Acaso lo que Enriqueta Ochoa desea que se retenga de ella,
de su tránsito, de su obra es: "la hora del incendio
celeste/ en que se hace diáfano el corazón de la semilla/
y la palabra nace", tal como se puede leer en los últimos
tres versos de su poema titulado: El amor.
Perseguidora
incansable del instante iluminado, capturante del estado de gracia
que fecunda la semilla iniciática y también inexorablemente
del germen del dolor, la poesía de Enriqueta Ochoa se instala
en el espacio de lo sagrado puesto que, si como afirma Gaston Bachelard
"la inmensidad es el movimiento del hombre inmóvil",
la obra de la poeta coahuilense contemplativa, decantada,
ascendente se enfila hacia el arrebato luminoso: momento en
que se es uno y el otro, instante en que se encarna la inmensidad
íntima que abarca, también, la filosa intensidad con
que calan y revelan el desasosiego, el duelo y el delirio: No en
vano uno de los poemas más significativos de Enriqueta Ochoa
lleva por título, precisamente, "Los días delirantes":
días de conjuro, días de arrebato.
La
de Enriqueta Ochoa es poesía que se instala en el espacio
de lo sagrado si convenimos con Mirecea Eliade en que éste
procede "de una experiencia primordial, de la fundación
de un mundo" y con Ramón Xirau en que "si queremos
vivir en un cosmos, hay que darle sentido y darle sentido equivale
a ver cuál es su fundamento, lo que significa que el universo
sagrado es el que tiene un eje que es base, apoyo y lugar de referencia".
Uno
de los ejes primordiales de la poesía de Enriqueta Ochoa
es la semilla fecundada, ruta de luz, metáfora de concepción,
alumbramiento, fuego erótico, búsqueda de Dios, llama
de noche oscura, angustia que quema o que irradia pero que, en términos
de discurso poético, es siempre fundamento y revelación.
Fundar
un cosmos añade Xirau significa vivir en su centro
una vez que este ha sido ya sacramentado. "En mi centro escribe
Enriqueta Ochoa amanecía Dios/ con su diamante de agua
ensimismada/ derrámandola donde la yerba azul del verbo/
sin cercos corría limpia, escalando/ hasta el borde de los
labios"... He aquí una clave de posible interpretación
del núcleo donde se ubica la semilla fecundada, llama vital
de esta poesía reveladora.
La
semilla fecundada cotiledón, embrión de vida,
multitud de simiente que penetra en los labios de la tierra,
la semilla fecundada, pues, recurrente en los versos de Enriqueta,
está ligada a la luz, metáfora de fuerza creadora,
energía cósmica e irradiación.
El
vocablo luz tiene diversos significados, entre los que se cuentan:
ciudad-centro, lugar de aparición o, también, partícula
indestructible; en la poesía ritual de Enriqueta Ochoa la
luz, ciertamente, sea caída a pedazos, derramada, intacta,
aprehendida apenas o consumada mediante imágenes que la invocan
y transforman es, siempre, motivo de develación inserta en
un espacio sacro: "Me echo en picada a las profundidades/ atravieso
el infierno, toco la incandescencia de la luz..."
Algunos
poemas de Bajo el oro pequeño de los trigos en torno a la
llama vital se encaminan, como en la mejor tradición de la
ascética y la mística españolas, a aprehender
ese momento de arrebato y, por ende, de revelación y liberación;
es así que puede leerse, por ejemplo, en uno de sus poemas
que lleva por título, precisamente, "Contemplación":
"Qué sentido tan hondo el de la luz/ derramada en el
rubor del aire", versos que recuerdan aquellos de Fray Luis
de León: "el aire se serena y viste/ de hermosura y
luz no usada". Parece tratarse, en ambos casos, de una búsqueda
ascensional de lucidez que los infinitos pliegues de la luz descubren
en lo que la poeta llama "el relámpago de este sueño
que somos". Sueño no exento de la sombra y del insomnio
que, habitantes de la íntima complicidad de la confesión,
la trascienden y transparentan lo "numinoso" de la esencia
colectiva, es decir, "aquello que, también según
Xirau, no podemos definir y que sin embargo podemos entrever por
medio de una serie de aproximaciones", proceso, por cierto,
que Husserl aprehende y defiende al sostener la tesis de que los
objetos sólo se manifiestan de forma escorzada. Enriqueta
Ochoa trabaja en el escorzo, y de la sombra más profunda,
moldea el reverberante espectro de la luz de la palabra.
Enriqueta
Ochoa, además, dota a la palabra calidad de semilla que,
fecundada por el arrebato poético, genera revelación,
característica esencial de toda creación artística.
"Todos
los poetas sostiene Octavio Paz en esos momentos largos
o cortos, repetidos o aislados, en que son realmente poetas, oyen
la otra voz. Es suya y ajena, es de nadie y es de todos. Nada distingue
al poeta de los otros hombres y mujeres, salvo esos momentos raros
aunque sean frecuentes en que siendo él mismo es otro";
así, la palabra-embrión de Enriqueta Ochoa, íntima
y confesional, germina en el torrente colectivo, incluso a pesar
y a partir del dolor, a veces inclusive producto de inhóspitas
vivencias que se transforman en poesía que a todo atañe;
sin grandilocuencia, en un tono contenido, íntimo como
se arrulla a los niños, como se invoca a los muertos
canta y cuenta las cosas de los seres humanos, "porque los
hombres somos, dice, la gran mirada que dejó oculta el Señor,
grávida como el embrión" (otra vez la aparición
de la semilla, el germen, el embrión como centro, principio
y fundamento).
