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Herbarium*....................................................Preguntas
guía
Lygia
Fagundes Telles
Todas las mañanas yo tomaba la cesta y me hundía en
el bosque, temblando entera de pasión cuando descubría
alguna hoja rara. Era miedosa pero arriesgaba pies y manos entre espinos,
hormigueros y cuevas de bichos (¿armadillo? ¿culebra?)
buscando la hoja más difícil, aquella que él
examinaría detenidamente: la elegida iba para el álbum
de tapa negra. Más tarde, formaría parte del herbario:
tenía en casa un herbario con casi dos mil especies de plantas.
"¿Ya viste un herbario?", él quiso saber.
Herbarium,
me enseñó luego el primer día en que llegó
a la hacienda. Me quedé repitiendo la palabra: herbarium. Herbarium.
dijo aún que apreciar la botánica era apreciar el latín,
porque casi todo el reino vegetal tenía nombres latinos. Yo
detestaba el latín, pero fui corriendo a localizar la gramática
color ladrillo escondida en el último anaquel del armario.
Aprendí de memoria la frase que me pareció más
fácil y en la primera oportunidad señalé la hormiga
saúva subiendo la pared: formica bestiola est. El se quedó
mirándome. La hormiga es un insecto, me apresuré a traducir.
Entonces él se rió con la risa más sabrosa de
toda la temporada. Me quedé riendo también, confundida
pero contenta: al menos me encontraba alguna gracia.
Un
vago primo botánico convaleciendo de una vaga enfermedad. ¿Qué
enfermedad era ésa que lo hacía tambalear, verdoso y
húmedo, cuando subía rápidamente la escalera
o cuando andaba más tiempo por la casa?
Dejé
de comerme las uñas, para asombro de mi madre que ya había
hecho amenazas de cortes de mesadas o prohibición de fiestas
en el club de la ciudad. Sin resultado. "Si lo cuento, nadie
lo va a creer", dijo cuando vio que yo restregaba en serio el
pimiento rojo en las puntas de los dedos. Puse cara de inocente: la
víspera, él me había advertido que yo podía
llegar a ser una muchacha de manos feas. "¿Aun no pensaste
en eso?" Nunca había pensado antes, nunca me importaron
mis manos, pero en el instante en que él hizo la pregunta empecé
a importarme. ¿Y si un día ellas fueses despreciadas
como las hojas defectuosas? O triviales. Dejé de comerme las
uñas y dejé de mentir. O mentir menos. Más de
una vez me habló del horror que tenía por todo cuanto
olía a falsedad, escamoteo. Estábamos sentados en la
terraza. El seleccionaba las hojas, pesadas aún de rocío,
cuando me preguntó si ya había oído hablar de
hojas persistentes. ¿No? Alisaba el blando terciopelo de una
malva-manzana. Su fisonomía se tornó blanda cuando amasó
la hoja en los dedos y sintió su perfume. Las hojas persistentes
duraban hasta tres años pero las que caían, amarilleaban
y se despegaban al soplo del primer viento. Así la mentira,
la hoja efímera que podía perecer tan brillante pero
de vida breve. Cuando mentiroso mirase hacia atrás vería
al final de todo un árbol desnudo. Seco. Pero los sinceros,
ésos tendrían un árbol susurrante, lleno de pajaritos
-y abrió las manos para imitar el golpear de hojas y alas.
Cerré las mías. Cerré la boca como brasa ahora
que los muñones de las uñas (ya crecidas) eran tentación
y punición mayor. Podía decirle que justamente por considerarme
sin valor necesitaba cubrirme de mentira, como se cubre una con capa
fulgurante. Decirle que ante él, más que ante los demás,
tenía que inventar y fantasear para obligarlo a demorarse en
mí como se demoraba ahora en la verbena- ¿será
que no advertía esa cosa tan sencilla?
Llegó
a la hacienda con sus pantalones anchos de franela ceniza y un suéter
grueso de lana tejida en trenza. Era invierno. Y era de noche. Mi
madre había quemado incienso (era viernes) y preparó
la Habitación del Jorobado; corría en la familia la
historia de un jorobado que se perdió en el bosque y a quien
me bisabuela instaló en aquel cuarto que era el más
caliente de la casa. No podía haber mejor sitio para un jorobado
perdido o para un primo convaleciente. ¿Convaleciente de qué?
