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Tomado del libro Hijos de la Primavera:vida y
palabras de los indios de América; F.C.E., México 1994
pág.175
Coordinador: Federico Navarrete Linares.
Adaptación: Federico Navarrete Linares.
Ilustrador: María María Acha.
Me llamo Lakuta le
kipa. Lakuta es el nombre de un pájaro y
kipa quiere decir mujer. Cada yagán lleva el nombre del lugar donde
nace, y mi madre me trajo al mundo en la bahía Lakuta. Por eso me
pusieron por nombre Mujer Lakuta. Así es nuestra raza, somos nombrados
según la tierra que nos recibe. Pero ahora todos me conocen como
Rosa, porque así me bautizaron los misioneros ingleses que vinieron
a enseñar su religión a nuestra tierra.
Soy la última de la raza de Wollaston. Los wollaston eran
una de las cinco tribus yaganas.
Cada una de esas tribus vivía en distinta parte en las islas al
sur de la Tierra del Fuego, pero todos éramos dueños de la
misma palabra, todos hablábamos la misma lengua. Ahora han muerto
todos y sólo quedo yo, que ya estoy vieja.
No sé cuando nací. Cuando era pequeña vivía
con mi papá y mi mamá. Los acompañaba a pescar y a
matar nutrias. Mi papá tenía una canoa grande, hecha de un
tronco escarbado con hacha y una tabla encima, para que no entrara el agua.
Ni un poco se filtraba, pero ¡cómo se movía!
Las guaguas íbamos en la parte de atrás, envueltas con
ropas que nos daban en la misión. No nos podíamos mover.
-Que no
se levanten los chicos a mirar el fondo del mar. Porque puede venir una
cosa mala -decía mi padre.
Por eso nos quedábamos quietos
y no podíamos jugar. Siempre había fuego en la canoa para
calentarnos. Lo prendían sobre arena y yerbas y el calor se sentía
de proa a popa. Pero yo pasaba mucho frío. Mi mamá remaba
y mandaba a bordo.
Nadie sabía nadar, porque ya se estaban perdiendo
las costumbres de los antiguos. Por eso, cuando se hundía una canoa
¡al fondo se iban todos! Nunca salíamos cuando había
marejada, pero a veces nos pillaba el mal tiempo en medio del canal y yo
me asustaba mucho.
En tierra siempre encontrábamos un lugar para acampar y
ahí
armábamos nuestro ákar. Sólo teníamos que levantar
las varas de la tienda, que eran largas y se juntaban en la parte de arriba,
y luego taparlas con las telas que nos daban en la misión. Adentro
prendíamos un fuego y nos quedábamos comiendo mariscos. A
la hora de dormir nos tapábamos y sentíamos un lindo calorcito
que desparramaba la fogata por todo el ákar.
Así íbamos
de una isla a otra, buscando en la naturaleza lo que podíamos comer.
Por eso éramos más sanos que los hombres de hoy, que son
tan políticos para comer. No éramos nada tontos. Ni
hablar
de lo rico que es el lobo de mar chiquitito, bien asado y con sal y otros
condimentos. El aceite de lobo también es muy bueno. Si se toma
frío engorda mucho y ayuda a mantener el calor. Los pájaros
de la playa son muy sabrosos de comer.
A mi me encantaba el challe y una vez me enfermé.
Amanecí
con tremendo dolor de cabeza y mi madrina tuvo que sanarme. Agarró
una rama de chaura y la puso sobre mi cabeza, haciendo "juuuuuummm"
con la boca hasta que la enfermedad pasó.
A veces iba con mi madrina y mi mamá a cazar pájaros cuando
estaba oscuro. Nos subíamos a la canoa y nos acercábamos
sin hacer ruido a las barrancas donde vivían. Las dos levantaban
sus palos con fuego para encandilarlos. Caían varios dentro de la
canoa y ahí mismo los matábamos.
En el tiempo del verano
siempre habia huevos. Comíamos tantos que nos quedábamos
dormidos de llenos.
Después de comer, esperábamos que el mar se calmara y
partíamos otra vez. Así era nuestra costumbre, como los gitanos.
Y hasta hoy me gusta andar en canoa de un lado a otro, porque así
es la naturaleza de mi raza.
Cuando apenas caminaba me quisieron llevar
a la escuela de los ingleses, en la misión de Tekenica. Ahí
llevaban a todos los chicos aunque tuvieran padre y madre, para que aprendieran.
Mi mamá me contaba que a las mujeres les enseñaban a hilar
y a tejer, y que cuando hacían mal su trabajo, las hacían
sacar los puntos para que aprendieran bien. Pero cuando llegó mi
tiempo de estudiar, ya no había escuela ni enseñaban a tejer
porque no hacía falta. Los niños y los chiquillos que iban
a la escuela empezaron a morir de golpe, casi al mismo tiempo, como si
los estuvieran envenenando. Era alguna enfermedad que los atacaba, tal
como ahora llega alguna tos mala y agarra a muchos; sólo que entonces
no había doctor ni vacunas.
