Cuando
niña, afirma la poeta Enriqueta Ochoa, "me encerraba
en el 'cuarto de los tiliches' y me dedicaba a pensar lo que eran
las cosas. Me atraía mucho saber qué era la muerte,
por qué amanecía u anochecía y temas así.
En lo único que yo encontraba más consistencia era
en las estrellas, con quienes compartía todos mis secretos,
pero cuando me enteré de que también ellas morían
me dije: todos somos parte de todo".
Recuerda
que en esos años su vida se volvió trágica
y dolorosa, luego de descubrir que las estrellas, los soles y las
galaxias, incluso nosotros mismos, moríamos, porque tenía
la sensación de que no teníamos nada y ninguna afinidad
en la tierra; no obstante comenta: "Todos somos una transformación
y no morimos, sino que somos un 'bisbiseo' que va a hacer eclosión
en el momento en que encontremos la palabra final, en el momento
del alumbramiento".
Enriqueta
Ochoa mantiene frescos estos y más recuerdos en la memoria.
Como parte del ciclo Letras de la República, el Instituto
Nacional de Bellas Artes (INBA) le rendirá un Homenaje que
se realizará el 27 de mayo a las 12:00 horas en la Sala Manuel
M. Ponce del Palacio de Bellas Artes.
A
ella le importaba la poesía. Mandó dos de sus poemas
a concursar y resultaron premiados. "Yo tenía mucho
miedo porque no sabía nada de esto. Mi papá mientras
desayunaba leía el periódico y le habló a mi
mamá para decirle que había dos señoritas que
se llaman como sus hijas y que ganaron un concurso de poesía.
Yo no sabía que hacer y sólo le respondía a
mi papá que yo no fui y que no había mandado nada.
Estaba llorando. Nunca debí haber hecho eso. Nunca fui a
recoger los premios".
Ella,
dice, le tenía miedo a Dios. "Siempre que escribía
sentía una voz que me dictaba y ella nunca me autorizó
hacer público esos dictados. La desobedecí. Yo le
tenía miedo a la voz que me dictaba y yo pensaba 'es de Dios'.
Después fui comprendiendo muchas cosas y me di cuenta de
que tenía que hablar, crecer y vivir. Viví y sufrí
mucho, más tarde".
Con
una voz apacible y tranquila, la poeta originaria de Torreón,
Coahuila, donde nació en 1928, dice que "es precioso
vivir en el desierto", lugar que la inspiró para escribir.
A los 19 años crea Las urgencias de mi Dios (donde se encuentra
Triple aparición, uno de sus primeros versos), que causó
polémica en su pueblo, pues habla de la maternidad, en una
época en que todavía no era madre y "mucho menos
tenía novio". Corría el año 1950 y el
libro no lo podía entender la gente, la mujer estaba marginada.
Lectora
de Annie Besant, Madame Blavatsky, "las Biblias de Buda y de
Cristo" y textos esotéricos, que le explicaba su papá
cuando era niña, Ochoa dice que este tipo de lectura la influyó
para que "buscara la profundidad del espíritu, a través
de las cosas que nos rodean, yo sabía que en todo hay vibraciones.
Todo tiene vida, la misma palpitación y nosotros somos como
un 'girón' de energía".
¿Ochoa
escribe una poesía mística y metafísica?. Ella
responde: "Yo soy como las manecillas de un reloj, voy de un
extremo a extremo. Lo mismo he escrito versos eróticos que
a Dios, sobre la luz y los duelos, de esto último es lo que
más he escrito, sobre todo de la muerte de seres queridos,
que tanto me dolían".
A
diferencia de su colega Gloria Riestra, quien se retiró a
un convento para nunca más volver a escribir poesía,
Enriqueta Ochoa no es de religiones porque "se me hace muy
parcial todo eso, a mí me gusta lo cósmico y lo universal.
Pasé dos veces por conventos, pues amaba la vida silenciosa
y retirada, jugaba mucho y era deportista, pero cuando la gente
no puede encajar en determinada sociedad, simplemente siente que
no es lo suyo".
Relata
que después de vivir un retiro escribió Las vírgenes
terrestres, el libro más erótico de su producción,
que la lleva a confesarse con el padre sobre lo que hizo, quien
le dijo que mejor se dedicara a la cocina "y ella que estaba
decidida a entrar a un convento. "Qué bueno que no entré
porque así conocí el mundo, la vida y el dolor, o
sea tenía que vivir para poder escribir 'de a deveras' sobre
la vida, el dolor, el amor, el destino".
Enriqueta
Ochoa, quien se recupera de una bronquitis crónica, dice
humilde: "Soy sincera, yo no tengo ninguna gracia aquí.
La gracia realmente viene de otra parte. No soy más que un
instrumento a través del cual una voz me va dictando la hora
y el lugar que sea, en auto o a pie, dormida o despierta. Eso me
ha sucedido ahora y siempre".
En
la actualidad se encuentra escribiendo dos libros: Los días
delirantes ("mis delirios estuvieron en la literatura,
cuando conocía a un gran poeta analizaba toda su vida y obra,
como Rainer Maria Rilke" a quien soñaba-.
Yo quiero, antes de irme, escribir un libro que sea una acción
de gracias a todos los grandes poetas que guiaron mis pasos")
y otro de prosa poética donde cuenta las anécdotas
de su familia y "para eso no necesito de mi voz interior para
que mis descendientes conozcan sus raíces".
Para
la poeta, la realidad y la ficción van de la mano: "Sí,
es el 'bisbiseo'. Soy sierva del Señor quien aunque no me
dicta muy seguido, cuando lo hace me dicta 28 cantos o poemas de
un solo golpe, y pueden pasar uno o dos años para que esto
vuelva a ocurrir".