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El mundo ya gira conmigo,
Juan Gregorio Regino,
El fenómeno es doble: Juan Gregorio Regino es el primer poeta de la lengua mazateca, y con dos libros escritos, es poeta principal entre nosotros. La primera afirmación requiere matices; la segunda no, pues en castellano también, y de otra manera, la poesía de Juan Gregorio Regino tiene las resonancias de lo definitivo. Es y no el primer poeta en su lengua. Como la mayoría de los idiomas indígenas de México, el mazateco carecía de escritura hasta hace poco, de manera que su exhuberante genio verbal, muy vecino de la música, trascendió los siglos en línea de sucesión oral con interferencias pero sin interrupciones. Imposible saber cuántos pasos se perdieron en los brumosos cerros feraces de la alta sierra Mazateca. Supimos del genio lírico de ese pueblo por María Sabina, la sabia insigne y humilde de la cual Juan Gregorio hereda directamente el verbo, y eso lo sabemos, y lo sabe él, originario de la Mazateca baja, porque en el camino de María Sabina se cruzó una celebridad bizarra que la rodeó de estudiosos y curiosos, y por lo tanto de aparatos de registro magnotofónico. La etnología, la micología y la senda de los hongos mágicos toparon en seco con una vena lírica, místicamente humedecida por eso que a falta de mejor nombre se ha llamado inspiración, y que deslumbró a los exploradores de su tiempo. Esto alcanzó a heredarse en el registro directo de Alvaro Estrada, y sobre todo en la poesía de Juan Gregorio Regino, escritor y maestro, promotor de la escritura en su lengua, y por fortuna en inevitable deuda con los clásicos castellanos. No de todos los poetas hace falta para hablar, andar mencionando su pueblo originario. Pero el pueblo ruso y el pueblo judío son indisociables de Osip Mandelstam; el pueblo andaluz y el pueblo gitano son inseparables de Federico García Lorca. Aunque nos hablen de la Babel de Hierro o la Grecia clásica. Otros poetas, en las estirpes de Rimbaud, Rubén Darío, Borges o Wallace Stevens, pudieron nacer en cualquier parte. Pero están quienes, porque nacieron donde nacieron….. No se busquen comparaciones, pero se puede decir que Juan Gregorio Regino, poeta joven y hoy también urbano, es indisociable del pueblo campesino de los mazatecos, y del pueblo mexicano. Tal es su privilegio, y muy a la manera de las comunidades de donde proviene, es su responsabilidad y su cargo. Los mazatecos tienen más historia de la que se les conoce, y más memoria de la que nos imaginamos. Entre ellos, la palabra guarda con la vida una relación fecunda (en el sentido agrícola) y ejemplar. A esto se han asomado, con la lucidez posible en sus distintos momentos, Eckart Boege, Fernando Benítez, Carlos Incháustegui y otros. Sin embargo, todavía es el día que muy poco sabemos. Hay una lengua ahí, como nacida del canto de los pájaros, que una vez puesta a platicar no cesa, sigue rumbos distintos, impredecibles, sugestivos. Los surrealistas en manada literalmente hubieran perdido el seso. Pueblo de agricultores, de violinistas, bordadoras, alfareros, productores de papel amate, arrieros y chamanes. Hoy, también, de obreros, maestros y profesionistas. Los hombres y mujeres de palabra, curanderos tradicionales, viven en el idioma, en los cantos y susurros que nacen de muy adentro, y no dejan de nacer. En la Mazateca fluye torrencialmente una memoria ininterrumpida. No una memoria histórica, sí la continuidad de maravillas reales, visiones y sueños que se hablan. Tierra también de caciquismo, manipulación y persecusiones políticas y religiosas, de desplazamientos forzados de la población (exilio) a nombre del "progreso". Tierra de pobreza material, tierra del humor y la alegría: sus gentes pueden ser duendes, payasos, magos, resucitados y sobrevivientes. Tierra en trance, y también en tránsito. Asociados a los santitos, consejeros y platicadores, y esa naturaleza proteica, el pueblo mazateco y sus chamanes llevan una relación intensa e imaginativa con la palabra. Con ella curan, ciertamente. El estímulo de la voz ha atravesado las décadas y todos los tiempos sin claudicar a su función. María Sabina fue sólo la punta de la madeja de ese pasado indocumentable, pero demostrable. Su grandeza, tan sencilla, fue un clímax, y un puente para que no muera ese poder sanador de la palabra. Y que otra cosa es la poesía sino la continuación de lo sagrado y la magia por otros medios. El autor del presente libro ya dijo con anterioridad: "Ya está la medicina en mis manos y en mi nombre está la luz". No todos los mazatecos de Oaxaca viven en la montaña. La Mazateca baja se extiende hacia la cuenca del río Papaloapan, el sotavento, los grandes valles cálidos y los cielos inabarcables. Ellos fueron desplazados por la modernidad, y sus pueblos inundados por las aguas de presas hidroeléctricas que llevan nombres de presidentes de la República, para mayor elocuencia del "efecto progreso". De esas comunidades trasplantadas nace la voz del maestro bilingüe, lingüista y escritor Juan Gregorio Regino. El proverbial ámbito de niebla y fantasmas, de los grandes chikones de la sierra llega en la forma de las palabras a las tierras bajas y solares de Nuevo Paso Nazareno y la región de Temazcal, donde en 1962 nació Juan Gregorio Regino. Siempre es mejor evitar las asociaciones entre el paisaje y el ambiente donde se desarrollan un artista o una tradición estética, pero tampoco es aconsejable ignorarlas por completo. Las tierras bajas dieron a Juan Gregorio Regino, escritor de su lengua, y sin otro ejercicio de la sabiduría que la palabra misma, una cualidad solar que funciona como faro y como ventana hacia ese pequeño gran pueblo al que se debe Que siga lloviendo . En un poema anterior, el poeta escribía: "Que vuelvan los días de ayer como devuelve la nube el agua que lleva", pero en su escritura el volver se da en un mundo presente donde ya existen otras experiencias, como el levantamiento indígena chiapaneco, la conciencia civilizatoria entre los distintos pueblos originarios de México, el valor político e histórico de su existencia sostenida. El ámbito de la niebla asoma al mundo de la letra, la universalización mediática y la resistencia colectiva, y esto, como diría Boege, de cara a la nación. La recuperación del mundo, aprendemos, tiene que ver con los ciclos futuros, que nacen del pasado. "Que vuelvan los días de ayer. Que vuelvan como aguacero". Ahora, la palabra mazateca está en posición de tener otro efecto por así decir chamánico: curar las heridas históricas, los dolores crónicos del olvido, la represión expoliativa y el exterminio, las fracturas de la injusticia y del racismo mexicano que no osa decir su nombre. Palabras donde también envejece la bruma, donde nacen la luz y las imágenes. Donde es de día; no todo pasa de noche ni se lo traga la niebla. "Hasta aquí hemos llegado", concluye, Ngata'ara stsee (Que siga lloviendo), "cobijados por el cielo y por el sol". En sus sueños despiertos corre la libertad, dice, en el inmenso mundo, dice, en la tierra sin frontera, dice, en el mar infinito, dice. Vuelan ilusiones, nacen yerbas, maduran semillas, brotan arroyos, dice. En el año dos mil del calendario vigente, decir lo que dice es ya mucho decir:
"Hasta aquí hemos llegado
Hermann Bellinghausen
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