|
Marcelo Caramelo
ríe a un metro del suelo.
El viene cada día,
aunque el agua esté fría,
porque tiene un barquito
de madera y trapito
que al renacuajo espanta
y a las ranas encanta,
pues siempre asoma alguna
que, desde la laguna,
da un salto hasta el velero
y hace de marinero
y hasta es seguida, a veces,
por tres o cuatro peces,
que aunque no tienen patas
juegan a ser piratas.
Marcelo Caramelo
tiene ojos de cielo;
por eso, cuando mira
su barco, todo gira
y la madera –al fin-
se vuelve bergantín
y el trapito, una vela
que con el viento vuela.
El se sienta en un borde
del lago, hasta que engorde
la vela con la brisa
y el barco zarpe, a prisa.
- ¡Saludos, Capitán!
Las hormigas están
despidiendo al pequeño
con pañuelos de sueño
y bajo sus sombrillas
hechas de manzanillas,
caminan a la par
del barco que va al mar...
© Carlos Marianidis
|