La puna



Tomado del libro de René Simon En el país de los incas, Ediciones SM, Madrid, 1988, pág. 42
Ilustraciones: Fabienne Julien
Traducción del francés: Belén Lacasa

INCAS El viaje transcurre sin dificultad y, poco a poco, el paisaje cambia. Hace varios días que el camino ha dejado de zigzaguear por las empinadas laderas de las montañas.

La altiplanicie andina

La caravana marcha ahora por un camino totalmente recto, a través de una inmensa llanura cubierta de una hierba gris y seca, salpicada de rocas, pitas y cactus, que los viajeros miran con curiosidad porque estas plantas no crecen en sus monta&ntild e;as. De vez en cuando, un gran árbol extiende sus majestuosas ramas. Manco resopla un poco en su litera. El aire, ahora más denso, le impide respirar bien. Se suceden los días y los tambos, y las llamas continúan con aire digno. El pobre curaca se encuentra cada vez peor. ¿Tendrá el "mal de la puna"? No es probable: esta misteriosa enfermedad, que hoy en día sigue siendo inexplicable, no se manifiesta hasta los 2 600 metros de altura, y el grupo todavía no ha llegado tan bajo.

Sin embargo, al atardecer, terminada ya la etapa, Manco no se encuentra mejor. Se queja de fuertes dolores de espalda, cosa que jamás le ha sucedido.

Hay que llamar al médico. Éste le sopla humo sobre la cara y masculla una serie de rezos incomprensibles. Después le da a beber una poción hecha por él mismo con hierbas realmente medicinales, pero también con arañas y arcilla. Luego, empieza a chupar fuertemente la parte dolorida, la espalda. Es posible que Manco no padezca más que una crisis reumática, debido al cambio de clima y a la humedad. Pero el médico conoce su oficio. No escatima sus esfuerzos a pesar de los gritos del jefe. Al rato se nota el efecto de la poción: el enfermo empieza a sudar y el dolor se calma. ¿Cuántas hojas de coca se han necesitado para obtener este resultado?

Paucar Libiac anota, mediante los nudos apropiados, que el curaca está contento con el médico, que le ha recompensado generosamente y que se encuentra mejor. A pesar de la mejoría, Manco ha decidido no viajar mañana, ya que tendrá lugar una ceremonia importante.

Bodas Colectivas

Un alto funcionario, el tokoriococ, "el que todo lo ve", acaba de llegar al pueblo para celebrar los casamientos. Todos los incas deben casarse, porque piensan que la verdadera riqueza del país son los hijos, quienes servirán en su día al imperio. Para construir caminos y puentes, excavar túneles y canales de riego y hacer terrazas de cultivo se necesitan muchos obreros especializados. También hacen falta mensajeros y guardias, por no hablar del poderoso ejército de Cuzco, una parte del cual combate incesantemente en algún lugar lejano, mientras que otra espera, dispuesta a intervenir en cualquier momento.

Por tanto, excepto los enfermos mentales y los médicos, nadie tiene derecho a quedarse soltero. Todos tienen la obligación de casarse a los veinticinco años. Con motivo del acontecimiento reciben una parcela de tierra que les permitirá alimentar a su familia. Desde ese momento se convierten en auténticos ciudadanos, pagan los impuestos, cultivan, cuando les toca, los campos de los enfermos o de los ancianos, y pueden ser llamados a formar parte del ejército.

Los incas sueles practicar el "matrimonio a prueba". Si los novios no congenian, se separan y buscan otra pareja. Pero al llegar a la edad límite, tienen que decidirse y casarse ante el representante del Inca.

Todos los jóvenes se colocan entonces en dos filas, los hombres en una, las mujeres en otra, y cada hombre elige a su esposa. Las mujeres no opinan, pero como la mayoría de ellas ha pasado por la experiencia de un "matrimonio a prueba", todo el mundo suele estar de acuerdo.

Cuando ha hecho su elección, el hombre calza solemnemente, con una sandalia, el pie derecho de la "elegida de su corazón". Las dos familias se felicitan e intercambian pequeños regalos. Después celebran un gran banquete, en el que la chica corre a raudales.

Naturalmente, el representante del Inca está invitado a todas las casas, como huésped de honor. Pero como no puede acudir a todas a la vez, suele escoger la casa de la persona más importante del pueblo. Este año irá a casa del curaca local, cuya hija acaba de casarse. También Manco asistirá a la fiesta.

Un banquete inca

Los propios invitados aportan gran parte de los platos, pero el curaca los obsequia con lo mejor de su despensa: caracoles secos, hierbas cocidas deshidratadas, tiras de carne endurecidas al sol y conservadas entre hojas de menta, ingredientes, todos ellos, para hacer unas sopas terriblemente condimentadas. También degustarán gusanos blancos, conejillos de Indias asados o cocidos, pescado seco procedente de la costa, e incluso, cosa rara, carne de llama.

Los hombres se sientan a un lado, las mujeres a otro. Las fuentes están en el suelo, y todos comen con los dedos, en hermosas escudillas de cerámica pintada. No falta la chicha. Circula servida en bellos recipientes, botellas de doble gollete, que se unen para formar uno solo. Existen cerámicas más complicadas, de gran riqueza decorativa, pero éstas sólo suelen usarse, como ofrendas funerarias, en las tumbas.

El enviado del Inca y el curaca Manco, aunque son los invitados de honor, se divierten como los demás. De pronto, el ruido aumenta, porque ha comenzado un concierto. La orquesta está compuesta por quenas, flautas y varios tambores de piel de llama, que producen un ritmo sordo. Hay que gritar para poderse entender, y los invitados se llaman a gritos: "¿Guá, guá!".

Algunos empiezan una danza llamada puli-puli, que imita la caza de pájaros. Otros prefieren la danza de la siembra, que imita los pasos rápidos con que se pisa la tierra después de haber sembrado el grano.

Paucar Manco se da cuenta, de pronto, que se le ha pasado el dolor. Al día siguiente podrá reanudar el viaje.

Cactus, cóndor...y "Trueno del Sol"

El grupo se encuentra con una gran caravana que también se dirige a Cuzco. Los inmensos paisajes de los Andes se suceden, siempre a más de 3 000 metros de altura, mientras a lo largo del camino crecen matorrales y cactus, algunos con magníficas flores rosas y amarillas.

En el cielo planean cóndores, grandes aves de presa mayores que las águilas, de cuello desplumado, que se han convertido en el símbolo de la región. Vuelan increíblemente alto, dejándose llevar por las corrientes de aire. Al acecho, escrutan con su aguda vista cada roca, cada ápice de terreno, en busca de un conejillo de Indias, de una cría de llama o, sencillamente, de la carroña de un animal muerto.

La puna se extiende hasta perderse de vista, con su espesa hierba gris donde pacen los rebaños de llamas domesticadas. El camino corta en línea recta esta inmensidad, entre frío glacial de la noche y el calor tórrido del día. Hay que ser muy fuerte para soportar este clima. Son frecuentes las enfermedades de los pulmones.

A medida que se acercan a Cuzco, los caminos se van llenando de gente y las huacas son cada vez más bonitas. Por ejemplo, esta gigantesca estatua de oro macizo, llamada Intiilapa, "Trueno del Sol", que la caravana acaba de dejar atrás. Los viajeros parecen nerviosos porque saben que ya están cerca de la capital.