Jennie Ostrosky Shejet
Me inundan los recuerdos de ti
discúlpame,
la literatura me mató
pero te le parecías tanto.
Cristina Peri Rossi, Diáspora
Tema recurrente en la obra de María Luisa Puga es una suerte de autobiografía del proceso escritural y de la diáspora, vista como ese eterno yo desplazado al que tanto se ha referido Tzvetan Todorov. La escritura en Puga se me figura como un espejo frente a otro que devela intersticios de algo que se iba a plasmar, pero que parece huir inexorablemente. Por más que el lector ingrese en un fluir pleno y gozoso al sumergirse en sus diferentes textos, en éstos se hallan innumerables tematizaciones de la escritura vista desde el placer de la caligrafía, pero también desde el garabato de la muerte; ese divorcio entre el anhelo y el trazo que la narradora de la novela Antonia (alter ego de María Luisa) llama, la densa bruma de en medio:
...Uno habla con muchas frases sin terminar, y no por indecisión sino porque lo que se siente y lo que se logra decir tienen una densa bruma en medio. Los silencios intempestivos que cortan de tajo la elocuencia se deben al profundo sabor de insatisfacción; de desazón muchas veces.
A pesar de que en mi opinión la discontinuidad entre proceso y discurso es tema recurrente en toda la obra de esta narradora voy a hablar de Antonia , ¿Por qué de esa novela y no un rastreo general de la diáspora, de esa condición de desplazado, a lo largo de su narrativa? Porque para mí Antonia es eje de los sustentos del proceso de asir algo que grita por salir, pero antes se sumerge de manera más intensa en sus diversos transcursos por intentar quedar manifiesto, porque más que la expresión, se trata de una búsqueda perenne y muchas veces insatisfecha del impulso de la misma; un vivir al filo del deseo de expresar con la claridad de la luz perfecta, cuando se filtra a través de los visillos de un instante. ¿A qué llamo sustentos del proceso de plasmar la imaginación creadora?: a la juventud, la distancia del país natal, vivir y verse vivir, la soledad, la fragmentación, el amor, la amistad, el llanto contenido, la esperanza de la desesperanza, la memoria y la muerte. Y de eso está hecha la novela: del lance exploratorio del yo para dar sentido a la vida por el que transitan cuatro jóvenes durante la cima del parte aguas que fue y ha sido 1968.
“Da lo mismo”, tres palabras pronunciadas por Antonia abren el contrato de lectura. La narradora e interlocutora, al igual que el lector, se pregunta ineludiblemente: Da lo miso ¿qué? Y he ahí el comienzo de todo: ¿Da lo mismo tener veinte años o cuarenta o sesenta, mientras se recibe el diagnóstico de un cáncer maligno? ¿Da lo mismo continuar con la captura del impulso de la expresión o claudicar? ¿Es igual descubrir el amor con y sin tumor?, ¿en el propio país o en otro, en condición de fuereño ? ¿Da lo mismo la página en blanco que el cuaderno de notas o simplemente no escribir? ¿Da lo mismo, pues, buscar sentido a la literatura o la escena, mientras se está por quiensabecomo y quiensabecuántotiempo, vivo?
De entrada la trama no aparenta gran complejidad: dos jóvenes mexicanas inician una prelación amorosa en Londres, tienen “veinte años en punto”; sus compañeros, a quienes conocen poco tiempo después de llegar a esa ciudad, son uno de nacionalidad francesa y, el otro: colombiana. Una de las parejas busca la expresión a partir del hecho teatral; de la intensidad de la escena; la otra, a partir de la crítica política y de la literatura; ansias y desasosiegos paralelos; encuentros y desencuentros. A los pocos meses de la llegada de las mexicanas a Londres, a Antonia le diagnostican cáncer en un seno, de allí el pasar los días en la misma búsqueda, no sólo transitando en la vida, sino al lado de la muerte. Tres jóvenes obsesionados con la proximidad de la muerte y una mujer a quien da lo mismo, con tal de estrujar cada momento que se convierte en destello de revelación.
