¿Qué
esperaban los lectores de 1957 de Elena Poniatowska? Salvador Novo
ya sabía: la frescura, la insolencia, la gracia, la travesura,
las solidaridades humanitarias y poner todo el mundo al revés.
La prosa brillante e incisiva. La narradora que ama conversar por
escrito.
Todo
esto ya estaba en Todo empezó el domingo. Pero no se
esperaba algo tan grave como la Jesusa Palancares ni La noche de
Tlatelolco; mucho menos a los colonos, a los sufridores de la
policía y los terremotos. Creo que sí se prevía
algo a partir de atmósferas familiares, como La flor de
lis, y en tonos menos libres sus recuperaciones históricas
de Tinísima.
Pero
ocurrió que la voz dura, el estilo denunciador, el pensamiento
aguerrido surgió precisamente de la güerita feliz y traviesa,
tan paradisiaca, de Todo empezó en domingo. Pero era
elemental: los grandes líos, dirían los estudiosos semiológicos
de los cuentos de hadas, siempre los arman las princesas.
El
traviesón estilo folklórico que Elena inventó
para gozar su ciudad de juguetería, se convirtió en
la mayor arma cultural para apoyar a los oprimidos y desprotegidos
que conoció la prosa mexicana de esa segunda mitad del siglo:
un estilo de "crónica" que formó a mi generación.
Miles de personas han querido escribir como Elena, pero es inimitable.
Parte
de su secreto, supongo, asoma en este uso agresivo de la ingenuidad,
en su espontaneidad tan calculada, en esta utilidad combativa de los
sueños y los juguetes. Tal vez fue ella misma la primera en
sobresaltarse, al advertir la aptitud política de sus recursos
verbales e imaginativos, y nunca pensó se dirigirían
contra objetivos o enemigos tan políticos, tan importantes.
Elena
Poniatowska no sabía entonces que sus felices caminatas por
Reforma y Chapultepec, y sus comentarios sabrosos al filo de la pluma,
construirían la prosa política más eficiente
de la protesta en México.
Ella,
más que nadie en nuestra época, ha impuesto su libertad
civil yo diría, incluso, su insolencia frente a
todo tipo de límites y de prejuicios. Ningún libro nos
ha liberado tanto del Poder como La noche de Tlatelolco. Esa
campaña la ganó ella, solita. El 68 se ganó en
71, gracias a Elena Poniatowska.
Finalmente,
en términos literarios e incluso filológicos, habría
que hablar de la importancia de Elena Poniatowska como creadora de
un lenguaje especial, que aparece, completamente armado, desde sus
primeros libros.
Podría
hablarse de una narrativa voz coloquial, pero en Elena Poniatowska
se trata de mucho más que eso. Hay un barroquismo, un engolosinamiento,
una personalización del lenguaje coloquial. La prosa de Elena
tiene sus Tonanzintlas, como diría Luis Cardoza.
Poca
gente usa tantos coloquialismos por escrito como ella, y con tal color
y perspectiva irónica. ¡Tanto aprender la lengua, y a
evitar las asonancias y las aliteraciones, y cómo pronunciar
in-ve-re-cun-dia y con-sue-tu-di-na-rio y que ilación se escribe
sin h, para que Elena nos venga con un arte prosístico que
se abandera con la frase "Se mercan chicuilotitos tiernos"!
Bueno:
Cézanne quiso poblar sus cuadros con manzanas. ¿Vamos
a reprocharle a Cézanne sus manzanas o a Borges sus laberintos?
Más bien hay que celebrarle a Elena sus innumerables "se
mercan chicuilotitos tiernos", y el enorme rango irónico,
tan colorista, sentimental, no alburero que le ha dado a nuestra habla
coloquial.
Pero
su mayor logro literario, en mi opinión, fue que enseñó
a la literatura mexicana a sonreír. Admiro su sonrisa en los
primeros libros. Y creo que sin ella, sin esa vocación de optimismo
y alegría, sin su vuelo de hada, no habría logrado sus
libros sobre asuntos oscuros. Elena siempre sonríe. En claroscuros,
en sus libros lóbregos. (Siempre hay también algo de
ironía y de llanto en su sonrisa.) En Todo empezó
en domingo sonríe abiertamente.
Advertimos
el refinado encanto de Todo empezó en domingo en el
placer de la escritora, con todas sus armas listas. Librará
al poco después grandes batallas. Ahora, plena mañana,
usa sus instrumentos para el placer de la vida, del mundo, de la ciudad,
de los viajes a provincia. Vive para el paisaje (no el que ve, sino
el que inventa, que vale mucho más la pena). Nunca ha sido
tan libre; tal vez nunca volverá a serlo: apremiantes compromisos
políticos la requerirán.
*
Publicado de la revista Nexos No. 244, en abril de 1998.