La sonrisa de Elena Poniatowska*

José Joaquín Blanco

 

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¿Qué esperaban los lectores de 1957 de Elena Poniatowska? Salvador Novo ya sabía: la frescura, la insolencia, la gracia, la travesura, las solidaridades humanitarias y poner todo el mundo al revés. La prosa brillante e incisiva. La narradora que ama conversar por escrito.

Todo esto ya estaba en Todo empezó el domingo. Pero no se esperaba algo tan grave como la Jesusa Palancares ni La noche de Tlatelolco; mucho menos a los colonos, a los sufridores de la policía y los terremotos. Creo que sí se prevía algo a partir de atmósferas familiares, como La flor de lis, y en tonos menos libres sus recuperaciones históricas de Tinísima.

Pero ocurrió que la voz dura, el estilo denunciador, el pensamiento aguerrido surgió precisamente de la güerita feliz y traviesa, tan paradisiaca, de Todo empezó en domingo. Pero era elemental: los grandes líos, dirían los estudiosos semiológicos de los cuentos de hadas, siempre los arman las princesas.

El traviesón estilo folklórico que Elena inventó para gozar su ciudad de juguetería, se convirtió en la mayor arma cultural para apoyar a los oprimidos y desprotegidos que conoció la prosa mexicana de esa segunda mitad del siglo: un estilo de "crónica" que formó a mi generación. Miles de personas han querido escribir como Elena, pero es inimitable.

Parte de su secreto, supongo, asoma en este uso agresivo de la ingenuidad, en su espontaneidad tan calculada, en esta utilidad combativa de los sueños y los juguetes. Tal vez fue ella misma la primera en sobresaltarse, al advertir la aptitud política de sus recursos verbales e imaginativos, y nunca pensó se dirigirían contra objetivos o enemigos tan políticos, tan importantes.

Elena Poniatowska no sabía entonces que sus felices caminatas por Reforma y Chapultepec, y sus comentarios sabrosos al filo de la pluma, construirían la prosa política más eficiente de la protesta en México.

Ella, más que nadie en nuestra época, ha impuesto su libertad civil —yo diría, incluso, su insolencia— frente a todo tipo de límites y de prejuicios. Ningún libro nos ha liberado tanto del Poder como La noche de Tlatelolco. Esa campaña la ganó ella, solita. El 68 se ganó en 71, gracias a Elena Poniatowska.

Finalmente, en términos literarios e incluso filológicos, habría que hablar de la importancia de Elena Poniatowska como creadora de un lenguaje especial, que aparece, completamente armado, desde sus primeros libros.

Podría hablarse de una narrativa voz coloquial, pero en Elena Poniatowska se trata de mucho más que eso. Hay un barroquismo, un engolosinamiento, una personalización del lenguaje coloquial. La prosa de Elena tiene sus Tonanzintlas, como diría Luis Cardoza.

Poca gente usa tantos coloquialismos por escrito como ella, y con tal color y perspectiva irónica. ¡Tanto aprender la lengua, y a evitar las asonancias y las aliteraciones, y cómo pronunciar in-ve-re-cun-dia y con-sue-tu-di-na-rio y que ilación se escribe sin h, para que Elena nos venga con un arte prosístico que se abandera con la frase "Se mercan chicuilotitos tiernos"!

Bueno: Cézanne quiso poblar sus cuadros con manzanas. ¿Vamos a reprocharle a Cézanne sus manzanas o a Borges sus laberintos? Más bien hay que celebrarle a Elena sus innumerables "se mercan chicuilotitos tiernos", y el enorme rango irónico, tan colorista, sentimental, no alburero que le ha dado a nuestra habla coloquial.

Pero su mayor logro literario, en mi opinión, fue que enseñó a la literatura mexicana a sonreír. Admiro su sonrisa en los primeros libros. Y creo que sin ella, sin esa vocación de optimismo y alegría, sin su vuelo de hada, no habría logrado sus libros sobre asuntos oscuros. Elena siempre sonríe. En claroscuros, en sus libros lóbregos. (Siempre hay también algo de ironía y de llanto en su sonrisa.) En Todo empezó en domingo sonríe abiertamente.

Advertimos el refinado encanto de Todo empezó en domingo en el placer de la escritora, con todas sus armas listas. Librará al poco después grandes batallas. Ahora, plena mañana, usa sus instrumentos para el placer de la vida, del mundo, de la ciudad, de los viajes a provincia. Vive para el paisaje (no el que ve, sino el que inventa, que vale mucho más la pena). Nunca ha sido tan libre; tal vez nunca volverá a serlo: apremiantes compromisos políticos la requerirán.

* Publicado de la revista Nexos No. 244, en abril de 1998.

 



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