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Contra la Indiferencia y El Olvido

Cristina Pacheco

I

Con la Luz de cada nuevo día empiezan el mundo y la memoria; también tú, yo, nosotros renacemos.

No hay muros, ni puertas, ni cortinas lo bastante espesas para evitar que la claridad rasgue el techo, se cuadre en el ángulo de la pared y descienda cada vez más de prisa, como si vinieran persiguiéndola los rumores que son heraldos de la realidad: pasos, un claxon, el desganado arrastre de una escoba, un saludo, el golpe de una puerta, una campana, alguien que dice nos vemos en la noche, sin saber que está diciendo adiós.


II

Por insignificantes y confusos que sean, cada uno de esos rumores tiene por objetivo recordarle a la luz algunas de sus obligaciones primordiales: arrebatarle a la implacable oscuridad desde el mínimo insecto hasta tu rostro, devolver a su sitio los objetos con todo y la conciencia de su sombra, atraparnos allí donde resulta apasionante y bello y doloroso y solidario y todo lo demás el acto de mirar. Clic.


III

Temprano, y siempre tarde, el ojo capta las primeras imágenes: la ropa abandonada por allí, no importa donde; el espejo implacable, la silla con actitud de juez, la carátula del reloj, el calendario: dos cauces de ese río jamás se detiene ni retorna.

El ojo nos devuelve la conciencia, nos arrastra hacia el umbral de un día que tiene nombre y se anuncia repleto de sonidos, presencias, formas, colores, sombras.
Ante la fatigosa perspectiva de registrarlo todo, el ojo se demora en el retrato que anida en la pared. Pequeñito y modesto, es magia pura, representa la posibilidad de lo imposible: detener el instante.

Ya casi estamos listos, no se mueva; atrapar la luz de una mañana remota y especial:

No se ponga nerviosa, no piense en la cámara. Procure relajarse, platíqueme: ¿cuántos años cumple?; repetir, al simple conjuro de la mirada, la ceremonia íntima que al cabo de los años se ha ido convirtiendo en banquete de ausencias y vacíos.

Aquí la abuela aun se veía fuerte... ¿Te acuerdas de aquel vestido rosa?. Lloré como loca porque Gerardo nunca llegó a la fiesta y luego, a ninguna parte... Fue la tarde en que mi hermana nos mandó la primera carta desde San Quintín:

"Aquí la vida es muy difícil, también para las mujeres.

Después de ocho horas de andar en el campo, llegamos a la casa y lueguito hacemos la comida, echamos las tortillas, molemos el chile; después hay que lavar. No sé para qué les cuento estas cosas si ustedes las saben muy bien, como que para nosotras la existencia es igual en todas partes."

"Cambiando de tema, quiero decirles que los extraño mucho. Ya me anda porque nos sentemos a platicar. Sobre todo quiero decirle a Reynaldo que no se haga ilusiones creyendo que esto es el paraíso. Al contrario: es un infierno, hasta para los niños. De todo lo que veo, lo que más me duele es que haya tanto chamaco trabajando bien duro en la fresa, en el jitomate, como si fueran gente grande. Ya les contaré bien cuando volvamos a vernos. Mientras ese día llega, y ojalá que sea pronto, les mando mi foto. Salí bien mal, así que podrá servirles para espantar a los ratones y también para que no me olviden."


IV

Contra pereza, diligencia; contra soberbia, humildad; contra ira, templanza; contra avaricia, largueza; contra lujuria, castidad; contra el olvido, tu retrato; contra la indiferencia, una fotografía tomada en el brevísimo instante que es presente y luego será historia, pero antes pasará por tu conciencia. Clic.

Allí irá revelando —como en el cuarto oscuro— lo que no querías ver, lo que aseguras nunca imaginaste, lo que duele; lo que ocurre a la vuelta de la esquina, en una plaza, en algún pasaje oscuro, en el subsuelo habitado por criaturas que cargan con el peso de todas las edades. Clic.


V

Por los miles de ojos que se cierran en la egoista decisión de no mirar se abren las lentes de las cámaras que atrapan al vuelo —en un parpadeo, en lo que duran dos o tres latidos— el suceso fugaz, inesperado, sorprendente. Clic.

Por todas las palabras que nos faltan para describir la realidad está la grafía de una foto que en cuestión de segundos narra toda una historia, amplifica los gritos del silencio, vuelve de carne y hueso a los fantasmas sin nombre que deambulan de aquí para allá rumbo a ninguna parte.

La grafía de una foto también rescata de la incontable multitud un rostro. Con la precisión de un miniaturista, el flash destaca un gesto, una sonrisa, una mirada que -como la luz de cada nuevo día- al simple parpadeo obra la magia de reconstruir el mundo, esta ciudad, tu calle, ese café de mala muerte, un quicio, la sombra de aquel árbol, la avenida por donde entraron raudales de esperanza, los escenarios de la impunidad, el mercado, el aula, un orquidario, la iglesia y las palomas que llevan en las alas el concierto del viento y las campanas.


VI

Contra el silencio, las palabras; contra la impunidad, la denuncia; contra tu ausencia, tu retarto; contra la muerte, la memoria; contra tu olvido, mi recuerdo; contra la indiferencia, esa foto que en nuestro álbum de familia —los periódicos— escribe su grafía auxiliada por la luz y en lucha permanente con el tiempo.Clic.


 
 
 

Entrevista a Rufino Tamayo