Las
obras completas tienen algo de amenazante, de solemne y de terminal.
Son más apropiadas para remotos difuntos que para vivientes
próximos. Por eso su publicación aparece en el imaginario
colectivo, que incluye naturalmente a los propios autores, más
como rito celebratorio que como ocasión de lectura o de examen
crítico.
Sin
embargo y especialmente cuando se trata de obras completas de autores
contemporáneos, autores que no están ni muertos ni
retirados, autores que están vivitos y coleando, es mejor
considerarlas señales de tránsito o marcas de camino,
antes que reconocimientos y homenajes.
Tal
conviene hacer con estos Cuentos completos y uno más, de
Luisa Valenzuela, cuyo título sugiere la idea de la obra
inconclusa y el margen de incertidumbre que tienen, incluso, las
obras completas del pasado. ¿Acaso podemos negar a los eruditos
el sueño de encontrar un fragmento de Heráclito, una
cuarteta de Quevedo o un ensayo de Eliot?
De
una u otra forma, el problema central de una colección que
comprende el trabajo de muchos años es que permite al lector
o al espectador valorar comparativamente cada una de sus partes
y, sobre todo, valorar su conjunto. Habrá, naturalmente unos
textos o unos cuadros mejores que otros, un espectro de progreso
entre los primeros y los últimos, pero no habrá lugar
para ilusiones o engaños. Los conjuntos se sostienen por
sí mismos o se desmoronan en su insuficiencia.
El
libro de Luisa Valenzuela cumple con holgura los requisitos formales
de una gran retrospectiva: reúne seis libros y un texto adicional,
cuya suma alcanza un total de 137 cuentos que fueron publicados,
en volumen, entre 1967 y 1999, durante un lapso de 32 años.
Los libros siguen un orden moderadamente cronológico del
más reciente al más antiguo, con la curiosa excepción
de uno de 1983 que está colocado en segundo lugar y debiera
estar en tercero, y de la lógica excepción del texto
inédito que constituye el digno remate de un libro que cumple,
también, con la exigencia esencial de mantener vivo el interés
del lector.
Pero
no, por supuesto, a cualquier precio pues no se trata de una literatura
de kiosko hecha para el entretenimiento y el éxito comercial
sino de una literatura que exige la atención y la complicidad
del lector. Y lo exige porque se trata de inventar o descubrir con
nosotros la realidad que existe debajo de esta otra realidad cotidiana
y convencional. Paro eso sirven las palabras. No las palabras del
discurso lógico sino las palabras de una visita guiada que
produce placer y conocimiento.
La
autora descubre y describe al mundo con la doble mirada del testigo
inocente y, al mismo tiempo, con la malicia especulativa del intelectual.
En el tránsito entre la anécdota y la idea abstracta,
o viceversa, consigue armar sus historias. Debemos saber, entonces,
que estos textos no son hijos del azar o de la improvisación
sino de un proceso creativo sujeto a los controles de una inteligencia
radicalmente crítica e irónica.
La
combinación entre esta doble mirada y un vasto espacio temático
multiplica las posibilidades de enfoques sutiles e inesperados como
el desenlace de Tango, el espléndido monólogo interior
que abre el libro y donde un hombre encuentra en unos vasos el pretexto
para huir del compromiso amoroso.
Tiene
el estilo de Valenzuela un carácter unitario que se distingue
por un afán de claridad y precisión que llega, en
ocasiones, al extremo del esquematismo. Sin embargo, acude constantemente
a variantes de su propio estilo para urdir la trama y el clima de
cada cuento pues, como dice Borges, "cada sujeto, por ocasional
o tenue que sea nos impone una estética peculiar''.
En
el libro hay distintos grupos o familias de cuentos que llevan el
sello de etapas diferentes en el itinerario de la autora. Hay, también,
textos cuya originalidad no permite asociarlos con ningún
conjunto y que constituyen sorpresas dentro de este volumen que
lleva un excelente prólogo de Gustavo Sainz.
Hija de la escritora Luis Mercedes Levinson, esta otra Luisa creció
en una familia descaradamente literaria formada por escasos parientes
consanguíneos y por numerosos amigos de casa, todos o casi
todos escritores ilustres y todos o casi todos comprometidos en
el desempeño de inevitables papeles de padrinos o madrinas
en el amplio sentido que estos términos tienen en la tradición
latinoamericana. La hija, sobrina o ahijada profesional, creció
en la tribu de la revista Sur, entre las Ocampo, los Borges, los
Mallea, los Mújica Lainez, los Bioy Casares y otros predestinados
a iniciarla en los arcanos de la literatura
Luisa
Valenzuela no fue lejos para encontrar su vocación y muchos
de los secretos que aprendió de sus parientes por sangre,
contagio o adopción están presentes en su obra. Pero
no debe pensarse, por ello, que nos encontramos frente a una escritora
de invernadero o de laboratorio, de alguien a quien sus padres impusieron
la carrera de las letras como otros lograron que sus hijos fueran
médicos, abogados o contadores.
La
elección vital de Valenzuela está libre de sospecha.
Prueba de su talento originario es el relato Los Menestreles, que
escribió a los 18 años y que fluye con la pulcra cadencia
de los mejores textos de Lord Dunsany. Prueba de su talento genérico
y de su trabajo constante son las seis novelas que ha publicado
y estos Cuentos completos que, por fortuna, están incompletos.
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Publicado en La Jornada, México 8 de octubre de 1999.