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Productos
desechables *..........................................Preguntas
guía
Cristina
Pacheco
Don
Remigio me invitó a sentarme junto a él, en el quicio
de la accesoria donde, bajo el letrero, de "Se vende", llevaba
desde la mañana montando guardia. "Así que definitivamente
se van. Qué lástima", le dije. El maestro zapatero
se volvió hacia el interior del tallercito desmantelado y su
voz cobró resonancia de eco: "No es culpa de nadie; más
bien consecuencia de los tiempos. Cambian y las costumbres de la gente
también. Se lo he dicho mil veces a Rosa, pero no entiende.
Mírela cómo está: triste. Así no ganaremos
nada. Antes al contrario, perderemos lo único bueno que nos
queda: su salud".
Don
Remigio hizo una breve pausa y miró a su mujer. Rosa ocupaba
la única silla al fondo del local. El espacio parecía
doblemente desnudo, quizá porque en las paredes eran muy claras
las sombras de los objetos que las habían decorado durante
cuarenta años: plantillas, muestrarios, anuncios, imágenes
de San Martín Caballero y retratos ininteligibles comidos por
la luz.
Tuve
la impresión de que Rosa, sabiéndose observada, se sentía
incómoda y decidí cambiar la conversación: "¿Qué
le parecen las lluvias? Ya hay muchos damnificados en Veracruz".
El zapatero dejó caer su mano, ancha y curtida, sobre su rodilla:
"Aquí también: nosotros, por ejemplo. Antes hasta
eso era distinto: los aguaceros nos favorecían. Ahora no. Con
tanta llovedera ¿quién va a venir? Nadie, y menos a
comprar un local; pero de todos modos nosotros tenemos que estarnos
aquí, por si las moscas".
Como
si la última palabra pronunciada por don Remigio hubiese obrado
un acto de magia empezó a escucharse el fastidioso zumbido
de un insecto. El maestro zapatero me guiñó el ojo:
"Mírela cómo se pone". Se refería a
Rosa que, apenas advirtió el revoloteo, se puso a dar manotazos
con ánimo persecutorio. "Déjala", murmuró
don Remigio. La mujer se detuvo de golpe: "A ti también
te chocan las moscas, no me digas que no".
Derrotado
por la contundencia de su mujer, don Remigio inclinó la cabeza
y sólo adiviné su sonrisa cuando me explicó:
"Ella tiene razón. Oír a uno de esos animalejos
me ponía de mal humor. Sí, dejaba lo que estuviera haciendo
con tal de perseguirla y matarla. Pero, ¿qué cree?"
Antes de continuar, mi amigo levantó la cabeza para cerciorarse
de que su mujer no estuviera oyéndolo. "Ahorita me dio
gusto que la mosca entrara. ¿Sabe por qué? Porque me
hice las ilusiones de que al menos algo era como antes".
Comprendí
que el maestro zapatero se refería a los tiempos en que su
tallercito era frecuentado a todas horas por los habitantes de la
colonia. En aquella época, él no imaginaba que llegaría
a verse forzado a desmontar el negocio y a vender el local que había
sido, durante cuarenta años, su casa y su centro de trabajo;
y no concebía siquiera la posibilidad de que el letrero, formado
con un zapato de hombre y una pierna femenina, llegara a ser sustituido
por otro, mucho más agresivo e inquietante: "Se vende".
No
supe qué decirle. Tampoco él pareció tener ánimos
para seguir conversando. Rosa volvió a la quietud. Los tres
quedamos completamente indefensos ante los rumores que provenían
de las accesorias vecinas: una vulcanizadora, un negocio de fotocopias
y fax, una barra sushi y un tugurio de juegos electrónicos
siempre atestado de jóvenes.
Durante
algunos minutos permanecimos callados, intercambiando sonrisas y miradas
incómodas. Quien nos viera recordaría a los pasajeros
que, sentados frente a frente en un vagón inmóvil, esperan
con ansia el momento de que el tren reemprenda su marcha.
