Muestro lo que veo*

Rocío Macías

 


¿Qué le han dejado 23 años de programa?

Una experiencia periodística extraordinaria, experiencia humana muy valiosa que me ha permitido no solamente descubrir muchas cosas de la vida en esta ciudad, sino ponerme a prueba en mis capacidades para decir lo que veo a través del programa. Cuento con un maravilloso equipo al que siempre estaré agradecida por su colaboración, pero desde luego hay una proximidad con las personas a través de las palabras que es directa. Para mí, por lo menos, es una prueba permanente para saber cómo abordar un tema, cómo expresarlo, hasta dónde llegar. Y como es algo totalmente espontáneo, es difícil, pero ha resultado una experiencia muy buena.

¿Cómo logra que la gente le cuente las cosas?

No lo puedo ni pensar. No me lo puedo explicar a mí misma. Les agradezco enormemente porque finalmente no me conocen, pero al llegar ahí parecería que nos conocemos de toda la vida. En cierta forma es así porque comparto ciertas experiencias de esas personas, las he vivido y para mí es fundamental porque es lo que me permite quizá antes de llegar a un tema, entenderlo. Al margen de que cada persona, cada sector, te da su propia visión de la realidad.

El vivir con el oficio...

Es exactamente eso: vivir, es la única palabra que se me ocurre me ha dejado una experiencia riquísima de vida por la gente que he conocido, que he escuchado. Un regalo adicional ha sido la amistad de muchas de las personas que en un principio fueron nada más mis entrevistadas y con las cuales he tenido encuentros frecuentes. Entonces hay un vínculo amistoso y familiar con todas esas personas y quizás sea el regalo más importante de mi trabajo.

En el programa ha vivido cosas difíciles...

No es un trabajo fácil en ningún momento.

Así como muy gozosas.

Pero ni siquiera en esos momentos es fácil, porque hay una serie de pruebas que tienes que pasar, la velocidad de la entrevista, los recursos que tienes para hacerla, no es fácil. Siempre es muy estimulante, aún en los momentos difíciles, porque uno lo que encuentra es una vida real, la que muchas veces aparece maquillada, convertida en algo que no tienen nada que ver con el esfuerzo, con la imaginación y con el sentido del honor, con la capacidad de trabajo de la gente común y esa gente por otra parte está llena de sabiduría, de encanto, de magia, pero también llena de dolor y de rabia por tanta injusticia

¿Cómo conjuga la cámara y la ética? El entrar a un lugar e invadir esa intimidad

De entrada yo sé lo que quiero y sé hasta dónde llegar, pero aún así me replanteo y digo: aquí yo tengo mi límite, vamos a ver si lo rebaso. Cuento con el apoyo de un camarógrafo que es una persona en la que confío ciegamente, por la que siento un cariño muy grande, porque es un profesional, es una trabajador muy honesto y es una persona que nunca trata de amedrentarme o presionarme de alguna manera; al contrario, está atento a lo que quiero contar, a la manera que tengo de ver las cosas y eso lo aplica. Y a la vez yo tengo un gran respeto por su cámara, entonces tenemos una empatía muy grande. Por otro lado, las palabras, la actitud, es una responsabilidad mía y eso me da siempre mucho miedo. El cometer un error con una persona por torpeza, preguntarle en un tono que la pudiera molestar, eso me preocupa muchísimo y cada vez me angustia más y entre más experiencia tengo, más temores tengo.

¿Cómo evitar cruzar la línea del escándalo?

Tengo muy claro una cosa, este programa no es un espectáculo, es nada más un programa, es un documento humano, periodístico, literario muchas veces, acerca de la gente, de la vida, el esfuerzo, el trabajo de la vida cotidiana de la gente. Esto no es un espectáculo, y el objetivo del programa no es divertir a nadie, es simplemente mostrar, es enseñar, amplificar la voz de la gente.

¿Está de acuerdo en que es un programa emotivo?

Espero que así sea, no estoy para darle lecciones a nadie, ni para catequizar. Lo único que quiero es mostrar y que cada quien tome su decisión, pero lo que sí quiero es que la gente que está entrevistada se sienta que aparece como es, que no hay nada adulterado, cambiado, ni para hacer espectacular un testimonio. Es al ritmo de la necesidad de las personas. Yo voy con mis preguntas en la cabeza pero voy siguiendo a la gente. No me detengo ni freno nada, las cosas ocurren como tienen que ocurrir, pero hay un dominio profesional mínimo. Como periodista, si no te llega no tiene caso, y si no te expones, haz otro trabajo, porque te vas a encontrar millones de casos en los que sientas angustia, desesperación, coraje y sobre todo la preocupación de saber que tú no puedes cambiar el dolor, las cosas de la noche a la mañana. A ti te da el testimonio la persona y cuando te vas a otro, la persona se queda en su propia historia. Eso es terrible. Es una responsabilidad muy grande, porque después de conocer eso no te puedes quedar indiferente.

Al haber vivido los cambios de administración en el canal y en la política, ¿cómo ha logrado permanecer con el programa?

Ya llevo como seis presidentes (risas). Nunca pienso en el rating porque creo que es el enemigo número uno de la libertad del trabajo. Cuando se piensa en eso, es pensar en lo que va a gustar y en lo que me van a aplaudir y quizá eso no es lo mejor. He permanecido en el programa porque no lo he maquillado para congraciarme con las diferentes autoridades que llegan. Les digo lo que soy y lo que hago y afortunadamente han estado de acuerdo. No aceptaría cambiar el programa para darle gusto a alguien. El programa lo hago con todas mi capacidades, si algo me falla es por tonta, pero sé que es el mejor programa que podría hacer. Me cuesta mucho trabajo y si me costará más, lo haría, vale la pena. Mi aspiración es que las personas que ven el programa vean lo que yo veo.


* Publicado en La Crónica de Hoy, abril del 2001.


   
alkjfklajfl
alkjfklajfl