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Este febrero se cumplió un cuarto de siglo del hallazgo de la diosa
mexica, impactante monolito artístico, la Coyolxauhqui, que dio
origen al descubrimiento de los vestigios del templo principal de la antigua
Tenochtitlan. Sin buscarla, como una luna lastimada, aunque vibrante y
bella que emergía de entre las profundidades de la tierra, trabajadores
de la compañía de luz encontraron, justamente, a la diosa
de la melancólica luz inmemorial, una madrugada de febrero de 1978.
Portentosa, entera, enigmática, allí estaba la pieza completa
de piedra con vestigios azules, rojos y negros; de forma semiovalada con
sus impresionantes medidas: 3.40 metros de largo por 2.90 de ancho y un
espesor de 40 centímetros; su peso: 20 toneladas.
El horror de lo grabado en su superficie: una mujer mutilada, sangrante,
de torso desnudo que viste sólo un cinturón atado en forma
de doble serpiente, narra, sin duda, la historia de un suceso sangriento
y, a pesar de ello, la hermosura del tallado es monumental.
Si los que hemos podido pasar por allí, acaso inmersos en la prisa
de la vida urbana, acaso hasta maldiciendo que la calle se angoste por
los visitantes del Templo Mayor, pensáramos por un momento en el
enigma y el milagro que dejamos atrás...
De
cualquier modo...
...majestuosa, sin importarle la prisa del Centro Histórico de
la ciudad de México, la Coyolxauhqui, resplandece, lo mira todo
con un aire de ¿no qué no?, homenajea a fray Bernardino
de Sahagún, quien fue de los primeros en narrar su existencia (le
creyeran o no) y, a pesar de sus miembros cercenados, nos invoca un sentimiento
de nostalgia y grandeza ante la memoria de los siglos.
Reproducimos, a continuación un fragmento de bellísima prosa
(Tiempo cautivo. La Catedral de México, México, Porrúa,
1982), en la que el escritor mexicano Gonzalo Celorio descubre su encuentro
con esta pieza deslumbrante:
Al pie de las alfardas abismales del Teocalli, yace, desmembrada,
Coyolxauhqui, la que se pinta con cascabeles las mejillas: desnudas
las redondas crestas de sus huesos; esparcidos sus brazos y sus piernas,
como aspas de rehilete, en la luna cumplida que tiene por lindero y
por mortaja; dislocada la cabeza, roto el cuello como fauces feroces:
dentado. No con la vista sino con el rostro, Coyolxauhqui mira, pálida
y menguante, al nuevo sol: Huitzilopochtli, su hermano y victimario,
escalado en la cúspide del templo. Los crótalos sin fin
que le anudan codos y rodillas y el cráneo que le cierra la cintura
son herencia de su madre Coatlicue, la que viste falda de serpientes.
La madre de Coyolxauhqui y de los Centzon Huitznaoa las cuatrocientas,
las innumerables estrellas del país azul, barría el templo
en Coatepec, cerca de Tula, cuando descubrió un copo de plumas,
en el aire suspendido. Lo guardó en su seno y el vuelo del colibrí
desapareció tras haberla fecundado. Al advertir la gravidez de
su madre, Coyolxauhqui, ignorante o incrédula de la energía
de aquellas plumas, se propuso castigar el deshonor. Acudieron en su
ayuda los Centzon Huitznaoa, sus cuatrocientos hermanos, para dar muerte
a la que viste falda de serpientes. Pero he aquí que, armado
de todas sus armas, serpiente de fuego y escudo refulgente, encendido
el rostro, pintados de azul brazos y muslos, nació Huitzilopochtli
de las entrañas de la Coatlicue, y en el acto arremetió
contra los agresores de su madre. Despeñó de lo alto de
la sierra a su hermana Coyolxauhqui, la que se pinta con cascabeles
las mejillas, y persiguió a los Centzon Huitznaoa, sus cuatrocientos
hermanos del sur, hasta Huitzlampa, donde los hizo morder el polvo de
la tierra.
Decapitada Coyolxauhqui; apagados los Centzon Huitznaoa, amanece.
Huitzilopochtli, el Joven Guerrero,
el que obra arriba, va andando su camino.
Desde el vestigio de la última de las pirámides superpuestas
de que se tenga testimonio de piedra, asisto con terror al desenlace
de la tragedia: Coyolxauhqui descuartizada y el sol rozando y rosando
la toba volcánica que imprimió su precipitación,
desgarrando miembros y misterios.
Sin la ayuda protectora del enigma, la visión es insoportable:
a pleno sol, la luna muerta; ahí, desnuda, abierta sin pudores
ni secretos. De la revelación del misterio nace la tragedia.
La piedra me apedrea, me aplasta, me sofoca. De cara a Coyolxauhqui
muerta, me agobia la evidencia y sólo encuentro redención
y escapatoria en la belleza: por no sé qué prodigios,
este cuerpo desbaratado vive a pesar de su muerte contundente, no porque
no haya muerto del todo, sino porque no ha muerto para siempre: vendrá
la noche y la luna recobrará el misterio descifrado y yo, acaso,
la respiración perdida.
Decir
que han pasado 25 años de la irrupción sorprendente de una
de las obras artísticas más importantes de nuestra cultura
es fácil, conocer lo que implica es, por un lado
fascinante, y, por otro, la emergencia del tiempo mítico, la perseverancia
del misterio. ¡Qué bueno que somos un país con un
pasado tan esplendoroso! De esas raíces, beberá un promisorio
porvenir.
Ofrecemos
también una historia narrada e ilustrada por Juan Yadeun, que describe
con colores, información mítica y sencillez este capítulo
de nuestro pasado permanente: "Coyolxauhqui"
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apreciar a detalle la Coyolxauhqui
(peso 173.8K)
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