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Fragmentos
de Gabriela, clavo y canela
DE
COMO NACIB CONTRATÓ UNA COCINERA O DE LOS COMPLICADOS CAMINOS DEL
AMOR
Dejó
atrás la feria donde las barracas estaban siendo desmontadas, y
las mercaderías recogidas. Atravesó por entre los edificios
del ferrocarril. Antes de comenzar el Morro Da Conquista estaba el mercado
de los esclavos. Alguien, hacía mucho tiempo, había llamado
así al lugar donde los "retirantes" acostumbraban acampar,
en espera de trabajo. El nombre había pegado y ya nadie lo llamaba
de otra manera. Allí se amontonaban los del "sertao"
huidos de la sequía, los más pobres de cuantos abandonaban
sus casas y sus tierras ante el llamado del cacao.
oooLos
terratenientes examinaban el grupo recién llegado con el látigo
golpeando sus botas. Los del "sertao" gozaban fama de buenos
trabajadores.
Hombres
y mujeres, agotados y famélicos, esperaban. Veían la distante
feria en la que había de todo, y una esperanza les llenaba el corazón.
Había conseguido vencer los caminos, la "caatinga", el
hambre y las cobras, las enfermedades endémicas, el cansancio.
Habían alcanzado la tierra pródiga, los días de miseria
parecían terminados. Oían contar historias espantosas, de
muerte y violencia, pero conocían el precio cada vez más
alto del caco, sabían de hombres llegados como ellos del "sertao"
en agonía, y que ahora andaban con botas lustrosas, empuñando
látigos de cabo de plata. Dueños de plantaciones de cacao.
oooEn la feria había estallado una
riña, la gente corría, una navaja brillaba a los últimos
rayos del sol, los gritos llegaban hasta ahí. Todos los fines de
feria eran así, con borrachos y barullos. De entre los del "sertao"
se escapaban los son4es melodiosos de un acordeón, y una voz de
mujer cantaba tonadas.
oooEl "coronel" Melk Tavares hizo una señal al
ejecutante del acordeón, y el instrumento calló.
-¿Casado?
-No, señor.
-¿Quieres trabajar para mí? -señalaba a los otros
hombres ya escogidos por él-, Un buen acordeonista nunca está
de más en una hacienda. Alegra las fiestas...
Decían de él que sabía elegir como nadie hombres
buenos para el trabajo. Sus haciendas quedaban en Cachoeira do Sul, y
las grandes canoas estaban esperando al lado del puente del ferrocarril.
-¿De agregado o de contratado?
-A elección. Tengo unas tierras nuevas, necesito contratados. -Los
del "sertao" preferían contratos, el plantío del
cacao nuevo, la posibilidad de ganar dinero por su cuenta y riesgo.
-Sí, señor.
Melk avistaba a Nacib, bromeaba:
-¿Ya tiene plantación, Nacib, viene a contratar gente?
-¿Quién soy yo "coronel"?... Busco cocinera, la
mía se fue ayer...
-¿Y qué me dice de lo sucedido? Jesuíno...
-Así es... Una cosa así, de repente...
-Ya llevé mi abrazo a la casa de Amancio. Hoy mismo subo para la
hacienda para llevar estos hombres... Con el sol, vamos a tener una zafra
importante -mostraba a los hombres escogidos, agrupados a su lado-. Estos
del "sertao" son buenos para el trabajo. No es como esa gente
de aquí que no quieren saber nada de trabajo pesado, lo que les
gusta es andar vagabundeando por la ciudad...
Otro terrateniente recorría los grupos, Melk continuaba:
-El del "sertao" no mide el trabajo, lo que quiere es ganar
dinero. A las cinco de la mañana ya están en las plantaciones
y sólo largan la herramienta después que se pone el sol.
Teniendo garbanzos y carne seca, café y trago, están contentos.
Para mí, no hay trabajador que valga los que éstos del "sertao"
-afirmaba, como autoridad en la materia.
Nacib examinaba los hombres contratados por el "coronel", aprobando
la elección. Envidiaba al otro, dueño de tierras, bien plantado
en sus botas, seleccionando hombres para los cultivos. En cuanto a él,
lo que buscaba era apenas una mujer no muy joven, seria, capz de asegurarle
la limpieza de su pequeña casa, el lavado de la ropa, la comida
para él, las bandejas para el bar. En eso había estado el
día entero, andando de un lado para otro.
-Cocinera, por aquí es un problema... -decía Melk.
Instintivamente, Nacib buscaba entre las del "sertao" alguna
que se pareciera a Filomena, más o menos de su edad, con su aspecto
rezongón. El "coronel" Melk le estrechaba la mano porque
ya le esperaban las canoas cargadas:
-Jesuíno se portó como debía. Hombre de honor...
También Nacib vendía sus novedades:
-Parece que viene un ingeniero para estudiar la bahía.
-Asó oí decír. Tiempo perdido, porque esa bahía
no tiene arreglo.
Nacib fue caminando entre los del "sertao". Viejos muchachos
le lanzaban miradas esperanzadas. Pocas mujeres, casi todas con hijos
agarrados a las faldas. Por fin reparó en una que aparentaba unos
robustos cincuenta años, grandota, sin marido:
-Se quedó por el camino, don...
-¿Sabe cocinar?
-Para la mesa ajena, no.
Dios mío, ¿dónde encontrar cocinera? No podía
continuar pagándoles una fortuna a las hermanas Dos Reis. Y casualmente
en día de mucho movimiento, hoy asesinatos, mañana entierros...
Y, para peor, obligafo a tragar el almuerzo y la cena del Hotel Coelho,
una porquería de comida, sin gusto. Lo ideal sería encargar
una cocinera a Aracajú, pagarle el pasaje. Paró ante una
vieja, pero no tanto que ciertamente tuviera tiempo de morir al llegar
a su casa. Doblábase sobre un bastón, ¿cómo
habría conseguido atravesar tanto camino hasta llegar a Ilhéus?
Daba pena verla, vieja y reseca, pareciendo un despojo humano. Había
tanta desgracia en el mundo...
Fue cuando surgió otra mujer, vestida con harapos miserables, cubierta
de tanta suciedad que era imposible verle las facciones y calcularle la
edad, con los cabellos desgreñados, inmundos de tierra, y los pies
descalzos. Traía una vasija con agua, que dejó en las manos
trémulas de la vieja, que sorbió con ansias.
-Dios le pague...
-No hay de qué, abuela... -era la voz de una joven, tal vez la
misma que cantaba "mondinhas" cuando llegara Nacib.
.......
Gabriela adormecida
Introdujo la llave en la cerradura, resoplando por la subida; la sala
estaba iluminada. ¿Habrían entrado ladrones? ¿O tal
vez la nueva cocinera habría olvidado apagar la luz?
Entró despacito y la vio dormida sobre una silla, con los largos
cabellos esparcidos sobre los hombros. Después de lavados y peinados
se habían transformado en una cabellera suelta, negra, acaracolada.
Vestía harapos pero limpios, seguramente los que traía en
su atadito. Un desgarrón en la falda dejaba ver un pedazo de muslo
color canela, los senos subían y bajaban levemente al ritmo del
sueño, el rostro sonreía.
-¡Mi Dios? - Nacib se quedó parado, sin poder creer.
La miraba con un espanto sin límites; ¿cómo se había
escondido tanta belleza bajo el polvo de los caminos?
  
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