Por eso no fui a la escuela.
En esa época ya andábamos todos
vestidos con la ropa que nos daban los misioneros, ya teníamos todos
zapatos. Los antiguos no eran así, ellos andaban pelados. Sólo
se ponían un cuero muy pequeño de nutria o de foca sobre
la espalda. Por eso eran más sanos, no sentían frío
ni siquiera cuando había nieve. Nosotros, en cambio, usamos tanto
trapo y nos morimos más que antes.
Antes, en el invierno, cuando caía mucha nieve, las mujeres se
divertían haciendo bolas con las manos y correteándose. También
inflaban el estómago de un animal y lo tiraban de un lado a otro
como pelota. Era muy entretenido, decía mi madre. Pero yo no alcancé
a jugar así, porque ya no había niños que jugaran
conmigo. Ya nos estábamos acabando.
Cuando había mal tiempo,
los ancianos se juntaban en el ákar y contaban sus historias junto
al fuego. Ellos me contaron que el arco iris que está en el cielo
se llama Watauineiwa. A él le piden favores los hechiceros yaganes
y también todos los que necesitan algo porque Watauineiwa no castiga,
sólo ayuda. Si uno mira al cielo cuando sale el arco iris, puede
ver uno pequeño junto al más grande. El pequeño se
llama Akainij y es hijo del otro. Los dos son lo mismo.
Cuando hay tempestad se le pide que venga la calma. Si hay un niño
huérfano, sin padre y sin madre, las personas que lo cuidan lo llevan
ante Watauineiwa y Akainij para que hable y les pida:
"Yo estoy solo,
no tengo padre, no tengo madre, no tengo hermano", les dice el niño
huérfano.
Watauineiwa lo ayuda. Al otro día amanece en calma
para mariscar. Se puede salir en la canoa y no falta alimento. Es como
si el niño hubiera pedido perdón para que todo está
bien en la tierra y termine el mal clima.
Cuando había mal clima
los hechiceros también salían de su ákar para rogar
que mejorara el tiempo.
A los yaganes les dijeron que Watauineiwa es como
el padre de Jesucristo y Akainij, su hijo. Así me contaron. Rezarle
al arco iris es rezarle a Jesucristo.
"Matahuakaiak , ayúdanos" le decían.
Hoy día
ya nadie cree en nada. A veces me pregunto cómo los antiguos sabían
tanto, porque andaban pelados y no iban a la escuela. Pero aprendían
porque hablaban con Watauineiwa.
Tiempo después nos fuimos a vivir
a la misión, en el pueblo de Douglas, con los ingleses. Ya no anduvimos
más por ahí, mariscando y pescando. Los ingleses nos daban
casas para vivir, pero las viejas no se acostumbraban. Querían su
ákar, les gustaba vivir según la naturaleza de la raza.
Todas las mañanas tocaban la campana para avisar la hora de
ir a la iglesia.
Chicos y viejos teníamos que ir durante la semana y también
el domingo. Los que sabían leer inglés rezaban con un librito.
Una veterana estaba enojada todo el tiempo.
-¡Clavaron a Jesucristo! -decía
indignada.
Los sábados nos repartían víveres. No nos
faltaba la carne porque ya había muchas vacas en Navarino. También
abundaban los guanacos. Su carne es rica y su grasa es buena para hacer
sopaipillas.
Los hombres iban al monte a trabajar la leña y las
viejitas los mandaban a mariscar. Míster Williams, el misionero,
les pedía erizos, cholgas, centollas y a cambio les entregaba alimentos.
Mis paisanos partían con sus canoas de tronco o sus chitas para
agarrar a los animales del mar. Eran muy inteligentes, podían fabricarse
todo lo que necesitaban para vivir.
De vez en cuando llegaba un barco desde
Inglaterra, con regalos para los yaganes. En Navidad nos tenían
que dar ropas y frazadas. Eran muy lindas las que yo tenía.
Llevábamos poco tiempo en Douglas cuando mi padre murió
ahogado. Fue por el licor que habían importado unos rancheros. Una
paisana robó unas botellas y partieron hacia Douglas con una canoa.
Iban mi abuelo, mi padre, otro hombre, la ladrona y Keity, una bonita mujer
yagana. Mi padre estaba tan enamorado de ella que iba a dejar a mi madre
para irse con ella, pero el otro hombre también la quería.
Les faltaba muy poco para llegar a Douglas, estaban ya cerca de la orilla
cuando empezaron a pelear mi padre y ese hombre y la canoa se volteó.
Mi abuelo y mi padre murieron ahogados por tomar esa grapa. Pobres.
Todos
fuimos a verlos. Estaban tirados en la playa. Lloré cuando vi a
mi padre y ahí me quede sentada a su lado, llorando y mirando. De
Mejillones y otros lados empezó a llegar la familia. Eran muchos.
Tenían que hacer su duelo yagán.
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