nadie.
Apriétala contra tu corazón igual que a una reliquia
salvada del naufragio:
sepúltala en tu pecho hasta el final,
hasta la empuñadura.
* Tomado de Relámpagos de los invisible. Antología,
México, Fondo de Cultura Económica, 1997.