Cuatro jóvenes —ninguno llegaba aún a lo treinta— esforzándose por conquistar su manera de estar en el mundo, su lenguaje, su sueño, aunque no se piensa en esos términos. Se vive simplemente [...] por más que las comunas estuvieran de moda en esa época, ninguno tenía la más mínima inquietud al respecto. Era más barato vivir así, eso era todo.
Y cuando la narradora le pregunta a Antonia si no preferiría vivir sola con su pareja, ella responde: “Da lo mismo , porque el grado de soledad o de compañía son iguales esté quien esté.”
Es durante ese desarraigo, mientras en México se producen las matanzas de estudiantes y en América Latina las desapariciones y las pesadillas de las dictaduras, que la narradora yergue a la escritura como acto, acaso único, de identidad y de significación, y este es para mí, uno de los puntos medulares que quiero tocar: esa suerte de paradoja del proceso escritural que se pone de manifiesto en la novela.
Siguiendo a Maurice Blanchot, “el escritor no escribe para expresar la preocupación, que es su norma. Escribe acaso sin objeto, en un acto que posee, sin embargo todas las categorías de una composición pensada y cuya preocupación exige, en todo momento, la realización. No sabe qué hacer de esa ansiedad que quiere manifestarse.” Es decir, el escritor absorbe lo paradójico de su tarea en la pasión oculta que quiere revelar; quien escribe intenta dar un sentido a una serie de operaciones que se transfiguran en texto; al escribir, “todo en el espíritu busca ser conexión necesaria y valor puesto a prueba; todo, en la memoria, recuerdo de un lenguaje aún no inventado e invención de un lenguaje que se recuerda”.
Esta inmersión en la indagación del sentido de la escritura ha sido tema primordial a lo largo del devenir de la literatura y es tratado magistralmente en Antonia. Ya en el primer capítulo nos enfrentamos con un verdadero y de alguna manera doloroso cuestionamiento existencial de la narradora: “¿Cómo es alguien que quiere escribir y no necesita trabajar para vivir? ¿Alguien que estudia para escribir?” Porque la juventud y la no pertenencia al país donde se está viviendo, hacen al personaje desenvolverse en un ambiente de articulistas y publicistas latinoamericanos que aspiran, en un futuro para ellos no muy lejano, dedicarse a la escritura. Por ello en Antonia la narradora, que para mantenerse trabaja como oficinista en una publicación inglesa que analiza temas latinoamericanos, expresa:
Pero todo eso era infinitamente más amable, más colorido, más... cuando en la oficina había reuniones para discutir el artículo de portada de la revista, se hablaba de política, de economía, de agricultura, nunca de la desesperación de un ser humano; de sus conflictos con la muerte; de... de... de lo que yo quería escribir, pues.
Y algo similar sucede, como a manera de relato enmarcado, en la novela y en el teatro. Antonia desea ser actriz y su compañero director teatral, hay en ellos la misma búsqueda de sentido y de significación, en la que no da lo mismo la menor inflexión, ese leve matiz —ya grito, ya susurro— ese blanco activo de la escritura que equivale a la pausa en la acción, esa delicada e instantánea forma de tocar lo inasible que tiene el medio tono, esa eternidad súbita en que la imaginación creadora conjura, rompe el símbolo de las cosas en las propias cosas, momento único y sagrado en el que se verifica plenamente el recuerdo de un lenguaje aún no inventado y la invención de un lenguaje que se recuerda ; esa manera, en fin, como dice la narradora de la novela: “de posar los ojos en las cosas, [de] recorrerlas milímetro a milímetro dejándolas palpadas”. O bien, el modo en que la vida de uno o de los otros —ficción más, ficción menos— se entremezcla con la caligrafía que conduce a borradores y a manuscritos que desembocan, a veces, en escritura: “La conversación servía para palpar el mundo por medio de las palabras y a la vez palpar las palabras. Hablar de uno se hace sólo en contados momentos: al borde de la muerte, por ejemplo. Después de hacer el amor, a veces.”
Antonia , según reveló María Luis Puga en entrevistas posteriores a su publicación, como también lo deja entrever el personaje de la narradora que aspira a escribir, es el resultado de un ejercicio de recreación, un juego más entre existencia, dolor, soledad y memoria: reminiscencia del llanto contenido como esa luz rasante del escenario.