Poesía
amorosa si se entiende que "solo el que ama/ palpa el centro
radiante de las cosas". Poesía dolorosa si captamos
que en ocasiones, ese centro, eje fundamental, se identifica precisamente
por su lastimadura interior, por su aullido secreto: "Cualquier
cosa es mejor/ a este avispero en llamas que me aguija./ Porque
aquí donde estoy me duele todo:/ el aire, el tiempo, la tierra,/
y este volcanizado sueño a ciegas, sucumbiendo..."
A
veces en el mundo interior de la poeta viven "el viento de
los miedos primitivos" y "el lamento del mar", pero
ambos, temor y duelo se exorcizan mediante el trabajo poético
que es revelación, porque a fin de cuentas, "la luz
se tamiza al escalar las gradas de la vida".
La
de Enriqueta Ochoa es, entonces, poesía que rastrea la luz
a veces desde el abismo, por medio de la fecundación: palabra-
iluminada. Fecundación inherente a la naturaleza, a la mujer,
al alumbramiento y a la creación divina. Fecundación
en ocasiones también inherente a la muerte si la luz se serena
y anuncia un arrebato de resurrección.
Estamos
frente a un germen ambivalente que recibe, por un lado, la gracia
iluminada y es, justamente vía esta lucidez, que halla el
estremecimiento que le señala la muerte que lo contiene como
el fruto a su semilla, diría Rilke. Parece inevitable que
por momentos la luz se derrumbe a pedazos, parece inevitable a veces
el deseo del desarraigo, la petición de "morirse como
la bestias en su madriguera", la danza de la flama de la revelación-reverberación
de aquello que pudo no haber sido; perfecto limbo; de allí,
las palabras a la madre que aunque claman arrancar de tajo, suprimir
la vida, emergen en el semi-tono característico, indudable
acierto, del decir poético de Enriqueta: "Desarráigame
ahora que un viento de sepulcros/ me golpea las arterias./ Desarráigame
ahora./ Yo luché a tempestad de gritos en tu vientre,/ y
te dije que no, que no y que no,/ que en mí no dispersaras
el polvo de otro polvo,/ que no abrieras conmigo más rutas
de la sangre./ Más mi voz fue enterrada por campanas de duelo/
y espigada mi forma entre el suelo y la piel..."
Igualmente inevitable parece que la vida prosiga a pesar de nuestros
ausentes y de nuestros fantasmas, de allí, las palabras al
padre muerto: "Yo te hablé con esa ternura indómita/
que rompe dignidades/ y me quebré de bruces en la tierra,/
allí donde ningún extraño enjugaría/
las pupilas ajadas del desvelo./ Lejos, en muchedumbre hambrienta/
la vida palpitaba/ ajena de tu muerte y de la mía..."
Parece
asimismo inevitable que la lucidez reconozca el motor regenerativo
del abismo y del duelo; de allí las palabras a la hija: "Qué
bueno que naciste con la cabeza en su sitio,/ que no se te achica
la palabra en el miedo,/ que me has visto morir en mí misma
cada instante/ buscando a Dios, al hombre, al milagro...
Esta
búsqueda a lo largo del tránsito ha llevado a Enriqueta
Ochoa a ser en ocasiones tránsito mismo, humedecida ráfaga
receptora de luz divina en la cuchilla ensangrentada del delirio;
erótica raigambre de uno de los extremos ávidos de
la unión amorosa, búsqueda al fin, voz que nace, impetuosa
"para evadir el cierzo de la muerte que llega", título
éste de un poema del que a continuación cito unos
versos: "De ti lo habría amado todo:/ tu cabeza como
luz de topacio en el hastío,/el llanto, la caricia, la palabra
brutal,/ la soga que amansara mis ímpetus cerriles/ y, sobre
todo, el hijo./ Ese mar que juntara la turbulencia de nuestras avideces...Y
de qué sirve odiar, forzar,/ hacerse añicos dentro/
si todo es ir buscándonos,/ hasta en el amor buscándonos,/
arropándonos para evadir el cierzo/ de la muerte que llega..."
En
su tránsito, en su búsqueda, Enriqueta Ochoa padece
divina sed mortal, urgencias de un Dios y, en medio de la noche,
le quema su silencio, deja en guardia al dolor, por eso, aunque
de blasfemias hayan tratado sus urgencias, lo esculpe a su modo,
lo contiene, lo interioriza, lo captura en la arrebatada hora de
su incendio, lo contagia en su aliento primigenio y, siguiendo su
pasión por la semilla grávida, en divina reciprocidad,
lo alumbra en su verso apasionado y resurrecto: "Lo quiero
dice, levantando su imperio al aire libre,/ desnudo,
limpio, imperturbable y sano,/ respirando hondo y fuerte/ del aliento
rotundo de la tierra."
Conversacional,
sagrada, la de Enriqueta Ochoa es una poesía de entraña
permanente.