Tomado del libro Hijos de la Primavera: vida y palabras de los indios
de América, F. C. E., México, 1994, pág. 19
Coordinador: Federico Navarrete Linares.
Adaptación: Elisa Ramírez.
Ilustrador: Felipe Dávalos.
Los sioux eran una tribu viajera, iban de campamento en campamento,
a lo largo del año. Se sentían a gusto en cada nuevo lugar pues
no se mudaban a sitios extraños, sino que conocían bien todos los
mejores lugares para establecer sus aldeas. Alzar y bajar los tipis era una
tarea fácil a la cual estaban acostumbrados y que realizaban con gran
rapidez. Cuando escaseaba la pastura para los caballos, cuando la caza se
alejaba, cuando el agua de un arroyo era más abundante en otro sitio o
cuando llegaba el invierno, los sioux movían sus campamentos.
Un día, la aldea entera estaba en marcha. Muchas mujeres y
niños formaban la partida. Numerosos caballos de carga acarreaban los
tipis y enseres; los hombres cuidaban los caballos de guerra y de caza; todos
avanzaban. Entre ellos, iba una joven con un perrito. El cachorro era
juguetón y ella lo quería mucho, pues lo había cuidado
desde recién nacido, cuando aún no abría los ojos.
El camino se le hacia corto pues el cachorro jugaba con ella y los
demás muchachos.
Cuando oscureció, vio que el perro no estaba. Lo buscó en
el campamento y vio que nadie lo tenía. Lo llamó. "Tal vez
se habrá ido con los lobos, como otros perros de la aldea, y regresar
pronto. Tal vez volvió al viejo campamento", pensó la
muchacha recordando las costumbres de los demás perros de la aldea.
Sin decir ni una palabra a nadie, regresó a buscarlo. No
había riesgo de perderse, conocía bien el camino. Volvió
hasta donde quedaban las huellas del campamento de verano, allí
durmió. Esa noche cayó la primera nevada de otoño sin
despertarla. A la mañana siguiente, reanudó la búsqueda.
Esa tarde nevó más fuerte y Marpiyawin se vio obligada a
refugiarse en una cueva. Estaba muy oscura, pero la protegía del
frío. En su bolsa llevaba wasna, carne de búfalo prensada con
cerezas ùsemejante al queso secoù, y no tendría hambre.
La muchacha durmió y en sueños tuvo una visión: los
lobos le hablaban y ella les entendía; cuando ella les dirigía la
palabra, también parecían comprenderla. Le prometieron que con
ellos no pasaría hambre ni frío. Al despertar, se vio rodeada de
lobos pero no se asustó.
Varios días duró la tempestad y los lobos le llevaban
conejos tiernos para que comiera; de noche, se acostaban junto a ella para
calentarla. Al poco tiempo eran ya muy amigos.
Cuando la nevada escampó los lobos se ofrecieron a llevarla a la
aldea de invierno. Atravesaron valles y arroyos, cruzaron ríos y subieron
y bajaron montañas hasta llegar al campamento donde estaba su gente.
Allí Marpiyawin se despidió de sus amigos. A pesar de la
alegría que sentía de volver con los suyos, se entristecía
de dejar a los lobos. Cuando se separaron, los animales le pidieron que les
llevara carne grasosa a lo alto de la montaña.
Contenta, ella prometió volver y se dirigió al campamento.
Cuando Marpiyawin se acercó a la aldea, percibió un olor
muy desagradable. ¿Qué sería? Era el olor de la gente. Por
primera vez se daba cuenta de cuán distintos son el olor de los animales
y el de las personas. Así supo cómo rastrean los animales a los
hombres y por qué su olor les molesta. Había pasado tanto tiempo
con los lobos que había perdido su olor humano.
Los habitantes de la aldea se pusieron felices al verla, pensaban que la
había secuestrado alguna tribu enemiga. Ella contó su historia y
señaló a los lobos; apenas se veían sus siluetas dibujadas
contra el cielo, en lo alto de la montaña.
-Son mis salvadores -les dijo, gracias a ellos estoy viva.
La gente no supo qué pensar. Todos le dieron carne para que la
ofreciera a los lobos. Estaban tan contentos y sorprendidos que mandaron un
mensajero a cada tipi, para avisar que Marpiyawin había regresado y para
pedir carne para sus salvadores.
La muchacha llevó la comida a los lobos; durante los meses de
crudo invierno alimentó a sus amigos. Nunca olvidó su lengua y, a
veces, los gritos de los lobos que la llamaban se oían por toda la aldea.
Se hizo vieja, los demás le preguntaban lo que querían decir los
lobos. Así, sabían si se acercaba una nevada o si merodeaba
algún enemigo. Fue así como se le dio a Marpiyawin el sobrenombre
de Wiyanwan si kma ni tu ompiti: la vieja que vivió con los lobos.
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