Tomado del libro de René Simon En el país
de los incas, Ediciones SM, Madrid, 1988, pág. 24
Ilustraciones: Fabienne Julien
Traducción del francés: Belén Lacasa
La caravana se ha puesto en movimiento. Todos están entusiasmados, pues en el imperio inca no es frecuente viajar, salvo por algún motivo oficial, como en este caso. Los viajes personales están prohibidos. A pesar de eso
, cientos de caminos recorren Perú en todos los sentidos.
Hábiles ingenieros
El camino por el que avanza la caravana es recto, sólido, y recorre miles de kilómetros, siempre por la línea más corta. Escala montañas, baja al fondo de los valles, pasa barrancos y torrentes sobre puentes colgantes, a
traviesa espolones rocosos a través de túneles. No está hecho de piedras sino de una mezcla, extraordinaria resistente, de arcilla, grava y paja triturada, una especie de mortero capaz de soportar el agua y el hielo durante cientos de
años.
Hay dos carreteras de este tipo, muy largas, que atraviesan el imperio de norte a sur: una por la montaña, otra por la costa. Y cientos de caminos, trazados de este a oeste, las unen entre sí.
Paucar Manco y sus acompañantes podrían haber seguido la ruta de mar, más fácil; pero el aire del llano les resulta asfixiante a estos hombres que siempre han vivido a más de 4 000 metros de altura.
Charlando con su secretario, el curaca es llevado al paso ligero de los portadores. Sin embargo, tras unas horas de marcha, salta de su litera. No es para estirar las piernas. Los caminos incaicos, al seguir siempre la línea más corta, adopt
an a veces recorridos difíciles. Así, después de haber atravesado en línea recta una pequeña meseta, los viajeros han seguido complicadas curvas por las laderas de unas montañas, y de pronto se encuentran en la parte alt
a... ¡de una escalera!
Los "ingenieros de caminos y puentes" del imperio poseen una habilidad asombrosa; sin embargo, su técnica es bastante limitada. Hay que tener en cuenta que los incas desconocen el hierro. Hacen todos sus trabajos, incluso los más importantes
, con instrumentos de piedra y de madera, y sálo a veces de cobre y de bronce. Tampoco conocen la rueda y, en consecuencia, no tienen carros.
Cuando los ingenieros no pueden trazar curvas en la montaña, construir un puente o excavar un túnel, tallan una escalera rudimentaria. Para ello hacen que la roca se rompa en el sitio elegido, regándola sucesivamente con agua hirviend
o y agua fría; luego la allanan en forma de peldaños.
Así pues, el grupo empieza a bajar. Los portadores llevan la litera vacía, ya que el curaca ha creído más prudente ir andando, apoyado en su bastón de mando. Soldados y conductores tiran de las llamas, que al principio s
e resisten porque van muy cargadas, pero al final se resignan a bajar en fila india los quinientos o seiscientos peldaños.
Una vez que el grupo ha llegado abajo, el jefe vuelve a subir a su litera.
Un correo muy rápido
Manco y su fiel Libiac aún no han tenido tiempo de reanudar su conversación cuando un hombre aparece por el camino, corriendo a grandes zancadas, y los alcanza. ¿Tiene algo que comunicarles? No. Los adelanta a toda velocidad, a pesar de
la altura, lo que cansa terriblemente el corazón. Ésta es la razón por la que los indios tienen la caja torácica muy grande, y los pulmones como los fuelles de una forja. Este hombre es un magnífico atleta, entrenado de
sde niño, como todos los miembros del cuerpo especial de chasquis. Si corre de esta forma es, simplemente, porque es un mensajero.
En el imperio inca existe el correo y es, incluso, de los más eficaces y rápidos del mundo. No es mucho mejor el de nuestros días...
La rapidez de los chasquis es impresionante. Relevándose de día y de noche, recorren 250 kilómetros al día. Imaginemos que en un extremo de este imperio, que abarca unos 4 500 kilómetros de norte a sur, un gobernador qui
ere enviar un parte a Cuzco, la capital. Como no sabe escribir, hará el mensaje lo más breve y se lo comunicará oralmente a un chasqui.
Éste, una vez comprendido el mensaje, se pone en camino a toda velocidad. Corre así unos dos o tres kilómetros y, al acercarse al primer relevo, sopla con una caracola marina, o lanza un grito. Uno de los chasquis que espera -siempre
hay dos en el lugar del relevo, cada uno mirando en una dirección del camino- se levanta inmediatamente y va a su encuentro. Los dos hombres continúan corriendo juntos, hasta que el primer chasqui repite las palabras del mensaje al segundo,
quien sigue su camino hasta llegar al chasqui siguiente. Este curioso tipo de correo recorre, así, cientos de miles de kilómetros.
