En un estilo directo y sin grandes juegos metafóricos Sabines le habla cara a cara y sin reservas al amor, al deseo, a la ternura, a la injusticia y a la muerte, reniega de Dios y lo hace a su manera. Él mismo se considera uno más entre los mentirosos: “Poetas, mentirosos, ustedes no se mueren nunca. / Con su pequeña muerte andan por todas partes/ y la lucen, la lloran, le ponen flores, /se la enseñan a los humildes, a los que/ tienen esperanza”. Y los versos anteriores muestran acaso su arte poética: la amalgama de vida, amor, muerte, lucha y poesía.
Sabines amalgama en su poesía preguntas fundamentales que nos hacemos todos; confronta la plenitud de la vida con la interrogación por su sentido, por ello nos dice que va por el mundo, como los amorosos, “llorando la hermosa vida”; por eso hace un llamado a la intensidad y descubre que lo que llamamos poético está en los objetos, en los detalles, en el acto simple y a veces doloroso, aunque siempre intenso de vivir; porque para la voz poética la existencia es un fluir y no un reclamo:
Cuando tengas ganas de morirte
esconde la cabeza bajo la almohada
y cuenta cuatro mil borregos.
Quédate dos días sin comer
y veras que hermosa es la vida:
carne, frijoles, pan.
Quédate sin mujer: verás.
Cuando tengas ganas de morirte
no alborotes tanto: muérete
y ya.
Se interesa por esos misterios cóncavos y convexos del devenir; pero también aleja los discursos e invita al acto de cantar con sentido, junto a los desposeídos, con la alegría del amor frente a los moribundos:
No digamos la palabra del canto,
cantemos. Alrededor de los huesos,
en los panteones, cantemos.
Al lado de los agonizantes,
de las parturientas, de los quebrados,
de los trabajadores, cantemos.
Su palabra cala en la plenitud de lo cotidiano y en la paradoja de vivir con el aliento de la muerte en el oído, ya que la humanidad no es más que una historia de contradicciones y de tanteos y de búsquedas. Un manojo de contrasentidos:
La policía irrumpió en la casa y atrapó a los participantes
de aquella fiesta. Se los llevó a la cárcel por lujuriosos y
perversos. Era natural. La policía no puede irrumpir en
las calles y acabar con otros escándalos, como el de la miseria.
A lo largo de los años, Jaime Sabines ha estado con nosotros, sin necesidad de erudiciones; su poesía forma parte de nuestra vida y de pronto al cocinar, al caminar o en una sala de espera, fragmentos de sus poemas acompañan nuestra rutina. Su obra publicada se inicia con Horal (1950) y prosigue con La señal (1951), Adán y Eva (1952), Tarumba (1960), Diario semanario y poemas en prosa (1961), Yuria (1967), Maltiempo (1972) y Algo sobre la muerte del mayor Sabines (1973). Su poesía fue reunida primero en Recuento de poemas (1962), después en Nuevo recuento de poemas (1977) y, finalmente, en Otro recuento de poemas (1991).Vive en nosotros su consejo: “Para los condenados a muerte/ y para los condenados a vida /no hay mejor estimulante que la luna /en dosis precisas y controladas”.
A continuación, disfrutemos de sus poemas (algunos leídos en voz del autor) con sus temas recurrentes: el amor, la muerte y ese reproche a un dios que le lastima y encanta.
