Cierto, aquí nos tocó vivir, pero no conocemos cómo
viven millones de personas donde nos tocó vivir. Cristina Pacheco
nos lo muestra. Seguimos el cuerpo fino y ondulante de Cristina que,
micrófono en mano, tiene el talento de platicar con los niños
que viven en la calle, con los drogadictos, con los ciegos que se
afanan en leer la escritura braille para sostener a su familia; habla
con los libreros de viejo; con los que escriben cartas para los enamorados
en los portales de Santo Domingo; con los que habitan en vecindades
semidestruidas por el sismo de 1985; con los cómicos y vendedores
de las calles; con las prostitutas, que para sobrevivir venden lo
único que tienen: su cuerpo; con algunos de los cinco millones
de devotos que el 12 de diciembre llegan a la llamada antiguamente
Villa de Guadalupe (muchos de ellos para pagar sus "mandas"
caminan de rodillas hasta dos kilómetros y acaban arrastrándose
ante las puertas de la Basílica, siempre seguidos por los camilleros
de la Cruz Roja).
Cristina
nos enseña que hay mucho dolor, mucho sufrimiento en los albergues
para ancianos, para niños huérfanos, para madres solteras
y sus pequeños hijos; entre los campesinos más pobres,
algunos que todavía viven de los magueyes del pulque, y en
las colonias más desvalidas de la metrópoli. Pero también
nos hace que admiremos, para nuestro consuelo, a las bordadoras de
las banderas nacionales, sobre todo las que se yerguen en el Palacio
Nacional y en el Zócalo; a los constructores de marimbas, guitarras
o violines; a los bailes y los cánticos de los concheros; a
los que tocan en bandas populares; a los que todavía en negocios,
como la Casa Tardán, hacen sombreros, gorras y cachuchas. Yo
recuerdo muy bien un anuncio de esta casa centenaria: "Veinte
millones de mexicanos no pueden estar equivocados. De Sonora a Yucatán,
se usan sombreros Tardán".
Es
admirable que una pequeña mujer, como Cristina, esté
animada siempre por una gran fortaleza humana. Continuamente volando
de una estación de radio a una televisora o al periódico
(donde publica su Mar de historias). Cristina vive abrumada
por telefonemas y avisos que siempre atiende gustosa.
Yo pertenezco al consejo de la crónica, pero debo confesar
que Cristina Pacheco, sin pretenderlo, es la mejor cronista de la
ciudad; sabe más de la metrópoli que los miembros del
consejo, por eminentes que sean.
Gracias
a ella hoy sabemos dónde nos tocó vivir y qué
debemos hacer en provecho de ese enorme potencial humano que nos revela.
Podríamos decir: tarea cumplida, pero Cristina no la da por
terminada y sigue trabajando, firme e inspirada por su extraordinaria
labor.
* Publicado en La Jornada el 25 de marzo de 1997.