Cuadros de Jalapa
Para Luis Méndez y Esther Hernández Palacios
Jalapa
es una mujer redonda, menudita,
mitad misterio de retrato antiguo
y mitad sibarita.
Tiene un ojo sedoso en sus haberes.
En él penetra el tiempo. Ahí se pierde,
y exhala por las grietas verdes
su fragancia de olvido entre la hierba.
Una constante alud de agujas de humo
golpea sus tejados;
intangible,
bañada de luz tierna,
apenas si respira.
El asma la sofoca cuando un brazo de tufo neblinoso
se desliza en su piel, se la queda bebiendo,
y una no sabe nunca
si la ha desdibujado el viento
o si se ha quedado en algún rincón, desfallecida.
Jalapa
fue el varón
que equilibró el vaivén de mis temperaturas.
Yo lo amé hasta la médula misma de los días.
Tenía un caoba en llamas
bajándole desde el cerco de sus ojos de ciervo
hasta la sed de mi cintura.
Nunca mejor jinete cabalgó en las llanuras.
Nunca la rueca hiló mejor el misterio de su música.
Yo me asomaba al fondo de mi hambre
para medir su piel.
Y era un bosque en incendio
el canela de luz que sostenía su columna.
Llegué
a tientas, con los ojos quemados
pájaro de ceniza en desbandada.
Jalapa fue aquel mechón ardiendo
que cauterizó el gemido,
el huésped que entró a iluminar la sombra
ordenándome el verbo y el verano.
En el ojo del tiempo pulsé el silencio
y vi crecer los brotes de luz
en la portentosa locura de jóvenes hermanos,
buceadores de la eternidad
que volvían de su viaje
con las manos cargadas por los frutos del sol.
Con ellos compartí la sal y el viento
y la veta de oro en las minas del oficio.
Amanecía
Jalapa con el sol tirado
entre los cristales verdes
de una cuchilla de agua.
A bocanadas se aspiraba la hermosura.
Y yo me quitaba hasta el guante que nos protege el corazón
para que resguardaran los demás el suyo.
La palabra amigo ocupaba todos los confines de mi alma.
Agazapado,
desde su hendidura
el desastre acechaba.
Un batir de alas ennegreció el espacio.
Un golpe seco de piedra,
un oscuro desorden
desparramó en astillas mi ventana de astros.
Allí me aferré con uñas y con dientes
a la deshojazón del remolino
que me fue revolcando en su carrera.
Algunos velaron junto a mí la noche.
Los otros desmembraron mi nombre, me sajaron en vivo
hasta que aullando de dolor se despeñó al invierno
esa conciencia de ser,
crecer en uno mismo.
Desde entonces partí,
ahíto el pecho de una pena voraz
que aún respira.
Jalapa
fue algo más de lo que dije.
Bajo la piel me traje su aroma de humedad,
el rumor de la vida
atravesando la enramada lila de jacarandas y araucarias,
para entrar por la ventana abierta
en la infancia de mi hija
y acariciar su mundo de cristal.
El
deslumbramiento del polen
preñando de sol
parques y pájaros en el centro de la primavera.
Y este amor rebasando todas las orillas.
Es que yo los amé, los he amado. Los amo todavía
a pesar de las coces del destierro
y he deseado morir para olvidar,
para evitar que me derrumbe
el golpe
de este sueño de muerte.
Algo más que la piel y sus contornos
traje de aquel lugar.
Por eso me he sentado esta noche
a morderme los puños que saben a soledad,
a bestia herida
y a vientre de mujer embarazada de nostalgia.