En el país de los incas



Tomado del libro de René Simon En el país de los incas, Ediciones SM, Madrid, 1988, pág.
Ilustraciones: Fabienne Julien
Traducción del francés: Belén Lacasa



Esta mañana el pueblo está muy animado, y no exclusivamente por causa del mercado. En la plaza, los chiquillos juegan con la peonza o persiguen a los perros entre la polvareda. Los narradores de cuentos tienen poco público. Las partidas de dados son menos numerosas que de costumbre. La muchedumbre se arremolina en torno a una caravana que está a punto de salir.

La escolta del curaca

Algunos miembros de la escolta examinan con orgullo sus armas: espadas de madera dura provistas de piedras afiladas, cascos puntiagudos y, en algunos casos, pequeñas hachas de bronce fundido y moldeado. Tras ellos, un gran número de llamas enjaezadas y cargadas con bultos, que los conductores sujetan con la brida. También hay servidores, que permanecen en silencio cerca de una especie de palanquín o silla portátil, que está ahora apoyada en el suelo.

Todos estos hombres esperan a su jefe, el curaca, para emprender el viaje. Van vestidos con una especie de chaleco largo, gris o marrón, cerrado por delante. A pesar del frío, la mayoría está con las piernas y los brazos al aire. Sin embargo, algunos llevan una especie de polainas de algodón o de lana. Todos van calzados con unas curiosas sandalias, cuya suela no protege los dedos de los pies: ¡así se trepa con más facilidad por las rocas!

A nadie parece afectarle el aire glacial. Todos son indios de montaña, acostumbrados desde niños a soportar la nieve, el hielo y la escasez de oxígeno de las alturas.

Finalmente, el curaca sale de su casa, escoltado por su secretario. Es un hombre macizo, de unos cuarenta años, y lleva el signo de su poder: una diadema de lana alrededor de la frente, con un pequeño penacho de plumas rojas sobre cada c ien. Está muy orgulloso. Acaba de suceder a su padre, y se alegra de ir por primera vez a Cuzco, la lejana capital.

Paucar Manco, ése es su nombre, va a presentar sus respetos y los obsequios de su pueblo al Inca Supremo en la fiesta del Sol. Mejor dicho, de los varios pueblos, pues Paucar Manco es el jefe de 10 000 familias: ¡en la región ocupa un pu esto muy importante! ¡Cuentan tantas maravillas de Cuzco! Por eso está de buen humor y bromea con su quipucamayoc.

Un curioso secretario

El quipucamayoc es, sencillamente, un secretario, aunque un poco especial: no utiliza papel ni tinta, pues los incas no conocen la escritura, pero tiene un curioso sistema de notación, el quipo. Consiste en una cuerda larga a la que se atan cordele s de distintos colores. Estos cordeles están divididos y anudados a intervalos determinados con nudos simples, dobles o triples. Cada nudo posee un significado concreto, que depende de su complicación, su lugar y su color. Son pocas las pers onas que saben interpretar este sistema tan complicado: solamente él, el quipucamayoc, "lector de equipos", está preparado para ello desde su infancia.

El quipucamayoc de Paucar Manco se llama Paucar Libiac: Paucar es el nombre de la tribu, y Manco, o Libiac, son nombres de persona. Tiene el cráneo muy alargado y la frente hundida, deformada en su infancia por sus padres. Se endereza orgulloso par a exhibir sus anchas espaldas, a pesar de que sólo mide un metro sesenta. Entre los incas no hay personas altas.

LOS QUIPOS

El sistema de los quipos es nemotécnico, es decir, contiene referencias para la memoria. Hoy día, la mayor parte de los investigadores piensan que los nudos solamente tenían un valor aritmético, para facilitar las estadísti cas. Sin embargo, parece que ciertos quipos servían para acordarse de cierto tipo de literatura: algunos cantares de gesta o pasajes de la historia del país.

Hasta ahora, nadie ha podido descifrar los quipos. Porque son muy diferentes unos de otros, pues cada quipucamayoc utilizaba el suyo, más o menos incomprensible para los demás. Todos los quipos auténticos que poseemos se han en contrado en sepulturas. Algunos arqueólogos piensan que, probablemente, los incas ponían en las tumbas quipos que no querían decir nada o contenían adivinanzas. De esta forma esperaban mantener ocupado el espíritu del mu erto e impedir, así, que su fantasma volviera para atormentar a los vivos. En estas condiciones, incluso el ordenador más potente sería incapaz de descifrar estas "palabras cruzadas" en los cordeles.

Naturalmente, Libiac respeta a su jefe. Pero no puede evitar un cierto sentimiento de superioridad. Sabe que el curaca no puede prescindir de él ni de su conocimiento de los cordeles, tremendamente complicados. Sin ellos, ¿cómo sabr ía exactamente cuántos hombres y mujeres hay en su territorio? Evidentemente, todo el mundo sabe que hay 10 000 familias; pero en 10 000 familias se producen muertes y nacimientos todos los días.

Afortunadamente, ahí están los fieles quipos y, en sus complejos nudos, Libiac sabe "leer" el número exacto de niños nacidos en las 10 000 familias, el número de casamientos, y el de las parcelas de tierra concedidas en esta ocasión. Sabe la cantidad de maíz que los campesinos cosechan al año, la cantidad de coca -arbusto cuyas hojas mastican los incas- que recogen y secan en el altiplano, la cantidad de patatas, alubias o tomates que cosechan en sus campos en terrazas. Sabe qué día es hoy, que distancia han recorrido desde la salida del pueblo, cuántas hermosas vestiduras han sido tejidas, cuántas vasijas se han fabricado, cuántas hachas de bronce se han fundid o, qué peso de oro ha sido extraído de los torrentes o de las minas de la montaña.

Mientras Libiac piensa en todo esto, el curaca responde con amabilidad a las aclamaciones que saludan su salida. Luego se instala en el palanquín que cuatro hombres levantan sobre sus hombros. De esta forma, Paucar Manco inicia su largo viaje.