En casos muy urgentes, como revueltas o catástrofes, unas "hogueras de alarma" previenen al gobierno con mayor rapidez todavía. Antes de que los chasquis hayan tenido tiempo de llegar, el ejército estáya en camino, por si acaso
.
Lo más extraordinario es que el mensaje llega siempre a su destino tal y como salió. ¿Será porque los chasquis son castigados terriblemente si deforman una sola palabra?
LA JUSTICIA INCA
Los incas no toman a broma ni el servicio público, ni la justicia, generalmente impartida por el curaca local o, en casos más graves, por el gobernador de la provincia o por el Inca en persona. No abundan las cárceles: la mayorí
;a de los delitos se castigan con una multa, y los acusados cuentan con ciertas garantías. Sin embargo, existe un castigo terrible, el de "la gran piedra": desde un metro de altura dejan caer una roca de 100 kilos sobre la espalda del criminal. Otr
o castigo peor aún, consiste en abandonar al condenado en la oscuridad de una cueva llena de serpientes, puercos espines, sapos y otros animales peligrosos. Si tres días después el hombre aún vive, es puesto en libertad: los di
oses no desean su muerte.
La justicia inca se muestra más suave con las personas importantes, aunque esto es menos injusto de lo que parece: porque efectivamente, un simple reproche del emperador basta para deshonrar completamente a un noble.Muchos mueren de pena o se suici
dan por ese motivo.
El descanso al final de la etapa
El relevo de los chasquis se efectúa cada dos o tres kilómetros. La distancia entre las etapas de los viajeros está calculada de acuerdo con la jornada de camino de las llamas. Por eso hay un tambo, o albergue, cada 15 ó 20 kil
ómetros. El patio central del tambo está rodeado de habitaciones para los pasajeros y de establos o cercados para las llamas. También hay un almacén público abundantemente surtido de forraje, víveres, ropa, armas
y materias primas, como maíz, harina de patata, madera, cuero, etc. Este almacén, propiedad del Inca Supremo, se mantiene abastecido, según unas reglas muy estrictas, con los impuestos de los pueblos vecinos. Sus reservas son tan impo
rtantes que permiten enviar auxilios urgentes a regiones que han sido víctimas de catástrofes, por ejemplo un terremoto.
En los tambos, todo es gratis para el viajero. En primer lugar porque en el imperio no existe la moneda. Y, sobre, todo porque nadie tiene derecho a desplazarse sin un motivo oficial. Los campesinos viven y mueren en el lugar en que han nacido, a menos qu
e sean reclutados como soldados o trasladados a otra región con toda su tribu, como ocurre a veces. No es éste el caso de Manco y de los miembros de su caravana: el suyo es un viaje oficial.
Cuando llegan al tambo, descargan las llamas y las llevan al establo. Los hombres entran en la sala del tambo, una simple cubierta de paja colocada sobre unos muros bajos construidos con adobes, ladrillos de barro mezclado con paja y secados al sol. Las e
scasas ventanas son estrechas y el humo sale con dificultad por el tejado. No hay muebles, porque están prohibidos, lo mismo que la decoración en las casas, con el fin, según dicen, de no distraer a la gente de su trabajo. Los viajero
s se sentían sobre pieles de llama dobladas en forma de cojín.
El modesto funcionario responsable del tambo saluda humildemente a sus nobles huéspedes y les ofrece unos vasitos de una especie de cerveza de maíz llamada chicha. ¡Qué bien sabe después de un agotador día de viaje!
Las delicias de la gastronomía
Cualquier inca se volvería loco por un vasito de chicha. Es una bebida de fácil fabricación, pero que seguramente no te gustaría: masticas granos de maíz y echan en un cacharro la pasta así obtenida. Esta mezcla f
ermenta rápidamente gracias a la saliva, y da una especie de cerveza con mucho alcohol, llamada chicha. Los indios del imperio la encuentran exquisita y la consumen en cantidades increíbles.
Mientras los hombres beben, las mujeres del tambo cocinan. Cargan de leña, y encienden, un pequeño horno de tierra cocida. Cuando la parte superior está caliente, vierten una pasta espesa. Para prepararla, fabricaron primero harina de
maíz, machacando los granos con una piedra en forma de media luna. Luego, la mezclaron con agua. Una vez cocida, la pasta se convierte en unas gruesas tortas. Cuando están tostadas, pero todavía blandas por dentro, colocan encima ver
duras cocidas, a veces un poco de carne de conejillo de Indias, y una buena cantidad de salsa.