¿Qué enfermedad tenía? Tía Marita, que
era muy alegre y le gustaba pintarse, contestó riéndose
(hablaba riéndose) que nuestros tecitos y buenos aires hacían
milagros. Tía Clotilde, embutida, reticente dio aquélla
su respuesta que servía a cualquier tipo de cuestión:
todo en la vida podía alterarse, menos el destino trazado en
la mano. Ella sabía leer las manos. "Va a dormir como
una piedra" -cuchicheó tía Marita cuando me pidió
que le llevara el te de tilo. Lo encontré recostado en el sillón,
la manta escocesa cubriéndole las piernas. Aspiró el
te. Y me miró: "¿Quieres ser mi ayudante?"-,
preguntó soplando el humo. "El insomnio me agarró
por la pierna, no estoy en forma, necesito que me ayudes. La tarea
consiste en recoger hojas para mi colección, ve juntando lo
que te parezca y después yo las selecciono. Por ahora, no puedo
moverme mucho, tendrás que ir sola"-, dijo y desvió
la mirada húmeda par ala hoja que flotaba en la taza. sus manos
temblaban tanto que el te se desbordó en platillo. Es el frío,
pensé. Pero siguieron temblando al día siguiente que
hizo sol, amarillas como los esqueletos de hierbas que yo buscaba
en el bosque y quemaba en la llama de la candela. Pero ¿qué
es lo que tiene? pregunté, y mi madre contestó que,
aunque lo supiera,no
lo diría. Venía de un tiempo en que toda enfermedad
era asunto íntimo.
Yo
mentía siempre, con o sin motivo. Mentía principalmente
a tía Marita, que era bastante tonta. Menos a mi madre, porque
tenía miedo de Dios, y menos aún a tía Clotilde,
que era medio hechicera y sabía ver al envés de las
personas. Si se daba la ocasión, yo me metía por los
caminos más imprevistos, sin el menor cálculo de vuelta.
Todo al acaso. Pero, poco a poco, delante de él, mi mentira
empezó a ser dirigida con un objetivo cierto. Sería
más simple, por ejemplo, decir que cogí el abedul cerca
del arroyo, donde estaba el espino. Pero era necesario hacer rendir
el instante en que él se detenía en mí, ocuparlo
antes de ser puesta de lado como las hojas sin interés, amontonadas
en el cesto. Entonces ramificaba peligros, exageraba dificultades,
inventaba historias que alargaban la mentira. Hasta ser destruida
con un rápido golpe de mirada, no con palabras, sino con la
mirada de él hacia la hiedra verde -rodar enmudecida mientras
mi cara se tenía de rojo- la sangre de la hiedra.
"-Ahora
vas a contarme bien cómo ha sido"-, pedía él
tranquilamente, tocando mi cabeza. Su mirada transparente. Derecha.
Quería la verdad. y la verdad era tan sin atractivos como la
hoja del rosal. Le expliqué eso: creo la verdad tan trivial
como esta hoja. El me dio la lupa y abrió la hoja en la palma
de la mano: "Ve entonces de cerca". No miré la hoja,
¿qué me importaba la hoja? sino su piel ligeramente
húmeda, blanca como papel, con su misterioso enmarañado
de líneas, reventando aquí y allí en estrellas.
Fui recorriendo las crestas y depresiones, ¿dónde estaba
el comienzo?, ¿O el fin? Detuve la lupa en un terreno de líneas
tan disciplinadas que por ellas debía pasar el arado. ¡Ay!,
qué ganas de recostar mi cabeza en ese suelo. Alejé
la hoja, quería ver apenas los caminos. ¿Qué
significa este cruce', pregunté y él me tiró
de los cabellos: ¿"Tú también, niña?"
En
las cartas de la baraja, tía Clotilde ya le había revelado
el pasado y el presente. "Y más cosas revelaría"-,
añadió él guardando la lupa en el bolsillo del
delantal blanco; a veces se ponía un delantal. ¿Qué
previó ella? Vaya, tantas cosas. Lo más importante,
solo eso que el fin de semana vendría una amiga a buscarlo,
una muchacha muy bonita, podría hasta ve el color de su vestido
de talla anticuada, verde-musgo. Los cabellos eran largos, con reflejos
de cobre, tan fuerte el reflejo en la palma de la mano.
Una
hormiga roja entró en la grieta del enlozado y se fue con su
trozo de hoja, velero perdido soplado por el viento. Soplé
yo también. ¡La hormiga es un insecto!, grité,
las piernas flexionadas, pendientes los brazos hacia delante y atrás
en el movimiento del mono, ¡hi! ¡hi!; ¡hu! ¡hu!;
¡hi! ¡hi!; ¡hu! ¡hu!; ¡es un insecto!;
¡un insecto!, repetí, rodando por el suelo.
