Claudia Aguilar Ballardo

Entrevista a Isaac Levín, también narrador, fue y compañero y cómplice de Puga desde 1982.

Martes 4 de Enero de 2005

“María Luisa (Puga) no era un ser humano, era escritura”, dice Isaac Levín. Si ella pudiese contestarle, seguramente habría estado de acuerdo, pues una vez —en entrevista— afirmó: “Para entender la vida, hay que ponerla en palabras”.

La escritora se fue (a los 60 años, debido a un linfoma, el pasado 25 de diciembre en la Ciudad de México) y no obstante, para el común de los lectores quedarán como presente las novelas, los cuentos y otros escritos que ella confeccionó con una pasión profunda por su oficio.

Incluso, es muy probable que haya un poco más de Puga, pues existe un par de novelas inéditas que —luego de “ver los aspectos legales”— saldrán a la luz. La primera sobre la vida y la muerte “de un hermano mío, que precisamente murió de cáncer”, explica Isaac Levín. La segunda trata sobre una comuna en Cuernavaca, que escribió hace alrededor de 30 años, pero “nunca quiso publicar” por respeto a quienes aparecen ahí.

Sin embargo, para Levín, que vivió con ella por tantos años, la pérdida significa otra cosa. Pese a que “yo tengo una visión muy propia” sobre la muerte, dice, pero se calla en seguida “porque de eso no se trata la entrevista”.

Se trata de ella, y por eso estamos en el que fue su estudio. Es una habitación amplia, con un tapanco en un segundo nivel, al fondo, techo con madera, tres de los muros con estantes para libros..., y un escritorio junto a una ventana que mira al norte, especialmente a Esteban, el árbol que guardará sus cenizas, como ella pidió.

Levín, también narrador, fue compañero y cómplice de Puga desde 1982. Hace poco, Elena Poniatowska dijo a un periodista que él había inventado “toda clase de aparatos a la manera de Leonardo Da Vinci para facilitarle la vida” y de hecho, él mismo recuerda haberle construido una suerte de estudio ambulante sobre una camioneta wagonner, “una vez que ofreció 34 conferencias en un circuito” por la República.

Lo hice con gusto, expresa convencido, “si no me manda a volar, se busca otro”. En el estudio, se respira el aire frío de Zirahuén, cuyo azulísimo lago se mira desde las ventanas. Todo alrededor es bosque, pues la casa en general (esta habitación, junto a otra similar: el estudio de Levín) se esconde entre el follaje.

Sus cenizas —explica— se van a depositar en Esteban un día de estos, “no sé cuándo... Por mí, ya las hubiera esparcido” en el lago, pero Saúl Juárez me ha pedido que hagamos un acto-homenaje y además Hugo X. Velázquez (a quien ella dedicó Cuando rinde el horno, La cerámica de... ) le está confeccionando una urna.

Mientras tanto, aquí persisten los ecos de su actividad, y también los fantasmas de la enfermedad que acompañó a la autora de Pánico o peligro.

En realidad, Velázquez fue quien me presentó a María Luisa —cuenta Levín—. Yo había decidido formalizar mi escritura y le pedí consejo. Él sabía que ella daba talleres, así que terminó presentándomela, en 1982, “u 83”.

Entonces, “María Luisa era muy, muy bella” —recuerda— y dado este y otros muchos atributos, “no es raro” que el alumno se enamorase de la maestra. Pero continuó trabajando en sus talleres, en forma durante cuatro años, y prácticamente el resto de su vida en común como oyente, pues “me gustaba”.

Después de un año como pareja, llegaron a este lago juntos, “un mes antes del temblor” de 1985.

— ¿Por qué vinieron a Zirahuén?

“Primero fue mi idea. Yo quería salir del Distrito Federal, como fuera. Conozco prácticamente toda la República y pensaba en algo más o menos cercano a la familia y los amigos, como Veracruz o Michoacán, que siempre me había gustado... Pero no era venir aquí u otro sitio, era salir de ahí”.

Levín dice que cuando descubrió el lago “lo vi tan azul como ese estambre” —una madeja de azul eléctrico que hay sobre uno de los muebles—. Desde entonces, Zirahuén fue referencia para algunos de sus relatos y quizá por ello, Puga aceptó zarpar con él. “Me gustas mucho, pero lástima, ya me voy”, refiere él, ensayando un diálogo pasado. “Cómo —habría exclamado ella—, primero déjame ver el lugar, ya viví en San Blas, me gusta el campo”. Cuando llegaron ella descubrió que además “era propicio para escribir”, él sentenció: “Aquí me voy a morir”, así que se quedaron más de 20 años, en la casa que ambos diseñaron. “Pero no fue el lugar, fui yo”, aclara don Isaac, y la broma se le hace agua en los ojos... “A ella le gustaba que la hiciera reír, incluso me provocaba” para ello.

