El
reía y trataba de levantarme, te haces daño, niña,
¡cuidado!; ¡Cuidado! Huí hacía el campo,
los ojos desvariados de pimienta y sal, sal en la boca, no, no venía
nadie, todo locura, una loca rematada esa tía, invención
de ella, invención pura, ¿cómo podía?
¿Hasta el color del vestido, verde-musgo? ¿Y el cabello?,
una loca, tan loca como la hermana de cara pintada como un payaso,
riendo y tejiendo sus carpetitas, centenas de carpetitas por la casa,
en la cocina, en el baño; ¡dos locas! Me lavé
los ojos ciegos de dolor, me lavé la boca pesada de lágrimas,
los últimos fragmentos de una quemándome la lengua,
¡no! No. No existía nadie de cabellos de cobre que el
fin de semana iba a aparecer para buscarlo, él no se iba jamás.
¡JAMAS! repetí, y mi madre, que había venido a
llamarme para el almuerzo, acabó divirtíendose con la
cara de demonio que puse. Disfrazaba el miedo haciendo caras de miedo.
Y los demás se distraían con esas caras y no pensaban
más en mí.
Cuando
le entregué la hoja de hiedra en forma de corazón (un
corazón de nervuras temblantes abriéndose en abanico
hasta los bordes verdeazulinos), él besó la hoja y la
llevó al pecho. La clavó en la malla del suéter:
"Esta va a quedar guardada aquí". Pero no me miró
ni siquiera cuando salí tropezando en el cesto. Corrí
hasta la higuera, puesto de observación donde podía
ver sin ser vista. A través del labrado de hierro del pasamanos
de la escalera, él me pareció menos pálido. La
piel más seca y más firme la mano que sostenía
la lente sobre la lámina de la planta espinosa del pantano.
Estaba recuperándose, ¿no estaba? Abracé el tronco
de la higuera y por primera vez sentí que abrazaba a Dios.
El
sábado, me levanté más temprano. El sol dominaba
la niebla, el día sería azul cuando aquél consiguiese
romperla. "¿Dónde vas con ese vestido que parece
de tu abuela?"-, preguntó mi madre dándome la taza
de café con leche. ¿Por qué deshizo el cinturón?"
Desvié su atención hacia la culebra que dije haber visto
en el corral, toda negra con fajas rojas, ¿sería una
coralillo? Cuando ella corrió con la tía para ver, tomé
el cesto y entré en el bosque, ¿cómo explicarle?
Que había bajado todo el dobladillo de las faldas para esconder
mis piernas, flacas, llenas de marcas de picaduras de mosquitos. Con
una alegría desatinada fui cogiendo las hojas, mordí
guayabas verdes, tiré piedras a los árboles, espantando
a los pajaritos que cuchicheaban su sueños, golpeándome
de contenta por entre la ramada. Corrí hasta el arroyo. Cogí
una mariposa y, asiéndola por la punta de las alas, la dejé
en la corola de una flor. Te suelto en medio de la miel, le grité.
¿Que voy a recibir a cambio?
Cuando
perdí el aliento, me tiré de espaldas en la hierba.
Me quedé riendo hacia el cielo de niebla detrás de la
malla apretada de las ramas. Me volví de bruces y aplasté
con los dedos los hongos, tan tiernos que mi boca empezó a
llenarse de agua. Fui avanzando a rastras hasta el pequeño
valle de sombra debajo de la piedra. Allí estaba más
frío, y más grandes, los hongos goteaban un líquido
viscoso de sus sombreros hinchados. Salve una abejita de las mandíbulas
de una araña, permití que la hormiga gigante arrebatara
la araña y la llevara en la cabeza como paquete de ropa pataleando,
pero retrocedí cuando apareció el abejarrón de
labio leporino. Por un instante me vi reflejada en sus ojos facetados.
Dio media -vuelta y se escondió en el fondo de la hendidura.
Levanté la piedra: el abejarrón había desaparecido,
pero en el tufo raso vi una hoja que nunca había encontrado
antes, única. Solitaria. Pero ¿qué hoja era aquella?
