El principio del horror y la necesidad de no dejar de ser humanos

Ocho de la mañana, los habitantes de Hiroshima están “acostumbrados” (si así puede decirse) a las sirenas que anuncian los bombardeos. Varias veces al día sucede lo mismo y, sin embargo, no hay daños severos y la gente ha optado por “seguir” la rutina. Catorce minutos después, una alarma más, sin embargo en el cielo no aparecen, como suele suceder, las siluetas de muchos cazas; un avión solitario surca y desaparece. Acontece lo inaudito: una bola de fuego de 400 metros de diámetro se esparce en el cielo y, en cuestión de segundos, como si la boca del infierno lanzara una carcajada atroz, una nube en forma de hongo se eleva 20 kilómetros sobre el suelo: miles de seres humanos quedan instantáneamente carbonizados. Llora la Tierra , los gemidos tapan los oídos de dios; miles de seres son sepultados; algunos corren a tirarse a los ríos, sin saber que la temperatura de sus aguas hierve y quema; el hombre se ha convertido en una bestia. No hay palabras…

La humanidad se desgarra: miles de muertos, casi cincuenta mil edificios derrumbados, fuegos por doquier, gritos, llantos seguidos por el silencio del terror… el silencio del monstruo de las mil cabezas, la vergüenza mayor de la humanidad: ese silencio del duelo mayor y el mudo aullido de la contaminación radioactiva que vendrá a provocar mutaciones genéticas a lo largo de muchas generaciones.

Un agosto de hace sesenta años la pesadilla tocó fondo, primero Hiroshima y dos días más tarde Nagazaki, un agosto infernal el hombre logró liberar la energía atómica para aniquilarse.

Recordamos con indecible tristeza este aniversario como el testimonio del horror y la urgente necesidad de no olvidarlo nunca.