Fragmento del guión de la película Hiroshima mon amour (1959), escrito por Marguerite Duras y llevada al cine por el director francés Alan Resnais en una intención por expresar el horror de lo sucedido en Hiroshima. El diálogo se lleva a cabo entre una reportera francesa y un japonés superviviente que se enamoran algún tiempo después del triste acontecimiento en dicha ciudad japonesa. Ella trata de convencerlo de que entiende su dolor y el de su pueblo, él, por su parte, insiste en que nunca habrá documentación que pueda testimoniar dicha atrocidad.
Él: Tú no has visto nada de Hiroshima. Nada.
Ella: Lo he visto todo . Todo .
Ella: Por ejemplo, Él hospital lo he visto. De eso estoy segura. Hay un hospital en Hiroshima. ¿Cómo iba a poder dejar de verlo?
Él: No has visto ningún hospital en Hiroshima. No has visto nada de Hiroshima.
Ella: Cuatro veces en Él museo...
Él: ¿Qué museo de Hiroshima?
Ella: Cuatro veces en Él museo de Hiroshima. He visto a la gente paseando. Todo Él mundo pasea, pensativo, por en medio de las fotografías, las reconstituciones, a falta de otra cosa, a través de las fotografías, las fotografías, las reconstituciones, a falta de otra cosa, las explicaciones, a falta de otra cosa.
Cuatro veces en Él museo de Hiroshima.
He contemplado a la gente. He mirado a mi vez, pensativamente, Él hierro. Él hierro quemado. Él hierro roto, Él hierro que se ha hecho vulnerable como la carne. He visto ramilletes de cápsulas, ¿quién iba a pensarlo? Pieles humanas flotantes, supervivientes, con sus sufrimientos aún recientes. Piedras. Piedras quemadas. Piedras hechas añicos. Cabelleras anónimas que las mujeres de Hiroshima encontraban enteras, caídas, por la mañana al despertarse.
He tenido calor en la plaza de la Paz. Diez mil grados, en la plaza de la Paz. Ya lo sé. La temperatura del sol, en la plaza de la Paz. ¿Cómo no lo iba a saber...? La hierba, es muy sencillo...
Él: Tú no has visto en Hiroshima, nada.
Ella: Las reconstituciones se han hecho lo más seriamente posible.
La ilusión, es muy sencillo, es tan perfecta que los turistas lloran.
Siempre puede uno burlarse, ¿pero que otra cosa puede hacer un turista sino precisamente esto, llorar?
Ella: La suerte de Hiroshima siempre me ha hecho llorar. Siempre.
Él: No.
Ella: ¿ Qué es lo que iba a hacerte llorar?
Ella: Yo vi los noticiarios.
Al segundo día, dice la historia, no me lo he inventado yo, desde Él segundo día, determinadas especies animales resurgieron de las profundidades de la tierra y de las cenizas.
Se fotografiaron perros.
Para siempre.
Los he visto .
He visto los noticiaros.
Los he visto.
Del primer día.
Del segundo día.
Del tercer día.
Él (interrumpiéndola) : No has visto nada. Nada.
Ella: ... del quinceavo día también.
Hiroshima se llenó de flores. Por todas partes no había más que acianos y gladiolos, y campanillas y lirios que renacían de las cenizas con extraordinario vigor, desconocido hasta entonces en las flores.
Ella: Y no me he inventado nada .
Él: Te lo has inventado todo .
Ella: Nada .
De la misma manera que existe una ilusión en Él amor, esta ilusión de ser capaz de no olvidar nunca, también yo he tenido la ilusión ante Hiroshima de que jamás olvidaría.
Igual que en Él amor.
Ella: También he visto a los supervivientes y a los que estaban en Él vientre de las mujeres de Hiroshima.
Ella: He visto la paciencia, la inocencia, la aparente dulzura con que los supervivientes provisionales de Hiroshima se acomodaban a una suerte tan injusta que la imaginación, generalmente tan fecunda, se cierra ante ellos.
Ella (en voz baja) : Oye...
Sé...
Lo sé todo .
Todo sigue.
Él: Nada . No sabes nada .
Ella: Las mujeres corren peligro de dar a luz niños deformes, monstruos, pero todo sigue.
Los hombres corren el peligro de verse atacados de esterilidad, pero todo sigue.
La lluvia da miedo.
Lluvias de cenizas sobre las aguas del Pacífico.
Las aguas del Pacífico matan.
Han muerto pescadores del Pacífico.
La comida da miedo.
Se tira la comida de toda una ciudad.
Se tira la comida de ciudades enteras.
Toda una ciudad monta en cólera.
Ciudades enteras montan en cólera.
Ella: ¿Contra quién, la cólera de las ciudades enteras?
La cólera de las ciudades enteras tanto si lo quieres como si no, contra la desigualdad establecida como principio por ciertos pueblos contra otros pueblos, contra la desigualdad establecida como principio por otras razas contra otras razas, contra la desigualdad establecida como principio por ciertas clases contra otras clases.
Ella (en voz baja) : Oye...
Igual que tú, yo conozco Él olvido.
Él: No, tú no conoces Él olvido.
Ella: Igual que tú, estoy dotada de memoria. Y conozco Él olvido.
Él: No, tú no estás dotada de memoria.
Ella: Como tú, yo también intenté luchar con todas mis fuerzas contra Él olvido. Y he olvidado, como tú. Como tú, deseé tener una memoria inconsolable, una memoria de sombras y de piedra.
Ella: Luché por mi cuenta, con todas mis fuerzas, cada día, contra Él horror de comprender ya en absoluto Él por qué de recordar. Y como tú, he olvidado...
Ella: ¿A qué negar la evidente necesidad de la memoria...?
Ella: ... Oye... Sé más. Esto se repetirá.
Doscientos mil muertos.
Ochenta mil heridos.
En nueve segundos. Estas cifras son oficiales. Aquello se repetirá.
Ella: Habrá diez mil grados en la tierra. Diez mil soles, dirán. El asfalto arderá.
Ella: Reinará un profundo desorden. Toda una ciudad será levantada del suelo y volverá a caer convertida en cenizas... |