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La primera habitación de la que se tiene noción está por lo general llena de hermanos. Al menos en mi caso, así fueron los primeros nueve años porque dormíamos todos en el mismo cuarto: dos hombres y dos mujeres. Ellos mayores, tiránicos, bruscos. Nosotras con el inefable recurso del chillido y “te voy a acusar con mi mamá”. Almohadazos; gritos sofocados; risas. “Ya apaguen la luz y dejen de retozar o mañana no van a la playa”. Porque esto era en Acapulco y quizá no sería inexacto decir que mi primer cuarto, el primer lugar en donde me sentí sola para poder espiar eso que era el mundo fue la playa. Como nativitos que éramos, conocíamos lugares privilegiados en donde los turistas no asomaban la nariz. Fabricábamos nuestras propias veredas en el monte para llegar hasta el mar. Vivíamos por Caleta.
Pero mi madre murió y todo cambió. A los hermanos se los llevaron a estudiar a México; a mi hermana y a mí nos dejaron en casa de mi abuela materna a esperar el regreso de mi padre. Su reorganización de la vida, creo que decían. De la habitación llena de hermanos y juegos, pasamos a una que contenía muy matriarcalmente a mi abuela. Ahí pusieron nuestras camas.
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