El conejo y el Coyote



Tomado del libro Hijos de la Primavera: vida y palabras de los indios de América, F.C.E., México 1994 pág.110.
Coordinador: Federico Navarrete Linares.
Adaptación: Elisa Ramírez.
Ilustrador: Andrés Sánchez de Tagle.


Un conejo entraba cada noche a comer frijol del frijolar de un viejito.

Hacía mucho destrozo.

-¿Qué animal estará haciendo esto? -se preguntaba el viejo.

Un día se decidió a poner un espantapájaros. Primero puso uno de piedra, luego otro de trapo. ¡Nada! Por fin hizo un mono de cera de Campeche.

-Con ese sí lo voy a atrapar.

Allí estaba el mono cuando en la noche llegó el conejo a cenar.

Hágase a un lado, hágase a un lado que vengo a comer -le dijo el conejo molesto. Pero al empujarlo para pasar, se le quedó pegada una mano en la cera.

-Suélteme la mano, que traigo prisa. ¿Por qué me molesta si todos los días vengo aquí?

El mono no contestaba. El conejo le dió una bofetada con la otra mano y también se le quedó pegada.

-Suélteme si no quiere que lo agarre a patadas, para eso tengo patas.

Lo pateó y se le quedó pegada la pata. Le di otra patada y también la otra pata se le pegó. Allí estaba, hecho bolita y todavía gritando:

-Suélteme o le voy a dar con la cola.

Nada le contestó el mono. Le dió un coletazo y la cola se le pegó a la cera.

-¿Por qué me agarra? Todos los días ceno aquí, ni quien se metiera conmigo.

¡Y que lo muerde! También se le quedó pegado el hocico. Le dió con las orejas y hasta las orejas se le pegaron. Todo pegosteado y engarruñado estaba al día siguiente, cuando lo halló el viejito.

-¡Ah, conque eras tú! Ahora verás.

Se llevó el conejo para su casa y allí le dijo a su mujer que lo cocinara. La mujer puso a calentar agua. Mientras hervía, el viejo lo amarró en el patio de atrás de la casa. El conejo vio cómo se acercaba un coyote despacito, despacito. Lo llamó:

-Hermano, hermano, ven. Mira qué desgracia la mía, quieren que me case con la hija de esta gente, pero yo no quiero. Mira, yo soy muy chaparro, estoy chico. No me voy a ver bien caminando junto a ella. En cambio tú estás alto y grande. A ti sí te q ueda. ¿No me cambias de lugar?

-Pero no me van a querer a mí -dijo el coyote.

-¡Cómo que no! Tú sí eres de su tamaño, le vas a gustar más.

-¿Tú crees?

-Claro. Desátame y yo te amarro a ti.

Cuando los de la casa salieron por el conejo y vieron al coyote amarrado quedaron muy sorprendidos.

-Yo soy el que se va a casar con su hija.

-¡Que hija ni que nada! y le dieron de palos

Cuando logró desatarse, el coyote todo lastimado salió a buscar al conejo. Lo encontró cerca de unos zopilotes.

-¡Ajá!, me engañaste. Por tu culpa me pegaron!

-No, yo no. Ha de haber sido uno de mis hermanos, somos muchos de familia. No te enojes.

-Te voy a comer, conejo, por haberme engañado. No te me escapas.

-No, espérate, ando cuidando estos guajolotes, me los encargaron. Velos un ratito, ahora vengo. Si te da hambre te comes uno, yo no tardo.

Pero no eran guajolotes, eran zopilotes.

-Está bien. Pero no me vayas a engañar.

El coyote les daba vuelta a sus guajolotes que eran zopilotes. Trató de comerse uno y nada: se fue de hocico contra el suelo, pues los zopilotes volaron. Salió detrás del conejo. Cuando lo encontró le dijo:

-Ahora sí, te voy a comer.

-Ya ni modo, pero no me comas aquí, llévame a esa loma para que veas el paisaje mientras comes. Allá cortamos hojas tiernas para que me comas bien. Aquí me vas a comer todo lleno de tierra, se te pueden quebrar los dientes.

Se fueron.

-Pero eso sí, cárgame hasta allá -dijo el conejo.

-Bueno.

El coyote lo llevó a cuestas todo el camino. Cuando llegaron arriba, el conejo le dijo:

-¿Ya ves? Siempre es bonito comer con buena vista. Voy por hojas para tenderlas para que me comas a gusto, con las manos limpias. Así no te ensucias. Espérame, voy a traer las hojas para tenderte la mesa.

-Bueno.

Salió corriendo y ya no regresó. El coyote daba vueltas, buscándolo, pero ya nunca lo volvió a ver.