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EL
RECADO
Elena Poniatowska
Vine
Martín, y no estás. Me he sentado en el peldaño
de tu casa, recargada en tu puerta y pienso que en algún lugar
de la ciudad, por una onda que cruza el aire, debes intuir que aquí
estoy. Es este tu pedacito de jardín; tu mimosa se inclina
hacia afuera y los niños al pasar le arranzan las ramas más
accesibles... En la tierra, sembradas alrededor del muro, muy rectilíneas
y serias veo unas flores que tienen hojas como espadas. Son azul marino,
parecen soldados. Son muy graves, muy honestas. Tú también
eres un soldado. Marchas por la vida, uno, dos, uno, dos... Todo tu
jardín es sólido, es como tú, tiene una reciedumbre
que inspira confianza.
Aquí
estoy contra el muro de tu casa, así como estoy a veces contra
el muro de tu espalda. El sol da también contra el vidrio de
tus ventanas y poco a poco se debilita porque ya es tarde. El cielo
enrojecido ha calentado tu madreselva y su olor se vuelve aún
más penetrante. Es el atardecer. El día va a decaer.
Tu vecina pasa. No sé si me habrá visto. Va a regar
su pedazo de jardín. Recuerdo que ella te trae una sopa cuando
estás enfermo y que su hija te pone inyecciones... Pienso en
ti muy despacio, como si te dibujara dentro de mí y quedaras
allí grabado. Quisiera tener la certeza de que te voy a ver
mañana y pasado mañana y siempre en una cadena ininterrumpida
de días; que podré mirarte lentamente aunque ya me sé
cada rinconcito de tu rostro; que nada entre nosotros ha sido provisional
o un accidente.
Estoy
inclinada ante una hoja de papel y te escribo todo esto y pienso que
ahora, en alguna cuadra donde camines apresurado, decidido como sueles
hacerlo, en alguna de esas calles por donde te imagino siempre: Donceles
y Cinco de Febrero o Venustiano Carranza, en alguna de esas banquetas
grises y monocordes rotas sólo por el remolino de gente que
va a tomar el camión, has de saber dentro de tí que
te espero. Vine nada más a decirte que te quiero y como no
estás te lo escribo. Ya casi no puedo escribir porque ya se
fue el sol y no sé bien a bien lo que te pongo. Afuera pasan
más niños, corriendo. Y una señora con una olla
advierte irritada: "No me sacudas la mano porque voy a tirar
la leche..." Y dejo este lápiz, Martín, y dejo
la hoja rayada y dejo que mis brazos cuelguen inútilmente a
lo largo de mi cuerpo y te espero. Pienso que te hubiera querido abrazar.
A veces quisiera ser más vieja porque la juventud lleva en
sí, la imperiosa, la implacable necesidad de relacionarlo todo
con el amor.
Ladra
un perro; ladra agresivamente. Creo que es hora de irme. Dentro de
poco vendrá la vecina a prender la luz de tu casa; ella tiene
llave y encenderá el foco de la recámara que da hacia
afuera porque en esta colonia asaltan mucho, roban mucho. A los pobres
les roban mucho; los pobres se roban entre sí... Sabes, desde
mi infancia me he sentado así a esperar, siempre fui dócil,
porque te esperaba. Sé que todas las mujeres aguardan. Aguardan
la vida futura, todas esas imágenes forjadas en la soledad,
todo ese bosque que camina hacia ellas; toda esa inmensa promesa que
es el hombre; una granada que de pronto se abre y muestra sus granos
rojos, lustrosos; una granada como una boca pulposa de mil gajos.
Más tarde esas horas vividas en la imaginación, hechas
horas reales, tendrán que cobrar peso y tamaño y crudeza.
Todos estamos oh mi amor tan llenos de retratos interiores,
tan llenos de paisajes no vividos.
Ha
caído la noche y ya ycasi no veo lo que estoy borroneando en
la hoja rayada. Ya no percibo las letras. Allí donde no le
entiendas en los espacios blancos, en los huecos, pon: "Te quiero..."
No sé si voy a echar esta hoja debajo de la puerta, no sé.
Me has dado un tal respeto de ti mismo... Quizá ahora que me
vaya, sólo pase a pedirle a la vecina que te dé el recado:
que te diga que vine.