Al cabo de un rato, agrega: “María Luisa nunca persiguió la fama. Cuando venimos, su mejor amiga (Cocó) le decía que estaba loca, que desde aquí no podría hacerse una carrera, pero ella siempre respondía: ‘Mi único interés, es escribir'”.

Lo que dicen sus amigos es cierto. “Despertaba en la madrugada (a las 4:00 de la mañana, han contado) para hacerlo, y también lo hacía durante la noche, pero esto era la escritura formal”, el oficio, digamos. En esos momentos, “era absolutamente imposible que yo la interrumpiera, ni por un beso, hacerle el amor, ofrecerle frituras, nada: su espacio, su tiempo y su escritura eran sagrados”.

Lo otro, era la escritura en sí, que podía ocurrir sobre un avión, en carretera, en un restaurante o bien incluso durante un homenaje, como ocurrió en Morelia, a finales de 2003. Y aunque había cada vez más años en paralelo, él continuó respetando ese diálogo íntimo entre Puga y la literatura.

“Ese montoncito que ve ahí, es lo que estaba haciendo” antes del fin, explica con la mirada en un altero de hojas que se hubieran convertido en una nueva novela. La computadora también ha desaparecido de aquí (al menos por ahora), pero hay un estante lleno de sus diarios.

Gato —el felino de la casa, y personaje de Diario del dolor , “hace dos días que Gato no ha vuelto”, cita él— ha llorado apenas hubo gente en el estudio, y ahora permanece frente a Levín, como si estuviera interesado en la charla.

Entre las fotografías, las pinturas y los libros de su mujer, don Isaac señala los diarios. Tampoco los leyó —a menos que fuera a través de su voz— y poco sabe lo que contienen. Ella se los heredó a su hermana Patricia, tal vez porque “yo decía que me daba hueva leerlos”.

El último de ellos: el número 188, aún está sobre la mesa. Es una libreta forrada en tela beige, cuyo interior guarda cientos de líneas cafés, con la letra menuda y juguetona (pero también ordenada, limpia) de María Luisa. Una de las páginas, dice: “Hoy vomité la sopa”.

Sé que los separaba en secciones —explica— y efectivamente ese diario comienza con un “índice temático”, que ordenaba a través de símbolos: proyecto, ideas para taller, para novelas..., cada cual como una posibilidad a ser cristalizada durante el día, y más tarde transformada con herramientas literarias.

Redactó diarios desde los nueve años (cuando murió su madre y escribía para entender... pero ahondar en ello no sería original, “no va en la entrevista”) y al final resultaron ser casi 200, pero —señala Levín— “una vez me contó que en uno de esos momentos de locura quemó diarios de 20 años”.

Tenía mucha pasión y método, dice, pero sólo en la escritura.

— ¿Y para vivir?

“Es difícil contestarle. A ella no le interesaba la fama, ni la cocina, ni ir con el dentista: quería escribir... Ella era libre, pero hacía todo lo que tenía que hacer (...) Era una mujer simpática, alegre, muy bella”.

— ¿Siempre mantuvo ese carácter?

“Yo me encargué —exclama, y la broma todavía duele—. Era muy dulce, le gustaba que la hiciera reír, y también me leía novelas o (a veces) sus diarios cuando iba manejando... Hacía los viajes muy placenteros”.

— ¿Nunca se sintió excluido, por la literatura?

“Nunca fui celoso, jamás. La acompañé prácticamente a todos sus talleres. ¿Enseñar? Sí, a ella le divertía y le gustaba tratar con la gente; podía mantener en un mismo sitio a gente de distintas edades y muy diversas ocupaciones y ponerlos de acuerdo y a todos los manejaba...

“Pensar que era habilidad sería rupestre. Ella era mágica para eso, tenía una sensibilidad especial, los hacía leer y escribir”.

Más tarde, señala: “Fue mala suerte”, cuando referimos su desaparición. Un diagnóstico tardío (y aquí reconoció el genio de la doctora local, Lourdes Sánchez, porque fue “la única que le atinó cada vez” que se le pidió un dictamen) y signos y molestias mal atribuidos.

— ¿Cree entonces que ella nunca se planteó la muerte?

“Tal vez. Ella tenía miedo de la muerte, como todas (bueno, casi, yo tengo una visión muy propia...) las personas. Quién sabe cuánto lo sospechó, pero nunca lo dijo, quizá eso se encuentre cuando lean sus diarios... Yo voy a sugerir (a Paty, su hermana) que hagan un esfuerzo por leerlos”.

— ¿Por qué?

“María Luisa decía que eran muy aburridos, pero pudo ser modestia. Ella era una escritora de primera intención: le salía bien, escribía tal como el mundo literario la conoce.

“Entonces, habrá quien le guste y también quien diga que María Luisa Puga no sirve, pero yo..., le habla alguien que vivió, y vive aún, enamorado de su escritura”.

* Tomado del periódico Cambio de Michoacán.


La densa bruma de en medio: el proceso escritural frente a la diáspora y la muerte
Jennie Ostrosky Shejet