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Prólogo

Diidxa' za niru

UN HORNO ENCENDIDO

Como el sol al que alude Víctor Terán en uno de los poemas que integran ?El sueño del flojo?, así es su imaginación: Un horno encendido donde el barro de los días y las noches toma consistencia y brillo. Un horno donde chisporrotean amores y humores.

Si en anteriores entregas este poeta juchiteco -juchiteco en toda la extensión de la palabra, por nacencia y pensamiento- resobaba los dolores del amor y los cantos de la esperanza, se ponía trajes de hombre serio, en un cotidiano zapoteco, sabroso y dulce, ahora en este ?sueño? Terán pone a brincar su lengua materna, la mece entre nubes y la echa a andar entre animalillos, deseos y adivinanzas, con una fortuna tal que el milenario lenguaje danza jubiloso.

Ciertamente, estos poemas nos llevan a despertar al niño que aun habita en las reconditeces del alma, nos hacen recordar los juegos de antaño y, por supuesto, aquellas caídas de la noche en que brujas y espantos poblaban los relatos de los viejos, con el consiguiente miedo para regresar a casa.

Pero no solo eso. Vive en estos versos la eufonía de la palabra antigua, el vaivén de las vocales cortas y largas, la rima sencilla, el humor, las virtudes de una lengua que no muere, tal como se muestra en los dos cuartetos de Bidxi? (Sapo), que desde su traducción anticipa el ánimo lúdico de los versos en zapoteco: Salta que salta/ un sapo en la cuerda/ un sapo trompudo/ un sapo panzón.

Algo más. Estos poemas del ?sueño?, sin duda que son hermanos de la lírica popular que vive en las canciones de Taquiu Nigui y de Chú Yodo. Hermanos de sangre en la altura. Sin duda.

Jorge Magariño