Jaliciense,
como Juan Rulfo y miembros ambos de la generación de escritores
que transformó la literatura mexicana y puso dentro del panorama
mundial, Juan José Arreola fue el escritor que con mayor
libertad permitió que la imaginación se desbordara
de su causes y consiguió una escritura que se apropia de
las convenciones genéricas para trastocarlas y dar vida a
una literatura novedosa y sorprendente. Borges dijo que "desdeñoso
de las circunstancias históricas, geográficas y políticas,
Juan José Arreola, en una época de recelosos y obstinados
nacionalismos, fijó su mirada en el universo y en sus posibilidades
fantásticas"; también dijo que aunque nació
en México en 1918, "pudo haber nacido en cualquier lugar
y en cualquier tiempo". En una época que nuestro país
se decidía por el realismo y las tendencias la literatura
de la tierra, Arreola, sin desdeñar realmente esos temas,
construyó alegorías universales de la vida nacional.
La narrativa de Arreola fue durante un largo tiempo un problema
para los especialistas en literatura. Sin afiliarse a un movimiento,
ni siquiera a una vanguardia específica, fue una apuesta
por la imaginación y el ludismo. Por otra parte, el sentido
del humor y las formas de la ficción breve que cultivó
Arreola condicionaron durante un tiempo que su literatura fuera
vista con recelo. Sin embargo, en cuentos como "El guardagujas",
"La migala", "El miligramo prodigioso", "Baby
H.P.", "Botella de Klein" es posible encontrar las
huellas que dieron origen a una nueva tradición de literatura
mexicana. De hecho, la importancia de Arreola en el campo de la
legitimación de la ficción breve para el canon de
la gran literatura apenas se empezó a reconocer hace unos
diez años.
Otro de los terrenos en que Arreola se apartó de la práctica
usual de la literatura mexicana fue en asumir los retos que plantea
hacer literatura de imaginación. En la narrativa de Arreola
el absurdo, lo fantástico, lo alegórico se unen en
estructuras entretejidas de ironía y simbolismo. El compromiso
de escribir literatura mimética pude ser representar adecuadamente
el mundo, pero el de escribir literatura fantástica es representar
adecuadamente los sueños, dejar entrever por las fisuras
que la realidad ofrece un mundo más terrible o más
brillante, pero menos monótono. Es también permitir
que la realidad deje de ser para que signifique. En "El guardagujas",
horrible y festiva caricatura de una realidad nacional sin rumbo,
se han querido ver las huellas de Kafka. Puede ser verdad, el absurdo
y la aceptación monocorde del destino, la falta de sorpresa
y de reacción ante una realidad que nos rebasa y nos destruye
están presentes, pero creo que Kafka nos hace llorar y Arreola
sonreír.
Y, para todos aquellos que aún creen que la literatura fantástica
es una forma de evasión, existe la respuesta de "El
prodigioso miligramo" en el que un objeto, al parecer completamente
inútil, se convierte en el eje del mundo, donde la fe y la
humildad son suficientes para justificar la transmutación
y conmocionar los cimientos del mundo y donde, al olvidarse los
fundamentos de esa misma fe, las formas más espúrias
de la imitación destruyen toda posibilidad de subsistencia.
Hay quienes recordaran a Juan José Arreola cómo quien
rompió con las estructuras tradicionales de la literatura
mexicana; hay quienes lo pensaran como un escritor del boom latinoamericano
(otros, haciéndose eco de él mismo, como un insubordinado
del boom; Borges lo consideró un no afiliado a los "ismos"),
pero todos lo recordaremos como un gran escritor, tal vez el mejor
escritor de ficción breve de México.
Hay recuerdos que no pueden apagarse pasé lo que pasé.
Arreola ya no es una presencia o una señal, pero sigue siendo
una luz en la memoria. Lo recordaremos como uno de los tres grandes
escritores de Jalisco, como el último juglar, o como el primero
que le abrió las puertas de la imprenta a escritores Carlos
Fuentes o a Elena Poniatowska; lo recordaremos por sus intervenciones,
afortunadas o no, en la televisión, lo recordaremos por las
no por eruditas menos entretenidas charlas que sostenía con
Antonio Alatorre, pero, sobre todo lo recordaremos como aquel vario
y prodigioso ingenio capaz de alegrar la visión de Kafka.