Tenía la forma aguda de una hoz, el verde del dorso con manchas
rojas irregulares como gotas de sangre. Una pequeña hoz ensangrentada-
¿habrá sido esto en lo que se transformó el abejarrón?
Escondía la hoja en el bolsillo, pieza principal de un juego
confuso.
Esa
no la juntaría con las demás hojas, ésa tenía
que quedarse conmigo, como secreto que no podía ser visto.
Ni tocado. Tía Clotilde preveía los destinos, pero yo
podía modificarlos, así, ¡así! y deshice
con la suela del zapato la polilla que crece debajo del almendro.
Fui caminando solemne porque en el bolsillo donde había llevado
el amor llevaba ahora la muerte.
Tía Marita vino hacia mí, más afligida y tartamudeante
que de costumbre. Antes de hablar empezó a reírse: "Creo
que vamos a perder a nuestro botánico, ¿sabes quién
llegó? La amiga, la misma muchacha que Clotilde vio en su mano,
¿te acuerdas? Ambos se van en el tren de la tarde. Ella es
linda como un amor, Clotilde vio una muchacha igualita; estoy toda
erizada, mira, me preguntó cómo la hermanita adivina
cosas así!"
Dejé
en la escalera los zapatos pesados de arcilla. Dejé el cesto.
Tía Marita me enlazó por la cintura mientras se esforzaba
en acordarse del nombre de la recién llegada, un nombre de
flor, ¿cómo era? Hizo una pausa para espantarse de mi
cara lívida ¿y esa blancura de pronto? Contesté
que había vuelto corriendo, tenía la boca seca y el
corazón hacía un tuntun tan alto, ¿ella no lo
oía? Apoyó la oreja en mi pecho y rió sacudiéndose
toda. "Cuando tenia tu edad, ¿piensas que también
no vivía así los saltos?
Me
fui acercando a la ventana. A través del vidrio (poderoso como
la lente), los vi a los dos. Ella sentada, con el álbum provisorio
de hojas en los brazos, El, de pie y un poco detrás de la silla,
acariciándole el cuello y su mirada era la misma que tenía
para las hojas elegidas, la misma liviandad de dedos yendo y viniendo
sobre el terciopelo de la malva-manzana. El vestido no era verde pero
los cabellos sueltos tenía el reflejo de cobre que había
transparentado en la rraza. Cuando me vio, vino hacia la teranda con
su caminar clamo. Pero vaciló cuando dio que ése era
nuestro último cesto, ¿acaso no me habían avisado?
El llamado era urgente, tenían que volver en esa tarde. Sentía
perder tan devota ayudante, pero un día, ¿quién
sabe?... Necesitaría preguntar a tía Clotilde en qué
línea del destino ocurrían los reencuentros.
Le
extendí el cesto, pero en vez de agarrarlo me tomó de
la muñeca, yo estaba escondiendo alguna cosa, ¿no? ¿Qué
estaba escondiendo? Intenté libertarme escapando hacia los
lados, a los tirones, no estoy escondiendo nada, ¡déjame!
El me soltó, pero siguió allí, de pie, sin quitar
los ojos de mí. Me encogí cuando me tocó en el
brazo: "¿Y nuestro pacto de solo decir la verdad?, ¿Eh?,
¿Te olvidaste de nuestro pacto?"-, preguntó bajito.
Introduje
la mano en el bolsillo y apreté la hoja, intacta la húmeda
pegajosa de la punta aguda, donde se encontraban las manchas. El esperaba.
Yo quise entonces quitar la toalla de crochet de la mesita, cubrirme
con ella la cabeza y hacer morisquetas, ¡hi! ¡hi! ¡hu!
¡hu!, hasta verlo reír por los huecos de la malla. Quise
dar saltos por las escaleras y salir corriendo en zigzag hasta el
riachuelo; me vi arrojando la hoz en el agua, ¡que se hundiese
en la corriente! Fui levantando la cabeza. El seguía esperando,
¿y entonces? En el fondo del aposento, la muchacha también
esperaba en una niebla de oro. Lo miré cara a cara por última
vez, sin remordimiento, ¿la quieres de verdad? Le entregué
la hoja.
* Publicado en El cuento. Revista de imaginación, núm.
80, México, Abril-Septiembre 1978.
