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Al cabo de unos años regresamos al D.F., en donde nos pusieron en un cuarto muy bonito, pero en donde éramos francamente infelices. Yo escribía en un cuaderno toda mi infelicidad, apoyándome en un tocadorcito decorado muy primorosamente y sintiéndome sofocada por ese primor, que estaba en las colchas, en las cortinas, en mi alma que se desesperaba de color de rosa floreado. Pero en ese cuarto fue donde mi hermana y yo comenzamos a planear irnos a vivir por nuestra cuenta. Y yo tendré un escritorio para poder escribir en serio, añadía siempre.
Lo hicimos como a los dos años. Mi hermana tenía 18 años; yo, 20. Un escritorio. Alguien me lo regaló. A lo mejor era el del cuarto de mis hermanos, no sé. El departamentito estaba en la colonia Roma. La única otra puerta que había además de la de la entrada era la del baño. Tomábamos muy en serio lo de la vida solas, lo de la independencia, lo del respeto. Mi hermana me obligaba a escribir en el baño porque si no no podía dormir.
Para convertirme en escritora yo me alimentaba fundamentalmente de imágenes románticas, de novelas o películas, y lo de escribir en el baño no lo había visto en ninguna parte, por lo que dividimos el departamento con una cortina. Ya estaba. Tenía un escritorio, una máquina de escribir, y una cortina a mis espaldas. Las ventanas habían quedado del lado de mi hermana, y terminábamos por correr la cortina y platicar: cómo nos había ido en nuestros trabajos.
Un día robaron el departamento, y lo único que dejaron fue el escritorio. La cortina también.
Decidimos buscar algo más seguro, y encontramos un departamento de dos habitaciones, sala y comedor en Polanco. Mi escritorio fue a dar a una de las habitaciones que desde ese momento comenzó a llamarse “mi estudio”. Pero ahí fueron a dar los trebejos también. Yo escribía en la mesa del comedor, o muy temprano en mi cama, tapando la lámpara con una pañoleta.
Mi estudio. Mi lugar para escribir. Ser escritora. Todo era un juego. El lenguaje era un juego que se jugaba con los demás; para los demás. Fueron realmente muy pocas las veces que me quedé sola en aquel departamento para ponerme a escribir. Aunque hablaba de eso todo el día. Y leía mucho. Debe haber sido a causa de alguna novela, que decidí tener mi propia habitación. No es imposible que haya sido Virginia Woolf. Mi hermana no entendía para qué. Ahí está el otro cuarto. Allá te puedes poner a escribir. ¿Para qué quieres dormir allá? Bien bien no lo sabía. Nunca habíamos dormido en habitaciones separadas y se me ocurrió de pronto que eso era lo que me faltaba: poder cerrar una puerta a cualquier hora del día. Poder encerrar mis ideas. Que no se contagiaran de nuestra plática cotidiana, porque esa era la cosa: mi hermana y yo hablábamos todo el tiempo de todo. Desde la muerte de mi madre teníamos la necesidad de ese puente que sustituyera su presencia. Y cualquier cosa, lo que fuera, una vez habada ya no podía ser escrita.
Esto lo sentía de una manera muy amorfa, muy intuitiva, por eso lo de mi cuarto aparte parecía un juego. Una pose, decía ella. Te haces la intelectual, Y lloramos mucho la noche que pasé mi cama al otro cuarto.
Ahora puedo pensar que fui haciendo las cosas que necesitaba hacer para poder ponerme a escribir. A la distancia parecen actos lógicos, ordenados, planeados, pero no. Era un manoteo a ciegas totalmente, y en buena medida sí era un juego; una pose. Había que imitar las novelas. Vivir las lecturas porque eran los únicos modelos que tenía para empezar a ser. No tenía ninguna otra formación.
Recuerdo una tarde en que me quedé sola “porque tenía que escribir un cuento”. Era un cuento que he escrito muchas veces después de mil maneras. Cuenta siempre lo mismo: cómo se ve le mundo desde abajo. Se trataba de una mesa bajita que sólo veía empeines y juzgaba el mundo desde ahí. Eso quería escribir aquella tarde. Quizá fue la primera vez que oí el silencio que la escritura forma antes de dejar oír su voz. Fue un poco aterrador, la verdad. Mi hermana ya andaba un poco harta de mis constantes anuncios: es que quiero escribir, voy a escribir, tengo que escribir. Escribe, pues, ya no lo anuncies tanto.
Sí, ¿verdad? Ahí sola, en el departamento, una tarde… ¿cómo demonios se empieza? Imágenes: caminar por el departamento. Eso lo había visto en alguna película. Con las manos asidas pro detrás, sí. Una pipa. No. Expresión de sufrimiento… de arriba abajo, una vez y otra y otra.
Veo los objetos, los espacios, los sonidos de aquella tarde a medida que escribo esto. Veo el rostro plano, indiferente del tiempo. Escucho mis pasos pesados de inutilidad y siento el mundo allá afuera, ajeno a mis dificultades. Se me antoja el vivir de los demás. Quisiera estar allá; ser parte. No volver a decir nunca que voy a escribir. Qué tremenda soledad y qué tremenda libertad. Es un juego, un juego, me repito, pero lo incomodidad es cada vez peor. Sólo escribiendo puedo quedar libre otra vez. Y es cuando me acuerdo de la mesa y me pongo a espiarla. Me acuesto en el suelo, la veo con un ojo, con los dos. Con la puerta entreabierta; la cubro de libros. Me paro sobre ella, la empujo, la toco. Es un juego. Un juego raro que me da un poco de miedo. Como si por primera vez viera, oyera, sintiera. Y la mesa tan hermética, tan severa, como interrumpida en su ser mesa. Por la calle la gente pasa campante. No sabe que aquí hay una mesa que.
Pues sí. Escribí algo aquella tarde. Un relatito que al día siguiente leí a todo el que se dejó. Mi hermana sólo dijo: Estás loca.
La verdad es que sí tiene que estar uno un poco loco para dedicarse a escribir. Para escoger ese estado esquizofrénico que llega a ser aterrador a veces. Para quitar esa línea que nos separa de lo otro, que nos contiene en un yo claramente establecido y diluirnos en una nada que se escurre por todos lados hasta cobrar cuerpo de escritura. Queda uno tembloroso después; vació… un poco muerto porque algo propio ha trasladado su existencia a otra parte.
*Fragmento de De cuerpo entero , editado por Universidad Nacional Autónoma de México y Ediciones Corunda, México, 1990.
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