¿Qué
le han dejado 23 años de programa?
Una
experiencia periodística extraordinaria, experiencia humana
muy valiosa que me ha permitido no solamente descubrir muchas cosas
de la vida en esta ciudad, sino ponerme a prueba en mis capacidades
para decir lo que veo a través del programa. Cuento con un
maravilloso equipo al que siempre estaré agradecida por su
colaboración, pero desde luego hay una proximidad con las personas
a través de las palabras que es directa. Para mí, por
lo menos, es una prueba permanente para saber cómo abordar
un tema, cómo expresarlo, hasta dónde llegar. Y como
es algo totalmente espontáneo, es difícil, pero ha resultado
una experiencia muy buena.
¿Cómo
logra que la gente le cuente las cosas?
No
lo puedo ni pensar. No me lo puedo explicar a mí misma. Les
agradezco enormemente porque finalmente no me conocen, pero al llegar
ahí parecería que nos conocemos de toda la vida. En
cierta forma es así porque comparto ciertas experiencias de
esas personas, las he vivido y para mí es fundamental porque
es lo que me permite quizá antes de llegar a un tema, entenderlo.
Al margen de que cada persona, cada sector, te da su propia visión
de la realidad.
El
vivir con el oficio...
Es
exactamente eso: vivir, es la única palabra que se me ocurre
me ha dejado una experiencia riquísima de vida por la gente
que he conocido, que he escuchado. Un regalo adicional ha sido la
amistad de muchas de las personas que en un principio fueron nada
más mis entrevistadas y con las cuales he tenido encuentros
frecuentes. Entonces hay un vínculo amistoso y familiar con
todas esas personas y quizás sea el regalo más importante
de mi trabajo.
En
el programa ha vivido cosas difíciles...
No
es un trabajo fácil en ningún momento.
Así
como muy gozosas.
Pero
ni siquiera en esos momentos es fácil, porque hay una serie
de pruebas que tienes que pasar, la velocidad de la entrevista, los
recursos que tienes para hacerla, no es fácil. Siempre es muy
estimulante, aún en los momentos difíciles, porque uno
lo que encuentra es una vida real, la que muchas veces aparece maquillada,
convertida en algo que no tienen nada que ver con el esfuerzo, con
la imaginación y con el sentido del honor, con la capacidad
de trabajo de la gente común y esa gente por otra parte está
llena de sabiduría, de encanto, de magia, pero también
llena de dolor y de rabia por tanta injusticia
¿Cómo
conjuga la cámara y la ética? El entrar a un lugar e
invadir esa intimidad
De
entrada yo sé lo que quiero y sé hasta dónde
llegar, pero aún así me replanteo y digo: aquí
yo tengo mi límite, vamos a ver si lo rebaso. Cuento con el
apoyo de un camarógrafo que es una persona en la que confío
ciegamente, por la que siento un cariño muy grande, porque
es un profesional, es una trabajador muy honesto y es una persona
que nunca trata de amedrentarme o presionarme de alguna manera; al
contrario, está atento a lo que quiero contar, a la manera
que tengo de ver las cosas y eso lo aplica. Y a la vez yo tengo un
gran respeto por su cámara, entonces tenemos una empatía
muy grande. Por otro lado, las palabras, la actitud, es una responsabilidad
mía y eso me da siempre mucho miedo. El cometer un error con
una persona por torpeza, preguntarle en un tono que la pudiera molestar,
eso me preocupa muchísimo y cada vez me angustia más
y entre más experiencia tengo, más temores tengo.
¿Cómo
evitar cruzar la línea del escándalo?
Tengo
muy claro una cosa, este programa no es un espectáculo, es
nada más un programa, es un documento humano, periodístico,
literario muchas veces, acerca de la gente, de la vida, el esfuerzo,
el trabajo de la vida cotidiana de la gente. Esto no es un espectáculo,
y el objetivo del programa no es divertir a nadie, es simplemente
mostrar, es enseñar, amplificar la voz de la gente.
¿Está
de acuerdo en que es un programa emotivo?
Espero
que así sea, no estoy para darle lecciones a nadie, ni para
catequizar. Lo único que quiero es mostrar y que cada quien
tome su decisión, pero lo que sí quiero es que la gente
que está entrevistada se sienta que aparece como es, que no
hay nada adulterado, cambiado, ni para hacer espectacular un testimonio.
Es al ritmo de la necesidad de las personas. Yo voy con mis preguntas
en la cabeza pero voy siguiendo a la gente. No me detengo ni freno
nada, las cosas ocurren como tienen que ocurrir, pero hay un dominio
profesional mínimo. Como periodista, si no te llega no tiene
caso, y si no te expones, haz otro trabajo, porque te vas a encontrar
millones de casos en los que sientas angustia, desesperación,
coraje y sobre todo la preocupación de saber que tú
no puedes cambiar el dolor, las cosas de la noche a la mañana.
A ti te da el testimonio la persona y cuando te vas a otro, la persona
se queda en su propia historia. Eso es terrible. Es una responsabilidad
muy grande, porque después de conocer eso no te puedes quedar
indiferente.
Al
haber vivido los cambios de administración en el canal y en
la política, ¿cómo ha logrado permanecer con
el programa?
Ya
llevo como seis presidentes (risas). Nunca pienso en el rating porque
creo que es el enemigo número uno de la libertad del trabajo.
Cuando se piensa en eso, es pensar en lo que va a gustar y en lo que
me van a aplaudir y quizá eso no es lo mejor. He permanecido
en el programa porque no lo he maquillado para congraciarme con las
diferentes autoridades que llegan. Les digo lo que soy y lo que hago
y afortunadamente han estado de acuerdo. No aceptaría cambiar
el programa para darle gusto a alguien. El programa lo hago con todas
mi capacidades, si algo me falla es por tonta, pero sé que
es el mejor programa que podría hacer. Me cuesta mucho trabajo
y si me costará más, lo haría, vale la pena.
Mi aspiración es que las personas que ven el programa vean
lo que yo veo.
* Publicado en La Crónica de Hoy, abril del 2001.