Ahora comprendo, claro veinte años más tarde, cuánto de indagatorio había en nuestras actitudes [...] Formulábamos nuestros deseos de una manera amplia, no tanto porque quisiéramos mucho, como porque no teníamos cómo precisarlos [...] La memoria tiene un funcionamiento extraño. ¿Qué es memoria? ¿Qué es comprensión de algo transcurrido hace años?
Cuatro destinos. Cuatro interioridades desarraigadas frente a la intensidad y al lado “de la respiración acompasada de la muerte”. Afuera Los Beatles, las matanzas y los desaparecidos en el continente. Fuera y dentro, la inminente partida de Antonia, la percepción “de la soledad de los cuerpos humanos. La impotencia. El [ inútil ] convencionalismo de las palabras…
Pero Antonia sigue entre nosotros, si consideramos con Paul Ricouer que el tiempo narrativo ofrece una posibilidad de continuar más allá de la muerte de cada uno de sus protagonistas y, a fin de cuentas, la trama es capaz de insertar la muerte del héroe en una historia que supera cada uno de los destinos individuales.
Una veintena de años después en dos textos de carácter autobiográfico, frente al dolor y con la muerte otra vez al lado, María Luisa es fiel a lo que anheló como proceso de escritura y es así que en Nueve madrugadas y media , leemos: “Creo que escribo para no contar nada. Escribo para desahogarme, para entender, para hacer reales las cosas que veo cada día [...]. Si no las veo en palabras se me evaporan, me atraviesan la conciencia como si fuera aire, inasible lo vivido. Me desespera.”
Congruente y plena también fue siempre su convivencia con el dolor, allí también volvemos a oír la voz de Antonia, a imaginar esa frágil figura, apretando su pelotita roja, para impedir la paralización de la mano, con la plenitud en los labios y la sangre viva dentro del cuerpo lastimado. María Luisa la retoma y acaso se transubstancia con ella por eso, porque lo sabe, en su Diario del dolor le dice a este antiguo compañero y a nosotros: “Digamos que da lo mismo”:
Digamos que da lo mismo, dolor : que te angusties por esto o por aquello. Da lo mismo , porque a estas alturas, ya sabemos que lo que va a pasar, va a pasar y que es risible que nos llenemos de tantas aprensiones y miedos… imaginando ¡hazme el favor! Es como vivir por adelantado las infinitas versiones de lo que podría ser lo que va a pasar… Por eso es mejor mantenerse ocupado, usar las manos y concentrase en lo que sea que hace uno. Me he dado cuenta de que últimamente hago lo que hago en cámara lenta y me gusta mucho; cada uno de los movimientos se vuelve importante y tiene que ver con lo que se busca como resultado. A mí siempre me ha gustado escribir a mano y ver cómo voy llenando los renglones, al mismo tiempo que cuento lo que quiero contar; pero ahora que lo hago en cámara lenta, me fijo que el trazo de la “t” es sumamente placentero, igual que picar cebolla muy finita o lavar un suéter con agua tibia… Quisiera que alguna vez me acompañaras a barrer, dolor: no sabes lo maravilloso que es, aún desde una silla de ruedas, pruébalo y verás que la conciencia se te limpia, se vuelve tersa y dispuesta para lo que venga. Y mira tú, hoy te quería hablar del desamparo, pero pensar que mañana voy a barrer la terraza hizo que se me olvidara por eso digo: da lo mismo, en serio.
 Bibliografía citada:
BLANCHOT, Maurice. “Sobre la angustia en el lenguaje” en Falsos pasos , Valencia: Ed. Pre- Textos, 1977.
PUGA, María Luisa. Antonia, México: Punto de lectura, 2004.
______. Nueve madrugadas y media , México: Alfaguara, 2003.
______. Diario del dolor , México: CONACULTA/INBA/Universidad del Claustro de Sor Juana/Alfaguara, 2004.
RICOUER, Paul. Cf. Tiempo y narración, trad. Agustín Neira, México: Siglo XXI, 1998, 3 tomos.

Recuerdos de María Luisa Puga (entrevista a Isaac Levín)
Claudia Aguilar Ballardo |
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