Una salsa que deja chiquita a nuestra mostaza más picante. Más bien se parece al tabasco. Se trata de una mezcla de guindillas rojas muy picantes, machacadas en un poco de agua. ¡Para aplacar el fuego de la boca hay que beber muchos vas
itos de chicha!
Los comensales se sientan en el suelo y se sirven con la mano en unas magníficas fuentes de barro cocido, ya que los pueblos incas hacen una cerámica admirable, cada uno con el estilo propio de su región. Según la costumbre, el
encargado del tambo cena con su mujer: se sientan en el suelo, apoyados espalda con espalda, y comen de prisa y en silencio, como todo el mundo.
Hambrientos por la larga jornada de marcha, los viajeros devoran las tortas calientes, beben la espumosa chicha y rematan la comida con bayas cogidas de cierto cactus, unas bayas azules parecidas a los arándanos.
Enseguida, el alcohol pone de buen humor a los comensales. Empiezan a masticas hojas de coca que, a esta altitud, ayuda a soportar mejor el cansancio. Es un poderoso reconstituyente, pero también una droga: en la actualidad, de este arbusto se saca
la cocaína.
Luego, cada cual se envuelve en una piel de llama y duerme tranquilamente. Nadie teme a los ladrones. Apenas hay. Además, ¡qué podrían robar? Por eso, la mayoría de las casas no tienen puerta.
El puente
A la mañana siguiente, Paucar Libiac es el primero en despertarse. Rápidamente anota en las cuerdas de su quipo los acontecimientos de la víspera. Al alba, todo el mundo está listo. Aquí, cerca del ecuador, amanece a la
misma hora en todas las estaciones del año: el día dura siempre doce horas, igual que la noche.
Los conductores cargan las llamas, los hombres saludan al encargado del tambo y la caravana inicia el segundo día de viaje. Les esperan aún muchas jornadas: para recorrer 1 500 kilómetros, a razón de 20 kilómetros por dí
a, se necesitan, por lo menos, dos meses y medio.
El camino discurre entre unas altas montañas, pero luego va bajando. Hacia el mediodía, el grupo divisa un puente y se detiene. Todos escupen rápidamente su mascada de coca y dirigen una plegaria a la divinidad local, la huaca del pue
nte.
LAS HUACAS
La religión oficial de los incas es el culto al Sol, de quien desciende la familia imperial. Pero existen muchas otras deidades importantes, especialmente las huacas. Las huacas son unos lugares que los incas creen habitados por espííritus.
Se marcan con una pequeña construcción o un simple montón de piedras; hay muchas cosas que pueden convertirse en huacas. Nadie atravesaría un río sin beber un trago de su agua para dar gracias a la huaca local. Tambi&eac
ute;n puede ser huaca una roca de forma extraña, un niño que nace con seis dedos, dos gemelos, la tumba de un jefe, la momia de un inca o incluso esa curiosa piedra calcárea que se forma a veces en el estómago de las llamas, y
que es conocida con el nombre de bezoar.
Ante la caravana se abre un formidable barranco, al fondo del cual ruge un torrente. Para cruzar este abismo hay que utilizar un puente colgante. Cuatro sogas gruesas, hábilmente trenzadas con fibras de pita cocida, que proporcionan cuerdas extrema
damente resistentes, unen ambas orillas. Las dos sogas de abajo sostienen unas tablas fuertemente atadas. Amarradas a sus extremos, unas cuerdas verticales sujetan las sogas de arriba formando un ligero pretil. El conjunto es sólido, pero el puente
desciende mucho hacia el torrente, antes de subir hacia el otro borde, y se balancea con el viento de una forma espantosa.
Sin embargo, los hay peores. Algunos puentes tienen sólo tres sogas, colocadas en triángulo, y hay que poner exactamente un pie delante del otro. Naturalmente, las llamas no pueden cruzarlos. Otros puentes consisten en una sola soga: el enca
rgado ata al viajero, por la espalda, a una pieza de madera en forma de herradura, y colgado de esa forma lo lanza de una orilla a otra. Otros puentes, también de una sola cuerda, hay que pasarlos como un mono: cabeza abajo, agarrándose con los pie
s y las manos.
En este caso, afortunadamente, el camino tiene magníficos puentes, tan anchos que pueden atravesarlos dos llamas juntas.
El funcionario encargado de guardar y conservar el puente hace señas a los viajeros para que pasen, y éstos avanzan sin titubear por esta construcción poco estable.
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