Era
tarde. Debía despedirme, pero no quise hacerlo sin antes proponerle
a don Remigio una opción que lo sacara de su angustiosa inactividad.
Movido por ese deseo tuve la infortunada ocurrencia de decir: "Bueno,
y en vez de vender su accesoria, ¿no podría cambiar
de giro?" Mi arrepentimiento se transformó en vergüenza
cuando el maestro zapatero se volvió a mirarme: lo hizo como
si yo fuera un desconocido. Quise decir algo para suavizar mi torpeza,
pero él me lo impidió: "¿A mi edad? Tengo
79 años. Ya no me queda tiempo para nada, y menos para hacerme
de una nueva clientela o aprender otro oficio. El de zapatero me lo
enseñó mi padre. De chico me familiaricé con
las hormas, las pieles, los botones. Jugaba con ellos y así
aprendí a trabajar".
No
tuve valor para sostenerle la mirada. Incliné la cabeza y vi
en los mosaicos desiguales manchas de pintura negra, café,
blanca. Las rojas parecían gotas de sangre, como esas que se
ven en las banquetas después de noches plagadas de rumores,
gritos, carreras furtivas.
Vino a sacarme de mis pensamientos la voz de don Remigio: "¿Sabe
qué estudios tengo? Llegué hasta tercero de primaria,
y eso gracias a que mi mamacita se empeñó, porque mi
papá no quería darme permiso de ir a la escuela. Según
él, lo más importante para un pobre es conocer un oficio
porque así al menos nunca padecerá hambre". La
risa desordenó otra vez las facciones de mi amigo: "Si
él viera por las que estoy pasando, se moriría otra
vez".
Inesperadamente Rosa intervino: "Yo digo que él hizo bien
en enseñarte a trabajar el zapato". Don Remigio le arrebato
la palabra para hacer suyo el derecho de proteger la memoria de su
padre: "Ya lo sé. Lo malo es que él nunca se imaginó
lo que iba a suceder... ni nosotros tampoco".
No
necesité pedirle nuevas explicaciones. Unos minutos antes -cuando
me detuve en el taller que hacía tiempo no visitaba y lo encontré
sentenciado con el letrero de "Se vende"- don Remigio me
había dado una larga explicación. "Hace como dos
o tres años empezó a bajar la clientela, pero nos compensamos
porque Rosa volvió a zurcir medias. Le di permiso de que lo
hiciera mientras se componían las cosas. Pero eso no ocurrió.
Antes al contrario, dejaron por completo de encargarnos trabajos a
los dos. Yo no entendía por qué, hasta que un compadre
me lo explicó: ahora todo es desechable, o sea: compre y tire,
compre y tire".
Hasta
allí don Remigio me había hecho un relato más
o menos ligero; a partir de ese punto su tono se ensombreció:
"Imagínese que empezaron a llegar productos de muchas
partes, zapatos chinos sobre todo. ¿Y a qué precio?
Baratísimos. La gente dejó de mandar su calzado a reparación.
Habrán dicho: ¿para qué, si con lo que me cuesta
una compostura me compro un par nuevo? Lo mismo sucedió con
las medias. Por ocho, nueve pesos, una dama se compra otras. Eso cobra
Rosa por remendarlas muy bien, y eso que en cada remiendo iba dejando
los ojos".
Ante
la situación padecida durante años don Remigio no tuvo
otro remedio que renunciar a su oficio, a su taller y a conservar
el local. La tarde en que lo visité el maestro zapatero llevaba
dos semanas esperando un cliente, pero aún no conseguía
ninguno: "Si sabes de algún interesado, me lo mandas",
dijo antes de darme la mano en señal de despedida. Lo abracé:
"Maestro, de veras no sabe cuánto siento que se vayan.
Los vamos a extrañar. La calle, sin usted, ya no será
la misma". El me respondió con desconsuelo. "Eso
dice ahorita pero al rato ni se acordará de mí. En estos
tiempos las gentes también son desechables".
*
Publicado en La Jornada, 25 de agosto de 1996.
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