Auschwitz: en la piel y en la memoria. En el pasado y en el presente. En los libros de historia y en las calles de la Europa de ayer y en la de hoy. Auschwitz como símbolo del mal, como realidad contemporánea, como metáfora del odio y de lo inconcebible. Como historia de un pasado que se escribe lejano, pero que se vive presente. Auschwitz: poesía, pintura, memoria, cine, teatro, filosofía, suicidios, tatuajes, testimonios, Iglesia católica cómplice, silencio, Dios, otredad. Y, ¿qué más? Muertes, muertes y más muertes.

Auschwitz: 21 de marzo de 1941-27 de enero de 2005. ¿Cuántas muertes? Nadie sabe con exactitud cuántos seres humanos fueron gaseados. No hay registros fidedignos, no hay actas de defunción, no hay cementerios, no hay memoria de los cuerpos. La historia no alcanza, los supervivientes no bastaron. Algunos apellidos se perdieron para siempre. No hay ni siquiera cenizas. ¿Cuántas muertes? La imprecisión triunfa. La imprecisión es patética: por eso se puede matar, se puede seguir matando o se puede ser Pinochet o Scilingo sin que casi nada pase. Por eso se pudo, y se puede, exterminar sin que "casi nadie" se alarme.

Auschwitz: se ha dicho que en ese sitio no murió Dios sino que murió el ser humano. Leo en documentos confiables y fidedignos que en Auschwitz fueron aniquilados entre 1,000,000 y 5,000,000. Releo, resto y pienso: Cuatro millones de seres humanos son muchos millones de seres humanos. La brecha entre uno y 5 millones es enorme, es irrespirable. Contemos 1,000,001, 1,000,002, 1,000,003, 1,000,004... Leo otra vez y pregunto: ¿quiénes eran esos 4 millones de seres innominados y quiénes escriben esos datos sin apenarse por la magnitud de la imprecisión? Judíos, homosexuales, testigos de Jehová, minusválidos, gitanos y otros. Cenizas, 1,000,005... Cenizas, 1,000,006....

Auschwitz: se ha dicho que después de Auschwitz no debería escribirse poesía. Otros piensan distinto: Junto a mí vives, igual a mí;/ como piedra/ en la hundida mejilla de la noche (Paul Celan). Las cenizas que provenían de los hornos crematorios cubrían los pueblos vecinos. ¿Cuántos gramos de ceniza pesa un cuerpo humano calcinado sin dientes de oro, sin cabello, sin historia, olvidado? El olvido disminuye el peso de los cuerpos y la falta de cabello que servía para rellenar cojines aminora también la carga. Cenizas. Ni siquiera quedaron los cráneos como en Camboya, los cuerpos como en Ruanda, las fosas comunes como en Guatemala, los hijos raptados como en Argentina. Sólo cenizas. Sólo cenizas tatuadas por la imprecisión. En Auschwitz la muerte no fue amateur. Fue summa cum laude.

Auschwitz: al hablar del nazismo se ha cavilado acerca de la banalidad del mal. De la casi inconsciencia de los verdugos. De su trabajo -gasear- como un empleo cualquiera. De su oficio como obligación sin connotaciones buenas o malas. De su labor como servicio a la patria. ¿Qué decir? El mal no es banal. El mal es el mal. El hombre, la mujer, son quienes lo hacen banal. El mal es una actitud que pervive al lado del ser humano. Se toma, se enfrenta, se deja, se mira, se es o no se es. Auschwitz ni fue ni es huérfano. Ahí estaban el hombremujer. Aquí siguen el hombremujer: Ruanda, Acteal, Sarajevo, Camboya, los escuadrones de la muerte.

Auschwitz, dice Reyes Mate, "no fue sólo una gigantesca fábrica de muerte, sino también un proyecto de olvido". Por eso se calcinaba y no simplemente se mataba. Si el proyecto de la mayoría del pueblo alemán hubiese triunfado, el olvido, la cultura del silencio y la indiferencia hubiesen también ganado. No ganaron, pero no perdieron. Los genocidios no son historia, son presente. No, no ganaron; pero si de utilidad, moral o escuela se trata, de poco sirvieron las víctimas. La indiferencia es un mal humano. Olvido y cenizas son lo mismo.

Auschwitz fue abierto al mundo por las tropas soviéticas el 27 de enero de 1945. Han transcurrido sesenta años. Conmemorar es un gesto humano. Se conmemora para no olvidar, para rescatar, para sembrar, para preguntar. Para darle peso a todo lo que impida que triunfe la desmemoria y para que la indiferencia no siga siendo constante ni enfermedad sin cura.

Auschwitz debería ser semilla de la memoria moral, es decir, de la memoria colectiva e individual que recuerda y vive el pasado para impedir que lo siniestro se reproduzca o se viva nuevamente. A 60 años de la liberación de Auschwitz, la fuerza de la memoria moral es enjuta. Lamentablemente, la banalidad del mal y la indiferencia del ser humano pesan más que la memoria moral.

Tomado del periódico La Jornada (26 de enero de 2005)