Tomado del libro Hijos de la Primavera: vida y palabras
de los indios de América, F. C. E., México, 1994,
pág.51
Coordinador: Federico Navarrete Linares
Adaptación: Juan Manuel Romero.
Ilustrador: María María Acha.
Los mexicas dividían el año en dieciocho meses de veinte días. En cada uno de estos meses realizaban distintas ceremonias en honor a sus dioses. Chicos y jóvenes esperaban ciertas fiestas que prometían alegría compartida. Ése era el caso de la fiesta Tititl, cuando la comunidad se reunía para jugar a los "lechuzazos.
Para el evento todo mundo fabricaba pequeñas redecillas rellenas de materiales blandos, como hojas, tallos y tiras de papel. Les ataban cordeles, largos como un brazo, para hacerlas girar y usarlas como armas, y las llamaban "lechuzas". Algunos diseñaban su bolsa en forma de mano y la llamaban "lechuzamano". No todos jugaban limpio; había quien llenaba su malla con hojas duras y hasta con piedras, a pesar de que estaba prohibido.
El juego se iniciaba entre los más pequeños. Tímidos golpes abrían la lluvia de lechuzazos, todos contra todos. Enseguida los jóvenes entraban a la disputa pegando cada vez con más fuerza. Al cabo de un rato la multitud era un torbellino de alboroto, porrazos y heridos.
De repente, los muchachos dejaban de pelear entre sí: ahora el juego consistía en atacar a las mujeres. Poco importaba que fueran jóvenes o viejas, grandes o pequeñas, bastaba que alguna se cruzara por el camino para someterla a una ronda de lechuzazos que no cesaría hasta ver brotar las lágrimas. Algunas muchachas se protegían con un garrote, otras nada más se tapaban la cara, pero ninguna podía andar desprevenida, pues cualquier chico podía ocultar su lechuza bajo las mantas de su ropa.
|