Entre
las mayores poetas vivas de América (Fina García Marruz,
de Cuba, Blanca Varela, de Perú, Idea Vilariño, de Uruguay),
Olga Orozco es la gran desconocida. Ya en su libro Las muertes (1951)
declaraba su punto de vista: "Yo, Olga Orozco, desde tu corazón
digo a todos que muero." Proponer su obituario al comienzo de
su obra es un gesto que la define bien. Se podría decir que
se había tomado demasiada confianza con el olvido.
Pero
no es sólo que Olga Orozco se retirara de la escena literaria,
sino que su poesía se cumple desde un recuento de "las
magias y los ritos", que salva de la pérdida y el desastre,
mientras que todo "lo demás se cumple aun en el olvido".
En esa ceremonia, la poesía es el último balance, un
oficio de luces y tinieblas, que repasa la vida del sujeto, hecho
en la gloria del azar, la vehemencia de las pasiones y la pérdida
inexorable. Desde el surrealismo, ella opuso una reafirmación
de vida como solitaria contradicción a las miserias del presente.
La rara Orozco es una surrealista melancólica.
Asumiendo
la voz de una "hechicera", ella habla desde el bosque suntuoso
de la poesía, que atraviesa recontando agonías y conjuros.
Siempre
en diálogo con el mundo, busca descifrarlo como si leyera su
propia suerte. "Yo con la sombra hasta el cuello", se define;
pero también sabe que da cuenta de las "islas encantadas
en las que sólo yo puedo ser la hechicera". Su abuela,
dice, "fue una hechicera blanca" que "salvó
del infierno muchas almas de vivos y de muertos/regateando en voz
baja con los santos hasta el amanecer".
El
amor es otro cuento feroz. "Yo te barrí con una escoba
negra/ y te tapié la casa con una piedra viva calentada en
mi mano", sentencia la . Y demanda la hechizada: "No lograrás
excluirme aunque me lleves en vilo entre el pulgar y el índice...
y me dejes caer sobre mi abismo." De esos arrebatos está
hecha esta poesía, que acecha la luz desde la oscuridad ardiente.
"Impresa está con sangre mi confesión; sellada
con ceniza'', concluye; aunque enseguida recomienza, desde el bosque
materno, con una nueva "parábola de brasas''. Su último
poema responde, por eso, al primero: "me resisto a morir'', protesta
ahora, en el balance de su "Cantata sombría" (La
noche a la deriva, Fondo de Cultura Económica, 1983).
No
te será fácil, lector, encontrar sus libros. Pero eso
también estaba previsto por esta poeta, que creyó siempre
en la lectura como milagro.
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Publicado en La Jornada Semanal, el 26 de julio de 1998.