Una tercera habitación que tuvimos fue cuando mi padre se volvió a casar y nos llevó a vivir al nuevo hogar que era, esta vez, en Mazatlán, Sinaloa. Ahí los hombres tenían su propio cuarto y nosotras el nuestro. Todo nuestro. Era la casa de las puertas cerradas a causa del aire acondicionado. Pero quizá también a causa de la madrastra. Se debía tocar, preguntar: ¿Se puede? Y esperar a que dijeran sí o no. Así hacían también en nuestro cuarto. Por supuesto, jamás dijimos: No, no se puede. Pero mientras no tocaran nos sentíamos inviolables. La puerta cerrada, para mi hermana y para mí significaba que podíamos jugar al juego con el que habíamos sustituido a mi madre. Una novela que escribía yo y que mi hermana alimentaba con sus ideas. Pasaba en Acapulco, en donde las madres no se morían jamás y las niñas tenían dotes prodigiosas para todo. La leía de pie en la cama, bajito, y la escondía si tocaban a la puerta.

Servía también lo de la puerta cerrada para que la hermana ofendida se encerrara ahí un rato. Cerrabas por dentro. La otra, la ofensora, tocaba muy disimuladamente, no se fuera a abrir la puerta central y comenzaran preguntas enojosas. No era exactamente soledad lo que sentía la encerrada, sino tensión. Había que despachar rápido el enojo para que no se convirtiera en un problema con intervención general.

Servía también cuarto para mirar por la ventana y ver una vida totalmente distinta a la nuestra. Había que hacerlo disimuladamente; que no se percatara nadie de que uno estaba espiando porque los mirados alzaban la cara y echaban mentadas de madres, y los de arriba, la ventana central, nos regañaban. Era, no obstante, una ventana tentadora.

Anterior | Siguiente