En su libro Memorias de la Guerra , cuenta mi padre, el general Enrique Loynaz del Castillo cómo, recorriendo la ciénaga de Zapata durante campaña de 1895, vino a dar a un claro del bosque donde un oficial del ejército español dormía con la cabeza apoyada en un libro. Al ruido de pisadas en las hojas secas despierta el durmiente que viéndose sorprendido escapa dejando abandonados en el suelo un estuche de cuero y el libro que le sirviera de almohada. Mi padre recoge ambas cosas, entrega al oficial que le acompañaba el estuche donde brillaba rica joya y retiene el libro en cuya cubierta empieza a leer: "Historia del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha por Don Miguel de Cervantes Saavedra".
Continuando la marcha por la inhóspita zona, mi padre y sus compañeros se extravían y tras caminar un buen trecho, rendidos de fatiga, se sientan en el tronco de un árbol derribado. Mi padre abre el libro y empieza a leer para sí, y luego se interrumpe con una risa que no ha podido contener.
¡Siga, siga riendo! — dicen los otros —, que esa risa nos hace pensar que ya usted encontró el modo de salir de este infierno. Mi padre vuelve a leer el párrafo que provocó su hilaridad, esta vez en voz alta. Y todos ríen juntos, como si, en efecto, ya vieran resuelta la angustiosa situación.
[…]
Mi padre lee algunos pasajes del Quijote y ríe. Pero, ¿dónde se encontraba mi padre?, en la más difícil de las situaciones, perseguido y extraviado en plena selva tropical. Las condiciones no podían ser más adversas y sin embargo mi padre ríe tan espontáneamente que su risa es contagiada a sus compañeros. ¿Quién hizo el milagro? Un hombre que vivió hace cuatrocientos años y lo suscitó con palabras escritas en un papel.
* Fragmento del discurso al recibir el Premio Cervantes en 1992.